domingo 20 de mayo de 2007

Vidas

Busco un taxi. La calle está mojada y la gente espera amontonada en las aceras. Gritan, ríen. A lo lejos parece aproximarse el fulgor de una luz verde en mitad de la noche, viene deslizándose a través de la carretera. Corro hacia ella. Corro hacia la luz que va a llevarme a casa, hacia la luz que viene hacia mi. Un señor se interpone entre la luz y yo, abre la puerta del taxi maldiciendo. Detrás de mi continúan gritando y riendo, agrupados en la acera, esperando otra luz.

La primavera se ha llevado el frío y las noches son suaves. Consigo mi taxi. Consigo salir del ruido. Dentro hay solamente silencio; alguien se queja. Me sorprende no escuchar la radio, ni siquiera la radio, sólo el eco de una queja que va hacia ninguna parte, una queja que se pierde y se une al silencio del principio. Una voz de mujer. En un espacio tan pequeño se acumula el cansancio y se mezclan por momentos la soledad y el tedio, el olor del sudor y la apatía, el perfume marchito, la lenta agonía. Las calles se suceden ante mis ojos y se precipitan las luces sobre mi sin darme tiempo a reconocer ningún lugar. La mujer suspira a veces, se lamenta, dice que está harta, que quiere irse a casa. Yo también quiero llegar a casa.

A veces el taxi se detiene. Hay bastantes coches y de vez en cuando irrumpen en el camino viandantes borrachos, chicas en minifalda que atraviesan la calle y se apresuran a alcanzar las aceras, chicos solitarios. La mujer conduce con algo de miedo, como si los reflejos empezaran a fallarle. Ahora la noche parece lejana. Mientras dejamos atrás las calles pienso en el pasado como un recuerdo confuso, como una realidad borrosa e incierta que se diluye en el tiempo y no me pertenece. Me parece que no he sido yo quien ha vivido, que no fui yo quien vivió, sin embargo, continúo oyendo los gritos penetrando a través del cristal.

La mujer se dirige a mí, me pregunta hostil, con una voz resquebrajada y seca que me despierta. Le he indicado el número de la calle como una súplica. Miro el taxímetro y temo no llevar suficiente dinero. Aparecen ante mi edificios conocidos, lugares por los que recuerdo haber pasado acompañados de una indescifrable nostalgia, de una punzada dolorosa en la garganta.

Le dan miedo los cruces, dice, a estas horas hay gente que coge el coche después de haber bebido y son un peligro. Me ha parecido percibir en el tono de su voz una disculpa. No sé si espera respuesta, no sé muy bien cuando he de responder. Silencio. Imagino el olor del asfalto mojado, el ruido de neumáticos y pisadas en los charcos, la ciudad embriagada por la lluvia. El taxi está lleno de tristeza. A través del espejo retrovisor miro sus ojos cansados. Pienso que debe de llevar muchas horas al volante, quizá todo el día, toda la vida. Insulta de vez en cuando a los demás conductores y me explica, justificándose, lo mal que conduce la gente en Madrid y cuánto le fastidia el turno de noche. Está nerviosa, y en cada palabra que pronuncia se filtra un dolor desgarrador por su propia vida. Le pregunto si siempre trabaja de noche con una media sonrisa en los labios como intentando calmarla. Me responde, ahora mirando mis ojos a través del espejo, que hoy está doblando el turno, que lleva desde las cinco de la mañana subida en el taxi.. Son las tres y media de la madrugada.

Se ha puesto a llover mientras nos acercamos a mi calle. Presiento que voy a romperme al salir de ese taxi, que al abrir la puerta voy a dejar escaparlo todo, que se esparcirán irremediablemente por las calles todos mis recuerdos, mi tiempo, mi sangre, para mezclarse con la lluvia que se cuela por las alcantarillas. Me faltan cuarenta céntimos. La mujer del taxi dice que no me preocupe, que “me los perdona”. Le doy las gracias con una sonrisa amarga y contenida y abro la puerta con miedo, deseándole a esa mujer cansada las buenas noches. Espera a que llegue al portal, a que abra la puerta, a que esté a salvo, como si ella también tuviese miedo. Desde dentro, veo de nuevo encenderse el destello de una luz verde.

domingo 6 de mayo de 2007

Ahora

Ahora, cuando ya te has marchado, asumo la ausencia de tu cuerpo en el espacio de una habitación desordenada, el vacío candente que separa mi cama en dos mitades.
He visto esta noche temblar tus manos al tocarme como una llama inestable que el viento descompone, confusas y nerviosas sobre mi, ardiendo borrosas en mi piel como en mitad de un largo camino que el sol abrasa. Tus manos que siempre huían hacia alguna parte, que recorrían mi cuerpo ajenas, fugitivas, persiguiendo la continuidad de las líneas de mis brazos, de mis piernas, dibujando con cuidado los contornos que veías desaparecen bajo una luz intermitente. Aparecen ahora tus manos tímidas solo como un recuerdo, como una huella invisible y tibia que acompaña las horas hacia un amanecer que despunta sereno, colándose a través de la ventana con una luz ligera y limpia; invadiéndolo todo.

martes 1 de mayo de 2007

Belleza...

"It was one of those days when it's a minute away from snowing and there's this electricity in the air, you can almost hear it, right?. And this bag was just.... dancing with me. Like a little kid begging me to play with it. For fifteen minutes. And that's the day I realized there was this entire life behind things, and... this incredibly benevolent force, that wanted me to know there was no reason to be afraid, ever. Video's a poor excuse, I know. But it helps me remember.....I need to remember... Sometimes there's so much beauty in the world I feel like I can't take it, like my heart's going to cave in."

(American Beauty)