Antes de que comience la clase decido preguntar a una chica en qué consistirá la siguiente hora y media. He faltado durante dos semanas. La chica, desde su asiento, me responde dubitativa con un hilo de voz. Tengo que agacharme para ponerme al nivel de su boca porque no oigo nada. Mientras tanto, la profesora entra en el aula. Continúo intentando sacar información a la chica. Ahora sus palabras son apenas un susurro. Por el rabillo del ojo, la profesora es un bulto amarillo que se mueve de aquí para allá preparando la proyección. La chica, se debate entre dirigir hacia mi su mirada o seguir al bulto con los ojos. Lo noto. Miro a la profesora y, acto seguido, la miro a ella, exigiéndole exculusividad. Vuelvo a preguntar si han visto parte de la película, o si, por el contrario, comenzará desde el principio. La chica finge no haber escuchado y decide centrar su atención en la pantalla todavía en negro. La profesora comienza a hablar en una ininteligible mezcla de italiano y español. Me siento al final, en una fila vacía de sillas adosadas a un largo pupitre, mientras dirijo una mirada criminal a la chica.
Tras unos minutos de explicación de la que, por supuesto, no logro extraer ni dos palabras con alguna relación semántica entre ellas, la puerta se abre lentamente. Una cara se desvela por el intersticio. Es un mexicano que también está en mi clase de Novela Hispanoamerciana. Siempre hace preguntas rebuscadas sobre las lecturas, como si hubiera leído cada libro tres o cuatro veces. Dirige, altivo, una mirada panorámica a los alumnos y toma asiento, dejando una montaña de libros a su lado. Piensa que con ese gesto ha sido más que suficiente para dejar claro que es el que más lee de toda la clase. Veo, a pesar de que desde mi sitio sólo llego a atisbar su perfil, su rostro henchido de orgullo y me dan ganas de atizarle con una barra de hierro en su cabeza de simio.
La profesora continúa con su oscura conferencia acerca de algún hecho acontecido en la Italia de Mussolini. Miro a mi alrededor. No hay ni una persona atractiva en mi clase. Somos doce. Ocho de ellos llevan gafas. Todos tienen pinta de haberse levantado tarde y no haber tenido tiempo suficiente para arreglarse. Me decido a hacer un segundo intento, ésta vez dirigiéndome a la chica sentada detrás de mi:
- Perdona, ¿sabes si la pondrá desde el principio? Le digo sin poder evitar mirar los piercings enganchados en nariz y boca.
- No, llevamos viéndola varios días.
No alcanzo a imaginar cuánto puede llegar a durar esa película.
Las imágenes comienzan a salir de la pantalla. Un tio con bigote y pinta de fascista suelta un discurso en contra del campesinado y lee un manifiesto aburridísimo a favor de la guerra, mientras otro, con cara de inocente y un peinado horrible, le soporta en silencio. Imagino que se trata del protagonista.
El mejicano, sigue la trama embelesado, con la boca abierta como si le pesara mucho el labio inferior. Pienso que una baba espesa caerá de su boca a la mesa en cualquier momento, así que, evito continuar mirándole por si eso sucede.
Suena un móvil. Es de una gorda sentada en primera fila. Seguramente ha olvidado apagarlo porque contaba con que nadie la llamaría. En su mesa reposa un grueso volumen del Decamerón en edición de bolsillo.
El hombre con cara de buen tipo resulta ser un pintor famoso que ejerce también de profesor de niños. Descubro que el mexicano tiene manos porcinas, porque levanta una, como no, para hacer una pregunta estúpida sobre una cita del libro en el que se basa la película. Nos interesa a todos una mierda. El tio habla entusiasmado sobre Virgilio y sobre Dante y yo me doy la vuelta para hablar con la chica de los piercings y consultar cuántas películas absurdas tendré que tragarme para aprobar.
- La verdad es que no he venido mucho, la última vez estaban viendo una de un título raro, no sé decirte, tia...-Dice, mientras masca chicle como si fuese un trozo de neumático. Su cara hinchada y rosa recuerda vagamente a la de un cerdo. La miro incrédula, negándome a asimilar tanta estupidez y, finalmente, resuelvo darme la vuelta y no volver a abrir la boca.
A estas alturas ya se sabe que el pintor, profesor, también es médico. Cada vez le veo más cara de estúpido. El fascista del bigote se ha levantado, indignado, del banco de la iglesia, en la que un cura, medio progre y algo borracho que, supongo, es la carga cómica del film, se declara en contra de la violencia haciendo gestos exagerados con los brazos. La gente se rie de alguna imbecilidad. La risa del mejicano se eleva por encima de las risas de todos los demás y pienso que algún día lo mataré.
Faltan aún más de tres cuartos de hora de clase. Imagino el otoño fuera. Un banco de piedra, a la entrada de la facultad, emerge de un montón de hojas secas. El viento desordena el tapiz marrón y ocre, y casi puedo oír el sonido de las hojas acariciándose entre ellas. A ambos lados del terreno las filas de coches que aplastan las hojas como si fueran cucarachas.
En clase, la película no avanza y los alumnos no se mueven como preparándose para que la pantalla les absorba como una liberación. Tanto a un lado como al otro los personajes son simples, planos y reductibles a exagerados estereotipos.
He decidido irme media hora antes. Me he sentado en el banco de piedra mientras fumaba un cigarro y el sol me daba en la cara. Después de un rato me he levantado, con los ojos aún medio cerrados, para volver a la facultad porque tenía otra vez clase; novela hispanoamericana.