viernes 29 de agosto de 2008

Ciudades

El vendedor de coches fuerza una sonrisa pretendidamente agradable. La sonrisa emite un sonido. Chirría en mis oídos. Muestra los dientes como si arañase una pizarra con ellos.
Mejor no te rías, cabrón.
Dice, el coche es precioso. La línea es elegante.
El coche es un coche.
Voy a comprar un coche.
Necesito un coche, como necesito un televisor o una navaja.
El vendedor de coches está gordo. Se mueve por el concesionario. Se roza con las puertas y los faros de atrás como si untase tocino encima de la última capa de pintura.
Tiene una risa oscura, una mirada negra como las paredes negras y llenas de musgo de un pozo de agua estancada.
Dinero. Hablamos de dinero y la sonrisa se abre y se cierra y se abre y se cierra.
Todo siempre es dinero.
El dinero siempre es negro, como la sonrisa de los vendedores de lo que quiera que vendan. Como los bolsillos de los compradores, como sus cerebros repletos de humo negro, de petróleo, como el depósito de gasolina de un coche. Dinero.
Tengo ganas de mear.
Ríe de nuevo, voy a mear en ese pozo cerrado por sus dientes separados como una cremallera.
Los vendedores de coches no beben pis. Los coches no funcionan con pis. Todo consume únicamente dinero.
El vendedor suda.
Me meo.

No sabría decir cuánto tiempo transcurre hasta que el coche me lleva por la ciudad.
Hace calor pero mi coche tiene aire acondicionado. Tiene música. No escucho nada fuera. Las bocas se mueven en silencio. Chicos, chicas. Qué difícil es hablar con la gente. Las bocas parecen bocas de peces debajo del agua. Oigo la música con las ventanillas subidas porque tengo aire acondicionado. Veo los peces de colores desde mi pecera con música. Los peces no lloran, ni se quejan. Tampoco piensan.

Los conductores nos miramos a través de los espejos retrovisores.
Hace mucho calor.
Las ruedas van a derretirse y a pegarse en el suelo como si fueran velas de cera.
Los conductores en realidad no nos movemos, todos estamos pegados al asfalto negro.
La gente en realidad no habla, todos están intentando abrir la boca bajo el agua.

El espejo retrovisor me regala unos ojos. Hola.
Los ojos callan.
Creo que a través de los espejos tampoco se ve nada.
Quisiera hablar, quisiera que pudiésemos movernos, que pudiésemos mirarnos. Pero hace calor y la ciudad está muda, ciega y sorda.

2 comentarios:

NáN dijo...

Pues ale, ya tienes más que yo. Porque solo tengo medio coche. Si ni fuera tanto en metro no leería tanto.

bonrei dijo...

pero, mira si puede haber tantos cabrones

está muy bien escrito
felicidades

te doy un 8 y medio.
solo aun le falta algo de música, y para tenerla debes dejar salir alguna emoción, antes -las minimas indispensables -sin calcularlas.

lo paragonaría a los americanos clásicos, como chandler, algreen, también hemingway, para cuanto es seco. es lo que quieres?

de principio hasta como lo acabas está muy bien, lo dejas todo al sentido, y está claro, no te escapa. lo tienes.

sigue