lunes 25 de febrero de 2008

La rana que quería ser auténtica

Había una vez una rana que quería ser una Rana auténtica, y todos los días se esforzaba en ello.
Al principio se compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad. Unas veces parecía encontrarla y otras no, según el humor de ese día o de la hora, hasta que se cansó de esto y guardó el espejo en un baúl.
Por fin pensó que la única forma de conocer su propio valor estaba en la opinión de la gente, y comenzó a peinarse y a vestirse y a desvestirse (cuando no le quedaba otro recurso) para saber si los demás la aprobaban y reconocían que era una Rana auténtica.
Un día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas, de manera que se dedicó a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y sentía que todos la aplaudían.
Y así seguía haciendo esfuerzos hasta que, dispuesta a cualquier cosa para lograr que la consideraran una Rana auténtica, se dejaba arrancar las ancas, y los otros se las comían, y ella todavía alcanzaba a oír con amargura cuando decían que qué buena rana, que parecía pollo.

Agusto Monterroso

domingo 17 de febrero de 2008

aNoRMaL

No se puede estar tan cansada de todo con 22 años.

sábado 16 de febrero de 2008

Encuentros

Finalmente, las personas que miran desde lejos a la gente que hace el gilipollas en las fiestas terminan por conocerse.

Se llamaba Piero, y desde que lo vi entrar en el salón con aquella sonrisa, pensé que, de una forma u otra, acabaría hablando con él. Y así fue.

De repente todo el mundo comenzó a dar voces y a agitarse como se agitan los gorilas excitados. Bailaban desenfrenados, rozándose los cuerpos por efecto directo del alcohol ingerido, chocaban, sudaban...

Yo sentía una mezcla de vergüenza y tristeza por aquellas pobres almas que se movían estúpidamente de un lado para otro, y, mientras dentro de mi se producía la eterna lucha entre lo que pensaba y lo que exteriorizaba, se acercó a mi para hablarme, -seguramente se había impuesto mi pensamiento real sobre mis dotes interpretativas-. El panorama tampoco parecía gustarle, cosa que pude intuir cuando estableció un símil entre la situación y los zoos. Al entrar en la fiesta, y tras observar durante cuatro minutos al personal, había determinado que todos los que me rodeaban eran gilipollas y que, por tanto, me iba a aburrir muchísimo, asi que, el comentario significó una grata sorpresa, pareciéndome entreveer un ligero haz de luz en aquella cloaca con olor a vodka.

Hablamos; él con acento italiano de recién llegado, confundiendo preposiciones y terminaciones verbales, yo con una borrachera difícil de contener. Me contó que, casualmente, estudiaba en mi facultad, que estaba haciendo filología -pobre criatura, pensé- , que odiaba las discotecas y que no conocia mucha gente aquí. Fue más que suficiente para hacerme un perfil y actuar en consecuencia.

Alterné conversaciones con retrasados y borrachos,(creo que en ocasiones conseguía una interpretación bastante convincente fingiendo que me interesaba algo de lo que me contaban) con apariciones espontáneas y breves comentarios cargados de comicidad e inteligencia -la que me fue posible dadas las circunstancias- dirigidos hacia él. El chico me correspondía con enormes sonrisas y gestos de complicidad inequívocos.

Los episodios que sigen se circunscriben en la inmundia de una discoteca de macarras cerca de mi casa, lugar donde creí que mi paciencia había llegado a su último punto y donde, varias veces, estuve a punto de desistir.

Pero logré aguantar hasta el final, y su amigo me pidió mi número, y mi número pasó a sus manos, y sus manos me escribieron un mensaje que recibí cuando estaba a punto de dormirme. Todo acto heróico tiene su recompensa.

viernes 15 de febrero de 2008

...y nos besamos.

Y libretas naranjas, mandarinas, la gilipollez de San Valentín.

miércoles 13 de febrero de 2008

El misterio

Hay cosas que nunca te planteas, cosas que jamás hubieses imaginado hacer o desear, y que de pronto se instauran en tu mente con la fuerza de una obsesión sin dejar espacio para nada más.

Esto me ha ocurrido hoy. Sin saber muy bien porque, he deseado besar a una persona con la que jamás había fantaseado en este sentido. Me he acercado peligrosamente a su cuello y he aspirado su olor hasta dejarlo reposar en mis pulmones. Con el aliento contenido, no sé muy bien cómo, he dejado mi cabeza cerca de la suya, el tiempo suficiente para que se produjera cualquier tipo de movimiento determinante, -tanto por mi parte, como, (preferiblemente), por la suya-. La víctima en cuestión, sin saber muy bien cuál era su papel en esta escena, se ha quedado estático, con las piernas semiflexionadas y mirando un escaparate repleto de muñecos de plástico tan petrificados como él.

Al llegar a mi portal, y después de resolver la situación con unas cuantas risas, -que siempre le quitan mucho hierro al asunto-, he esperado a que llevase a cabo cualquier tipo de actuación, para bien o para mal, pero ha permanecido sumido en ese extraño hieratismo, incapaz de hacerse cargo del asunto, así que he resuelto subir a casa y escribir esta pequeña y simpática anécdota. He de decir que mientras giraba la llave aún albergaba la esperanza de que me hablase, de que comentase un poco la jugada; pero nada, ni una palabra. Qué esperado ese mano rodeándome el brazo, esa voz temblorosa suplicando "no te vayas"; pero nada, solamente una pequeña sonrisa como una especie de mueca, y un extraño "hasta luego".

Probablemente, y como bien ha apuntado María cuando la he llamado para relatarle lo ocurrido, haya sido lo mejor. Todo se hubiese complicado mucho, supongo. Además seguramente no me gusten sus besos.
Es mejor así, sin despejar la incógnita todo parece mucho más atrayente y misterioso. Aunque todos sepamos que no lo es en absoluto.

Como todo en la vida, claro.

martes 12 de febrero de 2008

Pequeños pasos

Estoy contenta y no sé muy bien porqué, no entiendo qué es lo que habrá cambiado...No me lo voy a preguntar mucho, cuando la felicidad llega no hay que cuestionarla, llega, se acepta y punto.

Me he regalado un libro de cuentos completos de Onetti -no lo encontraba por ningún sitio-, y Adaptation, de Spike Jonze, -más de lo mismo-. Total: 43 euros contando con los gastos de envío.

Lo estoy haciendo todo tan bien que canto por la calle y el habitual y tormentoso ruido de los cláxones me suena a acompañamiento de silbidos.

Aproximación progresiva a mi objetivo. Hoy le he pedido un cigarro a su amiga, he intercambiado unas cuantas frases amables y le he obsequiado con algunas de mis mejores sonrisas. Todo sea por hablar con él en algún momento; Momento que, presiento, no tardará en llegar.

lunes 11 de febrero de 2008

Preferiría no hacerlo

Que ya no me afecta, que ahora sé que soy potencialidad y me da igual la felicidadad del "Hermano"-incluso que su novia se pasee con ese balanceo exagerado de nalgas-, que "Pelucas" cada día se rodee de más y más gente para comer mientras alrededor de mi hay solamente espacio vacío, que Justina and company aporreen la guitarra en la puerta de la facultad, como si no tuvieran otra cosa mejor que hacer, o, lo que es más triste, que allí, en realidad nadie tenga nada mejor que hacer, también me da igual, ¡Me Da Igual!

Tocaba estudiar Onetti, tocaba estudiar y he estudiado, y cuando llego a casa hay buen rollo y toda esa serie de cosas que hace que la vida entendida como una sensatez práctica no sea una idea tan asquerosamente absurda. O si, pero bueno, al menos me entretengo, y ya que tengo que emplear mi tiempo en algo, pues que sea en la mierda menos desagradable.

Aunque, si, desde luego, "preferiría no hacerlo"

domingo 10 de febrero de 2008

El crepúsculo de los dioses


Punto de inflexión

No es una de tantas listas absurdas de propósitos, es una lista acompañada de acción inmediata.

Me da igual que no sea la manera, me da igual, es mi manera y voy a conseguirlo.

jueves 7 de febrero de 2008

Humanos

No acabé de escribir el otro día mi última apreciación sobre los seres humanos en general. Esbocé, a modo de aforismo, cierta impresión que me provocó un amigo cuando me pidió que leyese unos de sus textos, sin emabrgo, no llegué a desarrollar la idea.

Mi amigo alegaba que, el relato en cuestión, le había costado mucho y que le gustaba, -dos requisitos indispensables para querer que todo el mundo lea lo que has escrito-, y me pedía opinión. Yo, como viene siendo costumbre, le obsequié desinteresadamente con una pasividad propia de una ameba, respondiédole algo así como "¿Y qué más da lo que yo piense?".

Veía (mentalmente), a este amigo mio trabajar hasta la extenuación componiendo ese texto absurdo con ciertas reminiscencias de Escuela de Pensamiento Zen (no sé si realmente se escribe con mayúsculas), con la imagen vaga de los rostros que más tarde leerían su texto, unos mostrando cierto asombro, otros dominados por una verdadera emoción, algún ceño fruncido que le haría dudar de la colocación de un adjetivo en la frase, y así hasta completar el gran número de reacciones que le es posible imaginar al hombre.

Más tarde, después de esta conversación en la que reincidí en el hecho de que mi opinión no importaba un pimiento, reflexioné sobre esta anédota que puede parecer nimia, y que sin embargo encierra toda la esencia de la persona.

Las pretensiones del hunano son completamente ridículas. Últimamente no puedo mirar a mi alrededor sin sentir cierta verguenza por tener que presenciar la vida de los demás, y por supuesto, por tener que asistir a la manifestación de mi propia vida, vida que, queriéndolo o no, otros a su vez también presencian.

Ayer mientras observaba con cierta naúsea la cerveza que bebía y las cervezas que bebían los demás, pensaba en el estómago de todos esos hombrecillos, funcionando para digerir todas aquellas cervezas amarillas y brillantes como la orina.

Tengo esta sensación siempre que veo al humano realizando cualquier actividad propia del primer nivel de necesidad, como bien apuntó Maslow. Hay algo profundamente humillante en la deglución de un filete, en un hombre entregado a mordisquear un muslo de pollo con ahínco y constancia.

También esto me sucede con otro tipo de ocupaciones en las que el ser humano emplea su tiempo. Una de ellas es, por ejemplo, el sexo. Cuando imagino a dos personas disfrutando del placer que proporciona el acoplamiento, no dejo de pensar en ellos como conejos que se mueven ridículamente, en aquéllos perros que se rascan la oreja con la pata trasera a una velocidad vertiginosa.

Mi amigo sólo quería compartir el orgullo de sí mismo, buscaba que yo también apreciase su esfuerzo, su talento, su ingenio, para reafirmarse. Aquellas cervezas no eran más que un medio, como aquellos cigarros. Todo muy normal, todo muy cotidiano, ¿Qué hay de malo en compartir unos textos?, ¿qué tiene de horrible beber simultáneamente cerveza?

martes 5 de febrero de 2008

Qué difícilmente soportamos las actitudes humanas cuando nos sentimos tan humanos.

sábado 2 de febrero de 2008

Hablamos de vejez

Y sólo puedo sentir, sólo puedo sentir, sólo puedo sentir, y sentir, y sentir, y sentir, y el pecho con esta especie de punzada extraña que atraviesa el pulmón izquierdo, y el pulmón izquierdo perforado no es más que un corazón herido y un corazón herido, palabras que nunca dicen todo.

Quiero verte porque no quiero estar conmigo.

No quiero saber nada. Quiero dejar de saber, quiero dejar de pensar.
La misma mierda, el mismo escritor fracasado que apenas puede comer, tener un título, tener un título para qué, tener un título para ser profesor, para tener un despacho en la planta cuarta de un edificio que huele a coliflor, tener un despacho sin ventanas, un despacho cada vez más oscuro, con postales de viajes que se hacen y se olvidan porque se recuerdan distinto a lo que fueron, y por lo tanto se olvidan, con postales de aquellos lugares que fuimos un rato, para volver al despacho oscuro, delante del teclado, cada vez más arrugas, cada vez más arrugas.

Te llamo porque quiero que hagas algo con mi tiempo, porque no me soporto, porque no soporto tener que mirarme en el espejo, prefiero que seas tú quien me mire porque quizá no veas lo que yo veo, quizá tu mentira me engañe un rato, quizá tu mentira borre de mi mente mi mentira, o la supla, quizá puedo encerrar en mi cerebro lo que ves y creérmelo.

No quiero morirme, no quiero ser profesora.
No quiero tener un despacho. Despacho suena a moqueta vieja, me suena como suenan las puertas viejas, como suenan los viejos cuando se caen en el supermercado.

El examen era en Febrero

Absurdas pruebas de nivel de idioma. Alguien, nadie sabe quién, valorará tus conocimientos y si considera que son suficientes, te concederá el destino que habías elegido. Puro trámite. Terminan mandándote donde les da la gana.

Llego a la facultad de Derecho, un terreno inhóspito, el bando enemigo; pijos y pijas con miles de apuntes en las manos, ese absurdo cúmulo de sibilantes en cada una de sus frases. Pienso, "hablan como serpientes".

No hay nadie que espere en el aula en la que supuestamente es mi examen.
Se me ocurre preguntar a una señora.
Abre mucho los ojos cuando me mira para exagerar su desconcierto. No ha oído hablar de una prueba de nivel en esa clase hoy. Parece un pez. Sus ojos poseen esa delgada menbrana viscosa propia de los ojos de un mero, de las merluzas.

Si alguien osa saltarse una de las pruebas de nivel se queda sin beca, motivo más que suficiente para que yo estuviera cada vez más nerviosa. Si se te ocurre dormirte, ponerte enferma, olvídate de un año fuera de la mierda, quéteda aquí, en Moncloa, en la Complutense, rodeada de estúpidos. El nerviosismo se fue convirtiendo poco a poco en ansiedad, la ansiedad transformándose silenciosamente en ira.

Hay gente que olvida que existen acuerdos tácitos no declarados, obligaciones cívicas que desgraciadamente no constan en ningún papel oficial porque, se entiende, la gente conoce y respeta. El hecho de que esa mujer fuese humana le otorga ciertos derechos (el derecho a existir, a trabajar, a votar, y a toda esa mierda que para una mujer de su especie me parece más que suficiente) pero también le obliga a ciertos compromisos. Como el conductor de un vehículo debe socorrer a un motorista accidentado que se desangra en la aceitosa cuneta de una autopista, esa mujer de uniforme horrible, esa mujer que conserva un trabajo que no exige ningún tipo de preparacion y por el que le pagan un exiguo salario casi simbólico, debería ayudarme a encontrar el Aula Magna, debería preocuparse amablemente por esta alumna desamparada. Esta mujer, sin embargo, se desentiende con una habilidad propia de un cerebro pensante.

El día de mañana, esa mujer, sufrirá porque el profesor de turno no repite un examen a la hortera de su hija, y exigirá, y su boca se llenará de horribles maldiciones por la injusticia, y el profesor no hará nada. El profesor tampoco parece saber nada de obligaciones y compromisos con los demás seres humanos. Lleva siendo profesor asociado diez años y también cobra un sueldo de mierda, un sueldo que desde luego no es el que merece alguien que ha dedicado una vida a prepararse con la cabeza enterrada en manuales y libros aburridos para tener un trabajo estimulante el día de mañana. El día de mañana.

Si el día de mañana, alguien, nadie sabe quién, un cuerpo etéreo procedente del extraño país de las hipótesis, prometiese a su hija hortera una segunda oportunidad para aprobar la asigantura del profesor fracasado, la mujer mediocre ayudaría a la alumna perdida con amabilidad, con la amabilidad que le es posible exteriorizar a un híbrido de humano y pez.

La realidad es bien distinta. La realidad es que esa mujer seguirá llevando ese horrible uniforme, seguirá llegando tarde a casa y cobrando lo mínimo por un trabajo que detesta, no tendrá más motivación que la posibilidad de que su hija llegue a algo en la vida y seguirá soportando alumnas perdidas y profesores fracsados y autobuseros rendidos, fruteros sucios, taxistas divorciados, mujeres aburridas...

Y nos seguiremos soportando.