miércoles 28 de enero de 2009

Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder
























Este es nuestro libro. Me resulta extraño decir este es nuestro libro ahora que sé que de verdad existe el libro. En realidad yo todavía no lo he visto. Y no lo he visto porque un día, no sé porqué, decidí que este año viviría en Italia, pero bueno, este es nuestro libro y sale el 13 de Febrero. Se puede comprar, en caso de que a alguien le interese, en, por ejemplo, la Casa del Libro.

Estoy contenta. Quiero decir, es una cosa que me hace feliz. Hace poco teclee Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder en Google, y sorprendentemente salía el libro. Nuestro libro. Entonces llamé a muchas personas. Algunas se pusieron contentas. Mi madre estaba orgullosa, me dijo ¿Y cuándo puedo comprarlo? Tuve que explicarle tres o cuatro veces lo mismo, y al final me dijo nervisoa que cuando saliera lo compraría. Tiene gracia. A parte de un par de libros muy instructivos sobre los cuidados necesarios de los bebés que comprase allá por el 85, no creo que mi madre haya vuelto a entrar en una librería. Y está contenta. No sé si será porque nunca he hecho nada digno de consideración en mi vida, supongo que si, pero para ella esto es la ostia. Me la imagino contándoselo con orgullo a la vecina de casa. La imagino leyéndolo en el sofá, con la tele encendida, en la cama con la luz de la mesilla mientras mi padre duerme.

Yo también tengo ganas de tenerlo entre las manos. Nuestro libro.

martes 16 de septiembre de 2008

Adiós

Pues se acabó.

Se acabó escribir aquí. Cierro el blog.

He encendido un cigarro y me he puesto a pensar en los motivos que aparentemente justificarían la clausura de esta página que tantas veces me ha servido de orinal. No hay.

Supongo que estoy cansada, supongo que se cierra una etapa si es que la vida consiste en sucesiones de etapas como dice la gente, supongo que no me gusta leer comentarios, ni me hace ilusión darle a "publicar entrada", ni me gusta leer otros blogs.

Supongo que es porque me voy. Tendría que abrir un blog en italiano. No sé tanto italiano como para escribir un blog.

Ha estado bien que alguna gente me leyese. Ha estado bien leer a alguna gente, y eso es todo.

A partir de ahora me dedicaré a ser superfalsa. A partir de hoy voy a intentar escuchar lo que la gente tiene que decir, voy a dejar de intentar que me entiendan, porque no sé si lo saben pero es una gilipollez tratar de que un ser humano entienda a otro ser humano lo más mínimo. Las cosas solo las entendemos a medias, solo las entendemos superficialmente.

Pero siempre está bien que alguien te mire a los ojos, o que te digan "no pasa nada" cuando suspendes un examen o cuando caes en la cuenta de que tu novio es eyaculador precoz. Está bien despedirse de la gente porque te vas un año fuera, aunque nadie sepa lo difícil que te resulta despedirte, está bien, supongo, que te den un abrazo o un beso, aunque a veces a la gente los abrazos y los besos se les queden en la piel. Pero qué más da, qué cojones importa si por lo menos tú estás sintiendo que te ahogas, que te duele por dentro.

Pues eso. La falsedad es algo necesario porque si no viviríamos en un continuo desgaste emocional. Sería insoportable. Y al fin y al cabo en esta vida solamente hay que hacer méritos. Hay que acompañar a la gente al médico, hay que hacer regalos, hay que dar abrazos comprensivos y hay que escuchar, hay que aguantar y tragar toda la mierda de los demás para que te quieran. Es así y nadie va a cambiar esto.

Presiento que en Italia la gente va a caerme fatal. Igual que aquí solo que quizá allí entienda menos las gilipolleces que dice la gente. O quién sabe, quizá allí sean otra clase de humanos. Pero me da igual porque me dedicaré a aguantar. Y no pienso quejarme porque toda la mierda la dejé aquí, os la dejé a vosotros.

Cuando vuelva quizá abra otro blog. Puede ser. Y entonces contaré lo que tuve que soportar, y volveré a dejar escrito el sobrante de mi tolerancia psíquica. En un año os iré guardando la mierda que sea capaz de almacenar y cuando vuelva os la volveré a ofrecer en otro orinal diferente.

Daría las gracias a los que me habéis leído, pero como todavía no me he ido y no estoy obligada a ser superfalsa, en realidad os diré que pienso que las gracias me las tenéis que dar a mí.

Ójala alguien en la vida se abriera para que yo pudiese ver lo que le pasa por dentro de esta manera. Ójala existiese alguien igual que yo que tuviese un blog. Pero normalmente las personas con blog son gente despreciable y no me interesa una mierda lo que cuentan. Mierda de la mala, mierda de la falsa.

El caso es que se acaba. Va a ser difícil tragarse el vómito pero creo que seré fuerte.
Se acaba y seguirán las vidas pero no quedarán escritas y será como si estuviésemos muertos.
Pero bueno, ¿No es así como vive la gente? Todo el mundo es capaz de vivir una vida que no deja huella, ni rastros de mierda, ni vómito, ni semen, ni nada de nada. Yo también voy a llevar una vida esterilizada, una vida de sonrisas profindent, condones y gafas de sol para el verano.

Saludos a todos.

De nada.

martes 9 de septiembre de 2008

Estaba confeccionando un top ten de tios venecianos en Facebook....

Las personas se dividen en dos grandes grupos claramente diferenciados:

Por un lado están aquellos que se portan bien con su familia y amigos, y por tanto, son queridos y respetados por su entorno. Siempre pueden contar con el apoyo de "los suyos" porque han cosechado sanas y duraderas amistades a lo largo de los años. Sin embargo, este tipo de personas suelen ser bastante crueles y egoístas con el resto de los humanos que no conocen.

Por otro están las personas que han terminado fallando invariablemente a todas y cada una de las personas que se han involucrado en su vida, y tienen absolutamente claro que aquellos que no han sido aún decepcionados, también lo serán algún día. Esta gente solamente puede volcar su afecto, solamente puede ser amable y compasiva con seres desconocidos. Personas que, al menos de alguna manera, están terriblemente solas y que te dedican sonrisas en el metro, o ayudan a algún ciego a cruzar la calle para sentirse el alma.

Bueno, a mí solo me cae bien la gente que no conozco.
Solamente puedo imaginar mi vida al lado de gente desconocida.

Es una pena que la vida haya que vivirla y no pueda simplemente soñarse.

domingo 7 de septiembre de 2008

No es poesía, es que no me apetecía enlazar conceptos

Es imposible.

En una respuesta no cabe casi nada.
No caben los libros, ni los llantos, ni las mascotas muertas, ni las tórridas historias de amor veraniego.
Es imposible

A no ser que puedas deducirlo tú solo. Pero eso, creo, sería exigirle demasiado a un ciudadano de inteligencia media. Tendrías que ser más sensible que un mejillón, o un mueble bar.

Porque no hay tiempo para verbalizar las ideas y porque aunque lo hubiera no tendrías tiempo para escucharlas.

Eso, en caso de que te interesara.

Es imposible, y perdón por no ser precisa.

Al final, lo único que le queda al humano es venderse como un Best seller.
Porque, en el fondo, la gente lo que quiere es entretenerse.
Hasta los filósofos. Hasta la gente con más de diez pensamientos elevados en un día.

Al final solo podemos vendernos.
.
Las sonrisas son eficaces.
Pero también hay partes anatómicas más evidentes.
Por ejemplo, (y no quería decir guarrerías hoy), las tetas.
Y a veces el alma. También los sentimientos son buen cebo para los románticos y los moralistas.

No sé, en cualquier caso, si alguien entiende lo que digo, no servirá de mucho.

Condenaos los unos a los otros.
Porque casi nunca me apetece reírme de tus ocurrencias. Porque, en general, nada de lo que digas me interesa. Porque no me parece estimulante hablar de fútbol. Pero tampoco de la omnipotencia, ni del ser y la nada.
Creo que necesito que me abraces y te olvides de todo lo que he dicho.
Total, ya sé que no es posible entenderse.

Me he puesto a llorar. Tenía ganas.
¿Cómo coño voy a conseguir explicar alguna vez por qué demonios lloro?
No quería decir palabrotas. Pero es que suenan tanto y tan fuerte.


Estoy cansada. Pero no cambiaría lo que siento y cómo siento por nada del mundo, porque, al fin y al cabo, sois vosotros los que estáis estreñidos.

A mí solo me aburrís profundamente.

Llamada

Una mentira como una mordaza para nuestros ojos. Para nuestra boca y nuestras manos.

-¿Sabes qué estás diciendo?

¿Acaso entiende alguien algo de lo que los demás dicen?
Mentes como islas.

Leía un libro y ha sonado el teléfono. No existe nada, solamente hay vacío al otro lado.
Alguien respira al otro lado. Lo bueno del teléfono es que a la gente no le huele el aliento. Ni escupe cuando habla. Lo bueno del teléfono es que siempre podemos poner de excusa la interferencia, el mal estado de la línea. Nunca somos nosotros los que estamos en mal estado. ¿Te fijas?

- ¿Cómo? ¿Puedes repetir? ¿Sabes qué estás diciendo?
- Es que ni siquiera puedo tocarte.
- Cuéntame algo.
-¿Para qué, si nunca llegaremos a tocarnos?
- Cuéntame que me tocas.
- Contarte eso sería como follar sin penetración.
- Siempre estás con lo mismo. Cuéntame cómo te ha ido hoy, por ejemplo. ¿Qué has comido? ¿Qué has hecho? ¿Has dormido bien?
- Preferiría contarte qué he soñado. Siempre tengo pesadillas. Una de ellas se repite constantemente.
- Normalmente me aburre que me cuenten los sueños. En la literatura los sueños solamente sirven para rellenar páginas. En la vida los sueños solo son dinero en manos de los psicoanalistas.
- Sueño que hablo contigo. Estamos lejos y no puedo tocarte. Normalmente aunque grite no me oyes, y si hablo, ríes de algo que yo no he dicho. Probablemente haya una tercera persona que yo en mi sueño no soy capaz de ver. O varias.
- Es algo positivo que ría en tus sueños.

-He comido pollo con verduras
-Yo, sin embargo, he dormido bastante bien.

sábado 30 de agosto de 2008

Doce minutos

Doce minutos.

Es el tiempo máximo que puedo soportar a una persona.
Es la fracción de tiempo que consigo aguantar a mi madre, a mis amigos.
La duración exacta de una conversación interesante. Franqueado este punto, cualquier diálogo se convierte, de inmediato, en un insoportable monólogo. En una voz cualquiera en una sola dirección que choca contra un muro.

A partir de los doce (minutos) suena en mi cerebro la palmada del cambio de pareja.
Tengo que huir. A veces, incluso, físicamente.
Muy estresante. No se imaginan.
Normalmente desvío mi interés. Tengo esta táctica muy estudiada. De repente ya no quiero hablar sino copular.
Otras veces, sin querer, imagino con todo lujo de detalles una muerte, en apariencia, accidental.

Si, efectivamente, si son feos, les castigo con mi odio. Si no son guapos, con mi indiferencia.

No quiere decir esto, sin embargo, que a algunas personas logre no tener que sufrirlas durante horas. O al menos a su jodido eco. A algunas personas y a veces también a algunos profesores, funcionarios del estado, y a dependientes y peluqueros con tendencia a repartir consejos de lo más válidos.
Pero a los doce minutos suena en mi cabeza la alarma contra incendios, y empiezo a imaginármelo desnudo.
No sé, también he pasado a recrear sus cuerpos sufriendo torturas imposibles.
Ya se sabe, como en la vida, la condena depende de lo atractivo que seas.

De esta manera, hay todo un mundo de relaciones sostenidas bajo cuerda.
El ciudadano medio siempre ignora este tipo de encuentros, pero existe gente consciente de sus limitaciones.
En una fiesta, por ejemplo, lanzo una inconfundible mirada de: “Tú eres de seis”, o “Tú eres de ocho”. Y puede que no me dirijan la palabra en toda la santa noche.
Gente práctica que no pierde su tiempo conmigo.

A no ser que, por ejemplo, el número doce, les parezca una cifra risible en comparación con sus veinte en relajación.
Ahí es cuando realmente puedo decir que disfruto del silencio.

No sé si tengo remedio.

Pero el día que encuentre a alguien que sobrepase la barrera de los doce (minutos), me caso.
De blanco, y por la iglesia. Hasta que la muerte nos separe.

viernes 29 de agosto de 2008

Ciudades

El vendedor de coches fuerza una sonrisa pretendidamente agradable. La sonrisa emite un sonido. Chirría en mis oídos. Muestra los dientes como si arañase una pizarra con ellos.
Mejor no te rías, cabrón.
Dice, el coche es precioso. La línea es elegante.
El coche es un coche.
Voy a comprar un coche.
Necesito un coche, como necesito un televisor o una navaja.
El vendedor de coches está gordo. Se mueve por el concesionario. Se roza con las puertas y los faros de atrás como si untase tocino encima de la última capa de pintura.
Tiene una risa oscura, una mirada negra como las paredes negras y llenas de musgo de un pozo de agua estancada.
Dinero. Hablamos de dinero y la sonrisa se abre y se cierra y se abre y se cierra.
Todo siempre es dinero.
El dinero siempre es negro, como la sonrisa de los vendedores de lo que quiera que vendan. Como los bolsillos de los compradores, como sus cerebros repletos de humo negro, de petróleo, como el depósito de gasolina de un coche. Dinero.
Tengo ganas de mear.
Ríe de nuevo, voy a mear en ese pozo cerrado por sus dientes separados como una cremallera.
Los vendedores de coches no beben pis. Los coches no funcionan con pis. Todo consume únicamente dinero.
El vendedor suda.
Me meo.

No sabría decir cuánto tiempo transcurre hasta que el coche me lleva por la ciudad.
Hace calor pero mi coche tiene aire acondicionado. Tiene música. No escucho nada fuera. Las bocas se mueven en silencio. Chicos, chicas. Qué difícil es hablar con la gente. Las bocas parecen bocas de peces debajo del agua. Oigo la música con las ventanillas subidas porque tengo aire acondicionado. Veo los peces de colores desde mi pecera con música. Los peces no lloran, ni se quejan. Tampoco piensan.

Los conductores nos miramos a través de los espejos retrovisores.
Hace mucho calor.
Las ruedas van a derretirse y a pegarse en el suelo como si fueran velas de cera.
Los conductores en realidad no nos movemos, todos estamos pegados al asfalto negro.
La gente en realidad no habla, todos están intentando abrir la boca bajo el agua.

El espejo retrovisor me regala unos ojos. Hola.
Los ojos callan.
Creo que a través de los espejos tampoco se ve nada.
Quisiera hablar, quisiera que pudiésemos movernos, que pudiésemos mirarnos. Pero hace calor y la ciudad está muda, ciega y sorda.

jueves 28 de agosto de 2008

Reencuentro

El verano acaba.
Cuando alguien no tiene nada sobre lo que escribir, o al menos no tiene una idea precisa de lo que quiere escribir, termina siempre poniendo cosas como ésta.
Vuelvo a empezar.

Se acaban las vacaciones. (Puff…)
Llega Septiembre con su horda de obligaciones, sus horarios fijos, etcétera, etcétera. ¿Quién se siente mejor después de las vacaciones? Evidentemente nadie, pero esta gente instruida, despierta, e infinitamente sabia que ha inventado el funcionamiento actual del mundo sabe tenernos contentos unos días/semanas/meses, para luego utilizarnos de nuevo como si fuésemos putas a sueldo. Bueno, yo todavía no trabajo (espero no tener que hacerlo nunca) pero vosotros, los que sudáis sangre para manteneros a flote, debéis estar especialmente jodidos. Para muchos significa el fin del follar gratis, (en verano se consume más alcohol), de las tardes de cervezas en las terrazas, los viajes a Peñíscola sin los niños, los albergues llenos de hippies, los albergues llenos de piojos (que en definitiva viene a ser lo mismo), los fines de semana en la piscina, las tetas, los culos, las pajas pensando en esas tetas, las pajas pensando en esos culos, las discotecas playeras, el “ya te doy yo la crema”, la siesta de tres horas, se acabó leer por placer.
Vuelve el infierno.
Vuelve la rutina. Vuelves tú.
Quiero decir que Madrid se había vaciado de gilipollas durante un tiempo, pero ya volvéis a estar aquí, jodiéndome la vida.

Yo empiezo el curso académico.
Para mi lo de follar sigue estando vigente. También permanece invariable la dinámica de bares, culos, siestas y libros. Da igual, no consigo que mi vida resulte envidiable, ya me conocéis. Ya sabéis que todo esto tampoco me sirve. ¿Por qué? Porque nunca he vivido otra cosa. Desconozco la sensación de llegar a casa con el lomo partido de trabajar durante ocho horas. No tengo ni idea de lo que significa no poder hacer algo que me apetezca hacer.

Inciso:
(Microsoft Word subraya en rojo la palabra “tetas”. ¿Acaso debería decir “pechos”? Pechos no lo subraya. ¿Quién demonios creo este programa?
Polla. Polla tampoco.
Culo. Ni culo.
Tetas. Increíble. Sigue marcándome tetas. ¿Por qué? Si alguien sabe algo de este asunto que se ponga inmediatamente en contacto conmigo. Quizá solamente pase con mi Word.)
Fin del inciso.

Quizá alguien extraiga conclusiones precipitadas, y se atreva a aconsejarme que me plantee la posibilidad de trabajar, que opte por introducirme en este absurdo engranaje de “te-mantengo-ocupado-te-mantengo-desocupado”. Ni hablar. Prefiero quejarme de no tener de qué quejarme que sufrir teniendo motivos. (Cuanta “Q”)

Ahora, al tema:

Miguel, donde quiera que estés, has de saber que nadie ocupó tu lugar. Efectivamente, alterné durante un tiempo con otras pollas, no voy a negar que más de una me arrancó placenteros orgasmos, no diré que siempre mis gemidos formaron parte del guión, pero ya sabes, en el fondo siempre permanecerá un hondo vacío en mí que, excepto tú, nadie fue ni será capaz de llenar. (Me refiero sin duda a un hueco espiritual, no de otra índole). Vuelve. Vuelve como vuelven a Madrid los cientos de personas que están cogiendo aviones desde todos los rincones de la tierra.