Analicemos:
Motivos por los que odio mi vida en este instante:
- Insatisfacción que no es más que la toma de conciencia de mi propia incapacidad.
- Carnet de conducir: detesto profundamente a los profesores de autoescuela, en primer lugar porque suelen decir cosas como "contra más" o "en ver de", y en segundo lugar, porque a pesar de proferir tales aberraciones se creen que tienen un trabajo fantástico y una vida de la ostia. En mi autoescuela estas generalizaciones están potenciadas hasta límites inconcebibles y se pueden observar en todos y cada uno de los trabajadores. En el caso de mi profesora en particular, ambas características se combinan con una especie de altivez absurda, de una prepotencia, síntoma de bajeza moral, que en el fondo no es más que una manera de ocultar un profundo desprecio hacia sí misma y, es posible, algún que otro trauma infantil que lleva arrastrando toda su vida. Seguramente en el colegio los niños se metían con ella por ser tan jodidamente fea y bajita.
- Me siento completamente incapacitada para realizar cualquier tarea que tenga que ver con la facultad. Estoy harta de codearme con estúpidos en las clases, de ver las caras a esa pandilla de profesores fracasados tan cansados de la vida, me agota escuchar peroratas de intelectualoides, aguantar a palurdos...
- Tema Salva
- Tema Miguel, cómo no. (Hablar en algún momento sobre él para poner en orden este amasijo irracional de ideas obsesivas)
- Tema Willy. De momento no supone un problema, pero sé que en algún momento la historia podrá situarse dentro de un contexto inevitablemente marcado por la incomodidad.
- Intolerancia a la lactosa, flatulencias, hinchazón dolorosa del estómago, impresionantes diarreas.
- Dificultad para prestar atención a las cosas que hago, de forma individual, sin que unas se impongan sobre las otras y sin que mi interés variable recaiga intermitentemente en cada una de ellas, impidiendo que lleve a cabo ningún proyecto hasta su culminación.
- Sospecha de que me estoy volviendo poco a poco más ignorante y de que, a medida que crezco, voy acercándome peligrosamente a un estancamiento de mi capacidad de recepción, de análisis y de asimilación de conceptos. Mi hipótesis viene respaldada por dos generaciones con el cerebro reblandecido por el paso de los años, que la verifican, así que podríamos hablar de una especie de determinismo genético que indiscutiblemente me arrastra hasta la imbecilidad.
Nota:
Hoy, entre tanta soledad, he dedicado unos minutos a mortificarme de nuevo con el recuerdo de Miguel, hasta que, movida por un sentimiento placentero de autocompasión he terminado con unas ganas increibles de llorar. Hacía tiempo que no me ocurría (semanas) y, justo hoy, cuando escribía su nombre en este blog infame, se ha conectado. Desde luego no le digo ni una sola palabra. ¿Para qué?