Vamos a una conferencia de Houellebecq. Esperamos en la cola durante una hora. De pie. Hace calor y estoy cansada. La gente que espera junto a nosotros parece muy feliz. Están, constantemente, haciendo bromas. Me aburro. W. no deja de mirarme con ojos de enamorado; haga lo que haga, esboza una ridícula sonrisa para darme a entender que está enamorado. Está enamorado, de verdad; yo no.
Hay un grupo de chicos muy modernos delante de nosotros. Uno de ellos, el más guapo, me recuerda a Miguel. Parece el encargado de suministrar cerveza al resto. Le miro. Me mira. Lleva un sombrero apoyado distraídamente en su cabeza, parece a punto de caérsele. Intuyo su espalda a través de la camiseta azul, su culo detrás de los vaqueros caídos –también a punto de caer al suelo-. W. me mira. Cuando me giro para mirarle su cara aún conserva cierto gesto de fastidio, de reproche. Una señora abre el paraguas y me salpica. No llueve, no entiendo por qué abre el paraguas. W. comienza a hacer bromas para captar mi atención. Me río un poco, pero estoy cansada. No comprendo muy bien mediante qué cadena de circunstancias he terminado en esa cola.
Vuelvo a girarme para ver al chico de la camiseta azul. Chupa, con cuidado, el extremo del papel de un porro que acaba de hacerse. Lo pega con suavidad, acariciándolo para que quede bien. ¿Habrá leído este chico algún libro suyo?, Y, en caso de que lo haya leído, ¿Qué habrá entendido? Me mira de nuevo: tiene los ojos azules, como su camiseta. Se parece mucho a Miguel. W, habla sobre el grupo musical que han traído al evento; hace bromas sin parar, pero ya es tarde, a mi se me han agotado las risas.
Vamos entrando al edificio donde tendrá lugar la conferencia. Cuando llegamos al umbral, la chica del personal de organización nos dice que esperemos un momento. Parece que se toma muy en serio su trabajo, está muy nerviosa; creo, sinceramente, que finge que está nerviosa y agobiada por tanto trabajo. El chico de la camiseta azul ha conseguido cruzar la puerta. La señora del paraguas también. Nosotros tenemos que esperar.
Una vez dentro, nos reparten unos auriculares para escuchar la traducción simultánea. No me gusta ponerme auriculares, me siento ridícula. El hecho de que los demás también los lleven me hace sentir peor aún. La sala es muy pequeña y la gente ha ocupado todos los asientos. Tenemos que ponernos al final, de pie. En el momento en el que estoy pensando por qué coño no me habré quedado en casa leyendo un libro, aparece el chico de azul con su tropa de amigos modernos. Se pone justo a nuestro lado. W le mira. Me mira. Le sostengo un rato la mirada, sonrío y le acaricio la cara. Le digo algo. Intento concentrarme en él, en lo que me está respondiendo. Vuelvo a mirar al chico que, ahora, está sentando en el suelo. Al llevar los pantalones tan caídos, deja ver gran parte de sus calzoncillos. Son de rayas verdes.
Aparece Houellebecq. Tiene un aspecto enfermizo: hombros estrechos, piel macilenta, pelo graso, brazos exageradamente largos para su cuerpo. Comienza a hablar. Me pongo los auriculares. El aparato no funciona. Toco dos o tres botones, le doy golpecitos; nada. Miro a W. en busca de ayuda. Me da el suyo para que no pierda detalle de la conferencia mientras arregla el mio. Finalmente lo consigue, ya podemos escuchar lo que ha venido a decirnos este señor. Creo que habla sobre su infancia, los libros que leía con diez, once años. Si, efectivamente, habla sobre eso. La voz de la traductora me da sueño.
Houellebecq lleva más de media hora contando argumentos de libros que leyó en su juventud. Me siento en el suelo. Ahora veo los calzoncillos del chico desde otro ángulo. También veo una franja de piel. Está moreno. La gente a mi alrededor, toma notas sobre lo que dice Houellebecq. ¿Qué coño apuntáis, gilipollas? ¿No veis que no está diciendo nada? Les miro con desprecio, escruto sus libretas, su ropa, con una mueca de asco. W. se sienta a mi lado. Me da un beso en la boca. Dejo la boca cerrada. Noto su lengua dura y caliente empujando mis labios para abrirlos. Me resisto. Convierto su intención de beso apasionado, en un pequeño y casto beso. No parece molestarle. El chico de azul bromea con un amigo. No llevan los auriculares puestos. Yo si. Nos miramos. Me gustaría saber qué están diciendo, me gustaría sentarme con ellos. Parecen simpáticos.
Le digo a W. que la conferencia está siendo un coñazo, que podíamos irnos. Bromeamos sobre la situación. Houellebecq reemprende su disertación acerca de la literatura infantil; No entiendo nada. W. saca su libreta y escribe algo en ella; es algo para mi. El chico de azul nos mira. Cree que W. está tomando nota sobre la mierda que está soltando Houellebecq. El amigo del chico de azul también nos mira. Se ríen. Quiero morirme, que la moqueta sucia y áspera me trague, morir en esa sala con olor a sudor. Se levantan para irse. Sus calzoncillos me dedican un triste adiós. Jamás volveremos a vernos.
sábado 26 de abril de 2008
viernes 18 de abril de 2008
Uno de tantos
11:30
El despertador suena, insistentemente, durante al menos media hora (con intervalos de silencio de diez minutos.) Por supuesto, mientras eso sucede, y después de mirar el reloj de pared, permanezco tumbada maldiciéndome por haberme dormido; otra vez. Me desperezo, bostezo, y busco a tientas el pantalón del pijama. Consigo detener la alarma, y salir dando tumbos de la habitación. Me duele la cabeza. Recuerdo que ayer terminé con las botellitas que robé en el minibar de aquel hotel. Algunas reposan sobre la mesa de cristal del salón, otras están tiradas por el suelo como cadáveres. Preparo café en abundancia. Desde la silla de la cocina diviso un panorama muy negro; grandes nubes grises parecen estar a punto de descargar su furia contra el mundo. Mierda.
Decido no ir a la universidad por la mañana, quizá, pienso, podría aprovechar este tiempo para leer a Cadalso y adelantar un poco del trabajo que debería haber hecho hace un mes. Tras esta idea, echo un vistazo a los libros que están sobre el escritorio; las mismas portadas, el mismo tufillo a filología, a madera vieja, a papeles rancios. Me siento en la cama para reflexionar sobre el asunto; tengo que hacer algo, tengo que empezar a estudiar ya, no puedo seguir en esta dinámica. En la mesilla un libro de cuentos de Quim Monzó me mira burlón: venga, gilipollas, ponte a estudiar esa mierda aburrida de una vez, -parece decirme-, hazte profesora. Intento concentrarme en mis pensamientos positivos: maldita sea, Diana, es tu madre quien paga la carrera, ¿crees que le haría gracia verte así? Sé responsable, ¿Y si nunca eres capaz de escribir nada que valga la pena? Miro hacia la mesilla. Debajo de Monzó, puedo ver a Amis, a Cortázar, Camus, Roberto Arlt y a Elias Canetti. Joder. Resuelvo leer solamente un cuento, y después, ponerme a estudiar. Es pronto, me dará tiempo a hacerlo todo.
13:00
He terminado “El mejor de los mundos”; he leído todos los cuentos que me quedaban por leer. Me levanto, algo apesadumbrada, de la cama. Ahora no te vengas abajo, lo hecho, hecho está.
Por alguna extraña cadena de circunstancias, acabo, frente al a pantalla del ordenador, viendo una película malísima sobre el hombre que asesinó a John Lennon. Libertad para Mark David Chapman, me digo, ¿qué es lo que hizo al fin y al cabo?, ¿Matar a un hippie? Antes de terminar la película he pensado en más de cien personas a las que me gustaría cargarme; El problema de todo ésto es que ninguno de esos asesinatos tendría un gran impacto social. El problema es que ya no existen grandes mitos a los que admirar, solamente quedan viejas glorias. ¿A quién coño le importaría que liquidase a Mick Jagger? A nadie en absoluto. En realidad, a todos nos importa todo una mierda.
15:12
Me dispongo a ducharme, a vestirme. El mismo rutinario y cansado procedimiento de todos los días. Me veo notablemente más gorda en el espejo. Cerda, más que cerda.
Paso bastante tiempo bajo el agua pero el olor a fracaso no desaparece.
16:00
Voy en autobús hasta la facultad. Caras tristes, ojeras, arrugas, caras cansadas. Me siento enfrente de una pareja bastante curiosa; el chico le acaricia la cara a la chica. La chica pone morritos simulando ser más pequeña, probablemente, con la intención de enloquecer de ternura al chico. Son muy jóvenes. El chico retoma la conversación que se traían entre manos antes de que yo tomase asiento. Habla a la chica con voz melosa, casi susurrándole. Me permito escuchar parte de su absurda disertación, para valorar si son realmente gilipollas, o, simplemente, están enamorados y por eso son repulsivos. El chico comienza diciéndole que a él no le gustan las “modelos delgaduchas que son todo huesos”, que prefiere “las mujeres de verdad”. La chica le mira embobada como si le estuviese desvelando una verdad universal. Mientras el chico suelta su discurso, manosea los muslos de la chica, pasa la mano por su cintura. Efectivamente, son subnormales sin remedio.
El conductor se salta impunemente mi parada. Tengo que bajarme en la siguiente: la facultad de matemáticas. Miro a mi alrededor antes de saltar del autobús. Noto que me miran con más respeto; creen que soy un cerebrito, que dedico mi vida a los números: logaritmos, derivadas, elevado al cubo...toda esa mierda. Las letras no tienen ningún prestigio. Si estudias una carrera como filología o historia del arte, no eres nadie, la gente no te respeta. Si lo piensas, es normal, merecemos que el mundo nos mire como mierdecillas; son carreras absurdas.
Llego a la facultad cansada.
En la entrada, me sorprende ver un montón de sacos de dormir. Leo los carteles que presiden el hall: “No a Bolonia”, “Fuera las empresas de la universidad”, etc. Hay chicos y chicas revoloteando alrededor del improvisado campamento. ¡Cuánta gilipollez junta! Creen que cambiarán algo así, creen que tienen algún tipo de credibilidad, que conseguirán tener alguna repercusión. En diez años estaréis chupando pollas como el resto, trabajando en un curro más o menos mierda, recordando con una sonrisita nostálgica que algún día dormisteis en unos sacos de dormir putrefactos. ¡Imbéciles!
18:10
Salgo de la clase que imparte el único profesor que no merece ser quemado en una hoguera. Uno de los pocos individuos con criterio en ese estercolero. Durante toda la clase he estado imaginando sus brazos fornidos, sus piernas atléticas. ¡Ah! ¡Cuánta pasión desperdiciada! ¡Cuánto amor lanzado a un vacío inútil! Si pudiese ver cómo me siento, si, por una de estas ocasiones que la vida, amablemente, te brinda, llegase a conocerme... Yo, sería capaz de traicionarme a mi misma; llegaría, incluso, a mantener eternas y absurdas conversaciones para dejarle impresionado con mi cultura, a escuchar, pacientemente, sus divagaciones sobre literatura, sobre política. Estaría dispuesta a pasar por todo el procedimiento, de verdad.
Pero eso no ocurrirá, es evidente, porque él no vendrá a hablar conmigo; él, solamente, habla con las retrasadas mentales que, después de clase, van a hacerle preguntas rebuscadas sobre la revolución cubana, o sobre cualquier mierda de ese tipo. ¿No podríamos follar directamente? ¿No podemos prescindir de toda la consecución de momentos previos? Maldita sea mi vida, ¿Por qué no habré nacido gilipollas?
Salgo a la calle y fumo un cigarro con ansia. Esto debe de ser amor.
Espero algo durante media hora mirando el cielo, las nubes, los putos pájaros. Me doy cuenta de que no sé qué estoy esperando, y de que, en caso de que supiera qué es lo que espero, esto nunca llegaría, así que decido irme a casa.
20:00
Después de unas horas dedicadas, exclusivamente, a fumar, leer, dar pequeños pasitos por la habitación, y mirar por la ventana, recibo una llamada al móvil. Acto seguido da comienzo una despreciable conversación telefónica con un amigo. Me cuenta que ha llegado de la asamblea de la facultad –la misma que propuso la iniciativa de los sacos de dormir-. Estupendo. Me cuenta que tienen pensado hablar con el rector, que están consiguiendo pequeñas cosas, que lo importante es informar a la mayor cantidad de gente, etc. No puedo reprimir una respuesta del tipo: “A mí me parece una gilipollez”. Se produce un silencio siniestro que, mi amigo, tan solo rompe para decir, “¿Qué dices, tía?.” Trato de explicarle mi razonamiento sin alterarme, sin utilizar, exactamente, las palabras que me dicta mi cerebro.
La conclusión que logra extraer, de todo esto, es que yo desconfío del humano, que hay gente que de verdad lucha por lo que cree, y que mi problema es que yo no creo en nada.
Le escucho, resignada. Sus palabras suenan como un eco dentro de mi cráneo; he tenido que aguantar este tipo de discurso más de mil veces. Me aburro. Me canso. Me gustaría que esas discusiones no se produjesen; nunca sirve de nada haber hablado durante horas. Las conversaciones sirven, únicamente, para censurar el pensamiento del otro, para reafirmar el punto de vista propio gracias a los puntos flacos del discurso ajeno: egoísmo y más egoísmo. La gente que dice que conversar es una forma de aprender, en realidad, persigue alguno de estos fines, el problema es que no se da cuenta, o no quiere hacerlo.
22:00
Me siento profundamente deprimida. Llamo a Javier para ver qué tal está. Desde hace un tiempo vive lejos de Madrid y últimamente apenas hablamos. Mientras marco los números recuerdo algunas cosas buenas del tiempo que pasamos juntos. Me dan ganas de llorar y de abrazarme a él. Es la única persona humana que he conocido en mi vida, la única que se alegra de verdad cuando algo bueno me pasa, la única que siente el dolor de mi alma. Maldita sea, no contesta.
Fumo, paseo por la casa, tropiezo con la mesa del salón. Como el tamaño de mi cuerpo ha aumentado, me es más difícil manejar los espacios, lo mismo que cuando uno cambia su antiguo coche por otro más grande, y al principio no es capaz de medir bien las distancias. Soy una morsa torpe y pesada.
23:35
Javier, por fin, me llama. Me alegra mucho oír su voz, es como estar en casa. Le digo que me hace mucha ilusión volver a hablar con él. Él no es tan efusivo, no parece alegrarse tanto. Le pregunto qué tal está. Me dice que muy bien, que está muy contento; está creando un centro social en la ciudad donde organizan actividades de todo tipo, conociendo mucha gente con sus mismas inquietudes, etc. Aunque me alegro por él, esto me hace sentir más sola y desgraciada; el humano es así de mezquino: por mucho que digamos que queremos, nos jode la felicidad de los demás cuando a nosotros no nos van tan bien las cosas.
Habla durante mucho tiempo, yo escucho en silencio. Me tumbo en la cama y el sonido de su voz parece que me arropa. Se me caen unas cuantas lágrimas, pero él no se da cuenta. Cuando nos despedimos me dice que se alegra de que esté bien.
Cuelgo y busco una foto que nos hicimos en la playa hace cuatro años. La beso muchas veces. Después pienso en regalos que podría hacerle cuando venga. Muchas veces, cuando estoy deprimida, pienso en regalar muchas cosas a todo el mundo, y me deprimo aún más. No sé porqué pero siempre me han dado pena los regalos.
El despertador suena, insistentemente, durante al menos media hora (con intervalos de silencio de diez minutos.) Por supuesto, mientras eso sucede, y después de mirar el reloj de pared, permanezco tumbada maldiciéndome por haberme dormido; otra vez. Me desperezo, bostezo, y busco a tientas el pantalón del pijama. Consigo detener la alarma, y salir dando tumbos de la habitación. Me duele la cabeza. Recuerdo que ayer terminé con las botellitas que robé en el minibar de aquel hotel. Algunas reposan sobre la mesa de cristal del salón, otras están tiradas por el suelo como cadáveres. Preparo café en abundancia. Desde la silla de la cocina diviso un panorama muy negro; grandes nubes grises parecen estar a punto de descargar su furia contra el mundo. Mierda.
Decido no ir a la universidad por la mañana, quizá, pienso, podría aprovechar este tiempo para leer a Cadalso y adelantar un poco del trabajo que debería haber hecho hace un mes. Tras esta idea, echo un vistazo a los libros que están sobre el escritorio; las mismas portadas, el mismo tufillo a filología, a madera vieja, a papeles rancios. Me siento en la cama para reflexionar sobre el asunto; tengo que hacer algo, tengo que empezar a estudiar ya, no puedo seguir en esta dinámica. En la mesilla un libro de cuentos de Quim Monzó me mira burlón: venga, gilipollas, ponte a estudiar esa mierda aburrida de una vez, -parece decirme-, hazte profesora. Intento concentrarme en mis pensamientos positivos: maldita sea, Diana, es tu madre quien paga la carrera, ¿crees que le haría gracia verte así? Sé responsable, ¿Y si nunca eres capaz de escribir nada que valga la pena? Miro hacia la mesilla. Debajo de Monzó, puedo ver a Amis, a Cortázar, Camus, Roberto Arlt y a Elias Canetti. Joder. Resuelvo leer solamente un cuento, y después, ponerme a estudiar. Es pronto, me dará tiempo a hacerlo todo.
13:00
He terminado “El mejor de los mundos”; he leído todos los cuentos que me quedaban por leer. Me levanto, algo apesadumbrada, de la cama. Ahora no te vengas abajo, lo hecho, hecho está.
Por alguna extraña cadena de circunstancias, acabo, frente al a pantalla del ordenador, viendo una película malísima sobre el hombre que asesinó a John Lennon. Libertad para Mark David Chapman, me digo, ¿qué es lo que hizo al fin y al cabo?, ¿Matar a un hippie? Antes de terminar la película he pensado en más de cien personas a las que me gustaría cargarme; El problema de todo ésto es que ninguno de esos asesinatos tendría un gran impacto social. El problema es que ya no existen grandes mitos a los que admirar, solamente quedan viejas glorias. ¿A quién coño le importaría que liquidase a Mick Jagger? A nadie en absoluto. En realidad, a todos nos importa todo una mierda.
15:12
Me dispongo a ducharme, a vestirme. El mismo rutinario y cansado procedimiento de todos los días. Me veo notablemente más gorda en el espejo. Cerda, más que cerda.
Paso bastante tiempo bajo el agua pero el olor a fracaso no desaparece.
16:00
Voy en autobús hasta la facultad. Caras tristes, ojeras, arrugas, caras cansadas. Me siento enfrente de una pareja bastante curiosa; el chico le acaricia la cara a la chica. La chica pone morritos simulando ser más pequeña, probablemente, con la intención de enloquecer de ternura al chico. Son muy jóvenes. El chico retoma la conversación que se traían entre manos antes de que yo tomase asiento. Habla a la chica con voz melosa, casi susurrándole. Me permito escuchar parte de su absurda disertación, para valorar si son realmente gilipollas, o, simplemente, están enamorados y por eso son repulsivos. El chico comienza diciéndole que a él no le gustan las “modelos delgaduchas que son todo huesos”, que prefiere “las mujeres de verdad”. La chica le mira embobada como si le estuviese desvelando una verdad universal. Mientras el chico suelta su discurso, manosea los muslos de la chica, pasa la mano por su cintura. Efectivamente, son subnormales sin remedio.
El conductor se salta impunemente mi parada. Tengo que bajarme en la siguiente: la facultad de matemáticas. Miro a mi alrededor antes de saltar del autobús. Noto que me miran con más respeto; creen que soy un cerebrito, que dedico mi vida a los números: logaritmos, derivadas, elevado al cubo...toda esa mierda. Las letras no tienen ningún prestigio. Si estudias una carrera como filología o historia del arte, no eres nadie, la gente no te respeta. Si lo piensas, es normal, merecemos que el mundo nos mire como mierdecillas; son carreras absurdas.
Llego a la facultad cansada.
En la entrada, me sorprende ver un montón de sacos de dormir. Leo los carteles que presiden el hall: “No a Bolonia”, “Fuera las empresas de la universidad”, etc. Hay chicos y chicas revoloteando alrededor del improvisado campamento. ¡Cuánta gilipollez junta! Creen que cambiarán algo así, creen que tienen algún tipo de credibilidad, que conseguirán tener alguna repercusión. En diez años estaréis chupando pollas como el resto, trabajando en un curro más o menos mierda, recordando con una sonrisita nostálgica que algún día dormisteis en unos sacos de dormir putrefactos. ¡Imbéciles!
18:10
Salgo de la clase que imparte el único profesor que no merece ser quemado en una hoguera. Uno de los pocos individuos con criterio en ese estercolero. Durante toda la clase he estado imaginando sus brazos fornidos, sus piernas atléticas. ¡Ah! ¡Cuánta pasión desperdiciada! ¡Cuánto amor lanzado a un vacío inútil! Si pudiese ver cómo me siento, si, por una de estas ocasiones que la vida, amablemente, te brinda, llegase a conocerme... Yo, sería capaz de traicionarme a mi misma; llegaría, incluso, a mantener eternas y absurdas conversaciones para dejarle impresionado con mi cultura, a escuchar, pacientemente, sus divagaciones sobre literatura, sobre política. Estaría dispuesta a pasar por todo el procedimiento, de verdad.
Pero eso no ocurrirá, es evidente, porque él no vendrá a hablar conmigo; él, solamente, habla con las retrasadas mentales que, después de clase, van a hacerle preguntas rebuscadas sobre la revolución cubana, o sobre cualquier mierda de ese tipo. ¿No podríamos follar directamente? ¿No podemos prescindir de toda la consecución de momentos previos? Maldita sea mi vida, ¿Por qué no habré nacido gilipollas?
Salgo a la calle y fumo un cigarro con ansia. Esto debe de ser amor.
Espero algo durante media hora mirando el cielo, las nubes, los putos pájaros. Me doy cuenta de que no sé qué estoy esperando, y de que, en caso de que supiera qué es lo que espero, esto nunca llegaría, así que decido irme a casa.
20:00
Después de unas horas dedicadas, exclusivamente, a fumar, leer, dar pequeños pasitos por la habitación, y mirar por la ventana, recibo una llamada al móvil. Acto seguido da comienzo una despreciable conversación telefónica con un amigo. Me cuenta que ha llegado de la asamblea de la facultad –la misma que propuso la iniciativa de los sacos de dormir-. Estupendo. Me cuenta que tienen pensado hablar con el rector, que están consiguiendo pequeñas cosas, que lo importante es informar a la mayor cantidad de gente, etc. No puedo reprimir una respuesta del tipo: “A mí me parece una gilipollez”. Se produce un silencio siniestro que, mi amigo, tan solo rompe para decir, “¿Qué dices, tía?.” Trato de explicarle mi razonamiento sin alterarme, sin utilizar, exactamente, las palabras que me dicta mi cerebro.
La conclusión que logra extraer, de todo esto, es que yo desconfío del humano, que hay gente que de verdad lucha por lo que cree, y que mi problema es que yo no creo en nada.
Le escucho, resignada. Sus palabras suenan como un eco dentro de mi cráneo; he tenido que aguantar este tipo de discurso más de mil veces. Me aburro. Me canso. Me gustaría que esas discusiones no se produjesen; nunca sirve de nada haber hablado durante horas. Las conversaciones sirven, únicamente, para censurar el pensamiento del otro, para reafirmar el punto de vista propio gracias a los puntos flacos del discurso ajeno: egoísmo y más egoísmo. La gente que dice que conversar es una forma de aprender, en realidad, persigue alguno de estos fines, el problema es que no se da cuenta, o no quiere hacerlo.
22:00
Me siento profundamente deprimida. Llamo a Javier para ver qué tal está. Desde hace un tiempo vive lejos de Madrid y últimamente apenas hablamos. Mientras marco los números recuerdo algunas cosas buenas del tiempo que pasamos juntos. Me dan ganas de llorar y de abrazarme a él. Es la única persona humana que he conocido en mi vida, la única que se alegra de verdad cuando algo bueno me pasa, la única que siente el dolor de mi alma. Maldita sea, no contesta.
Fumo, paseo por la casa, tropiezo con la mesa del salón. Como el tamaño de mi cuerpo ha aumentado, me es más difícil manejar los espacios, lo mismo que cuando uno cambia su antiguo coche por otro más grande, y al principio no es capaz de medir bien las distancias. Soy una morsa torpe y pesada.
23:35
Javier, por fin, me llama. Me alegra mucho oír su voz, es como estar en casa. Le digo que me hace mucha ilusión volver a hablar con él. Él no es tan efusivo, no parece alegrarse tanto. Le pregunto qué tal está. Me dice que muy bien, que está muy contento; está creando un centro social en la ciudad donde organizan actividades de todo tipo, conociendo mucha gente con sus mismas inquietudes, etc. Aunque me alegro por él, esto me hace sentir más sola y desgraciada; el humano es así de mezquino: por mucho que digamos que queremos, nos jode la felicidad de los demás cuando a nosotros no nos van tan bien las cosas.
Habla durante mucho tiempo, yo escucho en silencio. Me tumbo en la cama y el sonido de su voz parece que me arropa. Se me caen unas cuantas lágrimas, pero él no se da cuenta. Cuando nos despedimos me dice que se alegra de que esté bien.
Cuelgo y busco una foto que nos hicimos en la playa hace cuatro años. La beso muchas veces. Después pienso en regalos que podría hacerle cuando venga. Muchas veces, cuando estoy deprimida, pienso en regalar muchas cosas a todo el mundo, y me deprimo aún más. No sé porqué pero siempre me han dado pena los regalos.
miércoles 9 de abril de 2008
A la luz de las velas
Fui al banco a firmar unos papeles, a pagar la factura de un curso de idiomas que me obliga a hacer la universidad. También quería informarme sobre las becas que ofrecían para estudiantes en el extranjero. Me atendió una mujer con cara de besugo. Me dijo que ella no podía ayudarme, que tenía que ponerme en contacto con el servicio de atención al cliente. Mientras decía ésto, escribía un número de teléfono en un papel.¿Cómo era posible que ella no supiese nada? Tenía una mesa con un ordenador y miles de folios apilados repletos de información, y no podía darme ningún dato, solamente un maldito número de teléfono. Estaba claro que la tía no tenía ganas de nada, quería irse a su casa a ver la tele en bata y zapatillas. Le dije que iría a que me atendiese otra persona. No pareció importarle lo más mínimo.
La segunda persona que me atendió, parecía algo más simpática. Estaba muy cascada; tenía la cara llena de arrugas, el pelo, sin brillo y repleto de canas prematuras, le caía lacio sobre los hombros, y llevaba puesta una chaqueta marrón mierda algo descolorida. Me sonrió y, con la mano, me invitó a que me sentara. Me preguntó a qué universidad pertenecía; me adivirtió, con la cara arrugada para fingir cierto miedo al decírmelo, que, quizá, el plazo para solicitar la beca ya había vencido. Estupendo.
Salí a la calle, y decidí llamar al número de teléfono que me dio la primera mujer. Me martirizaron con el sistema automático de: "si quiere bloquear su tarjeta, pulse uno. Si lo que prefiere es realizar otra consulta, pulse dos" Me equivoqué y tuve que repetir el proceso. Cuando por fin lo logré, me pusieron una música infernal. Después, el ya conocido, "En este momento todos nuestros operadores están ocupados, por favor, manténgase a la espera". Música de nuevo. Por fin me atendió una tal Susana. Tampoco parecía ser éste su campo, porque no podía decirme gran cosa al respecto. Música. Este tipo de mecanismos logran sacar lo peor del ser humano; rabia, impotencia, desesperación. ¿Por qué, si existen las personas, tenemos que realizar cualquier trámite por medio de máquinas? Volvió Susana. Me dio otro número de teléfono. Otra vez el juego de los numeritos. Me temblaban los dedos, no quería equivocarme ahora que ya iba por la tercera pregunta. Prueba superada: esta vez me antendió Pilar. "Si, ¿oiga? ¿está usted ahí?" No oía nada, Pilar debía de tener alguna afección en la garganta, porque su voz era apenas un leve susurro. Además los coches pasaban a mi lado haciendo ruido. El frutero, el niño que cruza sin mirar, la madre que grita. ¿"Puede hablar más alto?, apenas puedo orila...Si, ahora si, Gracias"
Pilar me dijo que ellos no se encargaban de este tema, que todo lo debía tramitar desde la universidad. Resumen: una mañana perdida.
La tarde la dediqué a contemplar la lluvia por la ventana, a fumar una cantidad exorbitante de cigarrillos, a estrujar mi cerebro en busca de alguna idea para el relato del jueves, y a leer a Houellebecq para copiar algo que me sirviera. Nada, ni siquiera sabía copiar. Mira que eres gilipollas, Diana, tienes el cerebro yermo, vacío, una pieza inútil en tu anatomía, no eres capaz de escribir nada. Tampoco eres capaz de estudiar, ni de trabajar. Parásito, so parásito. Mierda, rata.
Salí a la calle en busca de inspiración. Empezaba a hacerse de noche y llovía. Dí unas cuantas vueltas a la manzana. Estaba empapándome. ¿Por qué no has cogido un puto paragüas? Ni siquiera eres capaz de pensar en eso. Subí en un autobús. Enfrente de mi había una señora gorda. Esta mañana, seguramente, no le había dado tiempo a peinarse porque llevaba prisa. Tenía el pelo mal teñido, el flequillo le caía como una cascada sin fuerza sobre los ojos. Podría decir, con total seguridad, que volvía a casa a esas horas del trabajo. Llevaba una carrera en las medias y miraba, tristemente, por la ventana. Gran Vía se empezaba a llenar de putas medio desnudas. Miré a una que hablaba con un señor con gabardina. El tipo apoyaba un brazo en la pared buscando, inútilmente, una postura seductora. La puta mascaba chicle como si fuese un trozo de rueda. Bajé del autobús en Callao. Cuánto dolor. Dolor por la lluvia, por las calles en silencio, por las medias rotas. Estaba muy deprimida, así que llamé a una amiga que se acababa de instalar en un pisito cerca de allí. Respondió al teléfono fatigada, como si hubiera recibido mi llamada en mitad del polvo de su vida.
Fui hasta su casa por calles oscuras y vacías. Estaba más animada, ya casi no me acordaba del pelo de la mujer, ni de las putas. Llegué al piso de Ana. Me recibió con delantal y guantes de goma. Estaba limpiando la cocina, porque, según ella los anteriores inquilinos eran unos cerdos y habían dejado todo hecho una porquería. Me senté. Esperé a que me ofreciera una cerveza, o un whisky, pero volvió a meterse de lleno en la limpieza. Le dije que su casa me gustaba, que estaba quedando realmente bien. Hizo como si no me oyera. Fui hasta la cocina y le propuse ir a cenar. Pareció gustarle la idea, aunque me dijo que ella no tenía dinero allí. "No hay problema, yo invito" le dije.
Ana es actriz. En realidad es más apropiado decir que quiere ser actriz. Tiene 26 años y aún no se ha atrevido a ir a ningún casting. Tiene miedo al fracaso, supongo. Trabaja cuarenta horas semanales en Sturbucks, y sale tan cansada que la mitad de los días no va a la escuela de teatro. Se sentó a mi lado en el sofá y empezamos a charlar. Ella me hablaba de planes de futuro, yo, al no tener demasiados planes de futuro, escuchaba y fumaba, como siempre. No sé porqué he venido, podía haberme quedado en casa. Debería leer más para escribir mejor. No tienes ningún método, no puedes ser nada con esta vida anárquica y desorganizada que llevas. Me preguntó que tal la facultad, la escuela literaria, mis padres, Javier, mi amiga María y el chaval que me gustaba la última vez que hablamos. No tuve una respuesta favorable para ninguna de estas cuestiones (exceptuando a Javier).
Decidí leerle algo de lo que había escrito ultimamente. Me temblaba un poco la voz y, la verdad, el texto perdió bastante calidad. Aún así, la entusiasmó. Eso me animó un poco, así que seguí leyendo y leyendo hasta que ella empezó a mirar un cuaderno de notas, y entendí que se había cansado de escucharme.
Fuimos a cenar a un chino. Estuvimos recordando anécdotas, nombres, lugares comunes, entre rollitos de primavera y sangría, hasta que se hizo bastante tarde. Nos despedimos y prometí que pasaría más frecuentemente a visitarla. Mentira.
La vuelta a casa fue horrible. Se había ido la luz en muchas de las calles, y estaba segura de que algún degenerado me violaría, aprovechando la oscuridad, antes de llegar a mi casa. No se oía absolutamente nada. Cuando llegué al portal respiré alividada. Por ésta vez, te has librado, pero ya te violarán, ya...
En mi cuarto, el ordenador me esperaba con los brazos abiertos. Decenas de libros encima de la cama, libretas, papeles inclasificables. Me sequé un poco mientras decidía el tema del relato. Todos mis compañeros de piso estaban durmiendo, había un silencio sepulcral en la casa, así que, puse algo de música nostálgica para crear ambiente. "La luz de las farolas podía contemplarse desde la habitación de xxxx -ya pensaría más tarde el nombre-, como un borrón naranja en mitad de la oscuridad de la noche, a través del manto uniforme de lluvia que, poco a poco, aumentaba su fuerza y parecía querer apagarla" Vaya mierda, ni la novela de folletín. Vamos, piensa, piensa, rata inmunda. Me encendí otro cigarrillo. No tiene que ser tan difícil. En ese momento, se apagó el ordenador y me dio un susto de muerte: se había ido la luz. Me quedé sentada, con el cigarro en la mano, mirando al frente sin saber qué hacer. Al resto de habitantes de la ciudad se la sudaba que hubiera habido un apagón. Hijos de puta, durmiendo como osos. Putos humanos, puta civilización.
Me levanté despacio. Solo me quedaba la opción de meterme en la cama. Pensé entonces en sacar velas; me di un par de hostias buscándolas pero, al fin, las encontré y conseguí encenderlas. Me tendí en la cama. Escribiré mañana, cuando no llueva. Hoy no era el día, está claro. Mañana escribo, estudio y limpio la habitación. Abrí un libro y comencé a leer. Tenía miedo de quemar la casa, así que, casi no me movía. Me acordé de las medias rotas. Es imposible que la gente no se sienta desgraciada. Lo más lógico es pensar que el mundo es un asco. Los bancos, el trabajo, hacer la cena, el culto al cuerpo, la factura del teléfono, arreglar la lavadora... La vida son los primeros treinta años, lo demás es un sucedáneo de vida, sobrellevar la existencia como se pueda hasta que, por fin, te mueres. Me sentía muy sola y deprimida, y era tarde para llamar a nadie. Me vi leyendo con aquellas velas, y me entraron ganas de quemar la casa de verdad. Que le jodan a todo.
Dolor; un dolor inmenso por mi vida, por ser yo, por ser todos los demás, por tener que contemplar todo aquello. Por la señora de las medias, por el chaval con granos que no ha follado nunca a pesar de tener veintiocho años, por la anciana con olor a pescado, por la chica que va al gimnasio, por el hombre que vende postales...Una punzada siniestra en la boca del estómago. Unas ganas enfermizas de llorar y vomitar.
Qué cansancio la vida. Cómo cansa tener que aguantar todo ésto.
La lucidez, cuánto dolor.
La segunda persona que me atendió, parecía algo más simpática. Estaba muy cascada; tenía la cara llena de arrugas, el pelo, sin brillo y repleto de canas prematuras, le caía lacio sobre los hombros, y llevaba puesta una chaqueta marrón mierda algo descolorida. Me sonrió y, con la mano, me invitó a que me sentara. Me preguntó a qué universidad pertenecía; me adivirtió, con la cara arrugada para fingir cierto miedo al decírmelo, que, quizá, el plazo para solicitar la beca ya había vencido. Estupendo.
Salí a la calle, y decidí llamar al número de teléfono que me dio la primera mujer. Me martirizaron con el sistema automático de: "si quiere bloquear su tarjeta, pulse uno. Si lo que prefiere es realizar otra consulta, pulse dos" Me equivoqué y tuve que repetir el proceso. Cuando por fin lo logré, me pusieron una música infernal. Después, el ya conocido, "En este momento todos nuestros operadores están ocupados, por favor, manténgase a la espera". Música de nuevo. Por fin me atendió una tal Susana. Tampoco parecía ser éste su campo, porque no podía decirme gran cosa al respecto. Música. Este tipo de mecanismos logran sacar lo peor del ser humano; rabia, impotencia, desesperación. ¿Por qué, si existen las personas, tenemos que realizar cualquier trámite por medio de máquinas? Volvió Susana. Me dio otro número de teléfono. Otra vez el juego de los numeritos. Me temblaban los dedos, no quería equivocarme ahora que ya iba por la tercera pregunta. Prueba superada: esta vez me antendió Pilar. "Si, ¿oiga? ¿está usted ahí?" No oía nada, Pilar debía de tener alguna afección en la garganta, porque su voz era apenas un leve susurro. Además los coches pasaban a mi lado haciendo ruido. El frutero, el niño que cruza sin mirar, la madre que grita. ¿"Puede hablar más alto?, apenas puedo orila...Si, ahora si, Gracias"
Pilar me dijo que ellos no se encargaban de este tema, que todo lo debía tramitar desde la universidad. Resumen: una mañana perdida.
La tarde la dediqué a contemplar la lluvia por la ventana, a fumar una cantidad exorbitante de cigarrillos, a estrujar mi cerebro en busca de alguna idea para el relato del jueves, y a leer a Houellebecq para copiar algo que me sirviera. Nada, ni siquiera sabía copiar. Mira que eres gilipollas, Diana, tienes el cerebro yermo, vacío, una pieza inútil en tu anatomía, no eres capaz de escribir nada. Tampoco eres capaz de estudiar, ni de trabajar. Parásito, so parásito. Mierda, rata.
Salí a la calle en busca de inspiración. Empezaba a hacerse de noche y llovía. Dí unas cuantas vueltas a la manzana. Estaba empapándome. ¿Por qué no has cogido un puto paragüas? Ni siquiera eres capaz de pensar en eso. Subí en un autobús. Enfrente de mi había una señora gorda. Esta mañana, seguramente, no le había dado tiempo a peinarse porque llevaba prisa. Tenía el pelo mal teñido, el flequillo le caía como una cascada sin fuerza sobre los ojos. Podría decir, con total seguridad, que volvía a casa a esas horas del trabajo. Llevaba una carrera en las medias y miraba, tristemente, por la ventana. Gran Vía se empezaba a llenar de putas medio desnudas. Miré a una que hablaba con un señor con gabardina. El tipo apoyaba un brazo en la pared buscando, inútilmente, una postura seductora. La puta mascaba chicle como si fuese un trozo de rueda. Bajé del autobús en Callao. Cuánto dolor. Dolor por la lluvia, por las calles en silencio, por las medias rotas. Estaba muy deprimida, así que llamé a una amiga que se acababa de instalar en un pisito cerca de allí. Respondió al teléfono fatigada, como si hubiera recibido mi llamada en mitad del polvo de su vida.
Fui hasta su casa por calles oscuras y vacías. Estaba más animada, ya casi no me acordaba del pelo de la mujer, ni de las putas. Llegué al piso de Ana. Me recibió con delantal y guantes de goma. Estaba limpiando la cocina, porque, según ella los anteriores inquilinos eran unos cerdos y habían dejado todo hecho una porquería. Me senté. Esperé a que me ofreciera una cerveza, o un whisky, pero volvió a meterse de lleno en la limpieza. Le dije que su casa me gustaba, que estaba quedando realmente bien. Hizo como si no me oyera. Fui hasta la cocina y le propuse ir a cenar. Pareció gustarle la idea, aunque me dijo que ella no tenía dinero allí. "No hay problema, yo invito" le dije.
Ana es actriz. En realidad es más apropiado decir que quiere ser actriz. Tiene 26 años y aún no se ha atrevido a ir a ningún casting. Tiene miedo al fracaso, supongo. Trabaja cuarenta horas semanales en Sturbucks, y sale tan cansada que la mitad de los días no va a la escuela de teatro. Se sentó a mi lado en el sofá y empezamos a charlar. Ella me hablaba de planes de futuro, yo, al no tener demasiados planes de futuro, escuchaba y fumaba, como siempre. No sé porqué he venido, podía haberme quedado en casa. Debería leer más para escribir mejor. No tienes ningún método, no puedes ser nada con esta vida anárquica y desorganizada que llevas. Me preguntó que tal la facultad, la escuela literaria, mis padres, Javier, mi amiga María y el chaval que me gustaba la última vez que hablamos. No tuve una respuesta favorable para ninguna de estas cuestiones (exceptuando a Javier).
Decidí leerle algo de lo que había escrito ultimamente. Me temblaba un poco la voz y, la verdad, el texto perdió bastante calidad. Aún así, la entusiasmó. Eso me animó un poco, así que seguí leyendo y leyendo hasta que ella empezó a mirar un cuaderno de notas, y entendí que se había cansado de escucharme.
Fuimos a cenar a un chino. Estuvimos recordando anécdotas, nombres, lugares comunes, entre rollitos de primavera y sangría, hasta que se hizo bastante tarde. Nos despedimos y prometí que pasaría más frecuentemente a visitarla. Mentira.
La vuelta a casa fue horrible. Se había ido la luz en muchas de las calles, y estaba segura de que algún degenerado me violaría, aprovechando la oscuridad, antes de llegar a mi casa. No se oía absolutamente nada. Cuando llegué al portal respiré alividada. Por ésta vez, te has librado, pero ya te violarán, ya...
En mi cuarto, el ordenador me esperaba con los brazos abiertos. Decenas de libros encima de la cama, libretas, papeles inclasificables. Me sequé un poco mientras decidía el tema del relato. Todos mis compañeros de piso estaban durmiendo, había un silencio sepulcral en la casa, así que, puse algo de música nostálgica para crear ambiente. "La luz de las farolas podía contemplarse desde la habitación de xxxx -ya pensaría más tarde el nombre-, como un borrón naranja en mitad de la oscuridad de la noche, a través del manto uniforme de lluvia que, poco a poco, aumentaba su fuerza y parecía querer apagarla" Vaya mierda, ni la novela de folletín. Vamos, piensa, piensa, rata inmunda. Me encendí otro cigarrillo. No tiene que ser tan difícil. En ese momento, se apagó el ordenador y me dio un susto de muerte: se había ido la luz. Me quedé sentada, con el cigarro en la mano, mirando al frente sin saber qué hacer. Al resto de habitantes de la ciudad se la sudaba que hubiera habido un apagón. Hijos de puta, durmiendo como osos. Putos humanos, puta civilización.
Me levanté despacio. Solo me quedaba la opción de meterme en la cama. Pensé entonces en sacar velas; me di un par de hostias buscándolas pero, al fin, las encontré y conseguí encenderlas. Me tendí en la cama. Escribiré mañana, cuando no llueva. Hoy no era el día, está claro. Mañana escribo, estudio y limpio la habitación. Abrí un libro y comencé a leer. Tenía miedo de quemar la casa, así que, casi no me movía. Me acordé de las medias rotas. Es imposible que la gente no se sienta desgraciada. Lo más lógico es pensar que el mundo es un asco. Los bancos, el trabajo, hacer la cena, el culto al cuerpo, la factura del teléfono, arreglar la lavadora... La vida son los primeros treinta años, lo demás es un sucedáneo de vida, sobrellevar la existencia como se pueda hasta que, por fin, te mueres. Me sentía muy sola y deprimida, y era tarde para llamar a nadie. Me vi leyendo con aquellas velas, y me entraron ganas de quemar la casa de verdad. Que le jodan a todo.
Dolor; un dolor inmenso por mi vida, por ser yo, por ser todos los demás, por tener que contemplar todo aquello. Por la señora de las medias, por el chaval con granos que no ha follado nunca a pesar de tener veintiocho años, por la anciana con olor a pescado, por la chica que va al gimnasio, por el hombre que vende postales...Una punzada siniestra en la boca del estómago. Unas ganas enfermizas de llorar y vomitar.
Qué cansancio la vida. Cómo cansa tener que aguantar todo ésto.
La lucidez, cuánto dolor.
martes 8 de abril de 2008
Vidas paralelas
Nunca he conseguido terminar nada de lo que empiezo.
Con dieciocho años había decidido tomarme un descanso en mis estudios. No sabía qué quería ser en la vida, así que, pensé que lo mejor sería reflexionar seriamente durante algún tiempo; la cosa se me fue un poco de las manos: empecé a salir todos los días y a drogarme considerablemente. Conocí a mucha gente ese año. Mucho acabado.
De pronto el hijo del director de uno de los periódiicos locales, leyó algo que yo había escrito para la revista del colegio; quedó impresionado. A los pocos días me ofrecieron trabajar en la redacción del periódico para escribir pequeños artículos sobre deportes y anuncios publicitarios.
Aquello se me daba bastante bien; solo tenía que dar forma a las palabras para que la gente quisiese comprar un coche. En la sección de deportes, el jefe me decía los resultados y yo, me dedicaba simplemente a redactarlo. Me hubiese gustado otro tipo de trabajo, algo más cercano a la investigación. No pensé que trabajar en un periodico fuese aquello.
Cuando salía de la redacción me iba al parque a tomar el sol. Mis amigos estaban allí, fumando un porro tras otro hasta que se hacía de noche y subían a cenar a casa. Me hubiera gustado escribir sobre la vida de aquella gente; todos ellos estaban al margen: vivían en un mundo aparte, lejos de la civilización que odiaban y que les odiaba, y sin embargo, muriendo muchas veces por ser aceptados, (aunque por supuesto no lo reconocieran nunca.)
Familias desestructuradas, drogaadicción, sufrimiento: otra forma de ver las cosas, pero, ¿a quién podía interesarle esto? La gente prefería saber qué coche comprarse, quería leer la reseña de una obra de teatro, o la crítica de una película para llenar su ocio de mentiras.
Salía por las noches con gente que estaba bastante mal de la cabeza. Me caían bien; era gente que no medía las cosas, que vivía siempre rozando los extremos; lo pasaba bien escuchando sus teorías acerca del mundo. Por las mañanas llegaba tarde al trabajo. En mi sección trabajaba también el hijo del director que, cuando llegaba tarde, de resaca, con ojeras, a veces sin dormir y todavía algo drogada, me miraba con cierto miedo, como presintiendo mi final apocalíptico. Recuerdo que hacía bromas al respecto, pero esas bromas escondían una extraña preocupación por mi vida y por su situación. Evidentemente, el chico también buscaba tener cierta complicidadad porque se moría por follar conmigo. Muchas veces le sorprendía mirándome embelesado con sus ojos azules y bovinos, mientras yo escribía. Ah, pobre Alberto, seguirá en aquella redacción con olor a sobaco, escribiendo el resumen de la última carrera de atletismo. Vaya un gilipollas.
Una noche nos fuimos de fiesta a un tugurio infecto. Mis amigos llevaban tanta droga que podríamos haber estado metíendonos tres días sin que faltase absolutamente de nada. Por la mañana fuimos a un parque cerca de mi casa. Por aquel entonces, yo estaba enamorada de un tal Isra; pelo largo rubio, ojos azules, y aspecto de yonqui en sus inicios; estaba muy colgado con la música y hacía unos dibujos estupendos, eso era todo. Ese día terminamos montándonoslo detrás de unos matorrales mientras los demás seguían drogándose y tocando los timbales. Simultánemante, Alberto, con sus pantalones de pinzas y sus polos de marca, abría la puerta de la redacción para inaugurar un nuevo día de trabajo. Mientras yo luchaba por conseguir mi orgasmo, entre aquellas hierbas secas que se me clavaban en el culo como alfileres, Alberto se peleaba con la maquetación de la página que iría en portada.
No fui a trabajar ese día. Ni el siguiente, ni el siguiente. No volví a aparecer por allí.
Estaba claro que yo no valía para eso.
Mi madre intentó disuadirme de mi idea de dejar el periódico. Me decía que era un buen trabajo, que seguramente poco a poco haría cosas más interesantes. Cuando me decía eso yo repasaba mentalmente los trabajadores de aquella oficina: gordos estresados, treintañeros macilentos, mujeres cabreadas que no parar de fumar un cigarrillo tras otro y que mantenían entre ellas conversaciones de mierda: Vidas de mierda. No me
interesaba aquello.
Tengo la misma impresión ahora: me veo rodeada de gente insulsa que sería perfectamente feliz maquetando en un despacho, dando clases de inglés en una academia, trabajando en una autoescuela, en un parque infantil, en una empresa de electricidad, y siento que jamás terminaré nada de lo que empiezo, porque todo pertenece a ese mundo que no me interesa lo más mínimo.
Con dieciocho años había decidido tomarme un descanso en mis estudios. No sabía qué quería ser en la vida, así que, pensé que lo mejor sería reflexionar seriamente durante algún tiempo; la cosa se me fue un poco de las manos: empecé a salir todos los días y a drogarme considerablemente. Conocí a mucha gente ese año. Mucho acabado.
De pronto el hijo del director de uno de los periódiicos locales, leyó algo que yo había escrito para la revista del colegio; quedó impresionado. A los pocos días me ofrecieron trabajar en la redacción del periódico para escribir pequeños artículos sobre deportes y anuncios publicitarios.
Aquello se me daba bastante bien; solo tenía que dar forma a las palabras para que la gente quisiese comprar un coche. En la sección de deportes, el jefe me decía los resultados y yo, me dedicaba simplemente a redactarlo. Me hubiese gustado otro tipo de trabajo, algo más cercano a la investigación. No pensé que trabajar en un periodico fuese aquello.
Cuando salía de la redacción me iba al parque a tomar el sol. Mis amigos estaban allí, fumando un porro tras otro hasta que se hacía de noche y subían a cenar a casa. Me hubiera gustado escribir sobre la vida de aquella gente; todos ellos estaban al margen: vivían en un mundo aparte, lejos de la civilización que odiaban y que les odiaba, y sin embargo, muriendo muchas veces por ser aceptados, (aunque por supuesto no lo reconocieran nunca.)
Familias desestructuradas, drogaadicción, sufrimiento: otra forma de ver las cosas, pero, ¿a quién podía interesarle esto? La gente prefería saber qué coche comprarse, quería leer la reseña de una obra de teatro, o la crítica de una película para llenar su ocio de mentiras.
Salía por las noches con gente que estaba bastante mal de la cabeza. Me caían bien; era gente que no medía las cosas, que vivía siempre rozando los extremos; lo pasaba bien escuchando sus teorías acerca del mundo. Por las mañanas llegaba tarde al trabajo. En mi sección trabajaba también el hijo del director que, cuando llegaba tarde, de resaca, con ojeras, a veces sin dormir y todavía algo drogada, me miraba con cierto miedo, como presintiendo mi final apocalíptico. Recuerdo que hacía bromas al respecto, pero esas bromas escondían una extraña preocupación por mi vida y por su situación. Evidentemente, el chico también buscaba tener cierta complicidadad porque se moría por follar conmigo. Muchas veces le sorprendía mirándome embelesado con sus ojos azules y bovinos, mientras yo escribía. Ah, pobre Alberto, seguirá en aquella redacción con olor a sobaco, escribiendo el resumen de la última carrera de atletismo. Vaya un gilipollas.
Una noche nos fuimos de fiesta a un tugurio infecto. Mis amigos llevaban tanta droga que podríamos haber estado metíendonos tres días sin que faltase absolutamente de nada. Por la mañana fuimos a un parque cerca de mi casa. Por aquel entonces, yo estaba enamorada de un tal Isra; pelo largo rubio, ojos azules, y aspecto de yonqui en sus inicios; estaba muy colgado con la música y hacía unos dibujos estupendos, eso era todo. Ese día terminamos montándonoslo detrás de unos matorrales mientras los demás seguían drogándose y tocando los timbales. Simultánemante, Alberto, con sus pantalones de pinzas y sus polos de marca, abría la puerta de la redacción para inaugurar un nuevo día de trabajo. Mientras yo luchaba por conseguir mi orgasmo, entre aquellas hierbas secas que se me clavaban en el culo como alfileres, Alberto se peleaba con la maquetación de la página que iría en portada.
No fui a trabajar ese día. Ni el siguiente, ni el siguiente. No volví a aparecer por allí.
Estaba claro que yo no valía para eso.
Mi madre intentó disuadirme de mi idea de dejar el periódico. Me decía que era un buen trabajo, que seguramente poco a poco haría cosas más interesantes. Cuando me decía eso yo repasaba mentalmente los trabajadores de aquella oficina: gordos estresados, treintañeros macilentos, mujeres cabreadas que no parar de fumar un cigarrillo tras otro y que mantenían entre ellas conversaciones de mierda: Vidas de mierda. No me
interesaba aquello.
Tengo la misma impresión ahora: me veo rodeada de gente insulsa que sería perfectamente feliz maquetando en un despacho, dando clases de inglés en una academia, trabajando en una autoescuela, en un parque infantil, en una empresa de electricidad, y siento que jamás terminaré nada de lo que empiezo, porque todo pertenece a ese mundo que no me interesa lo más mínimo.
domingo 6 de abril de 2008
Sábado noche
Ayer decidí salir un poco.
Me llamó Óscar, un tipo que conocí en el primer año de carrera, y me invitó a un bar de Tribunal al que iría con unos amigos. Pensé que me vendría bien salir y hablar con alguien, así que, me duché, me vestí, me maquillé, y después de una hora y media de restauración, llegué al bar. Hacía un calor espantoso. Mi amigo estaba situado al fondo, rodeado de un montón de personas que, a primera vista, me parecieron algo raras. Efectivamente, después descubrí que estaban todos chiflados. Me senté junto a Óscar.
Dado que no había demasiado espacio, estábamos todos muy juntos alrededor de una pequeña mesa, los cuerpos solapados, sudorosos. Me presentó como una amiga de la facultad. Me dijeron hola con cara de pocos amigos. La mayoría eran tías, así que, pensé, es normal que me saluden con esa cara de arpías, en primer lugar, porque habitualmente provoco ese tipo de reacción en las mujeres, en segundo, porque aquí, claro está, jugamos con el agravante de que Óscar es un chico muy guapo y todas estas zorras piensan que me lo estoy tirando, -cosa que, por otra parte, lleva mucho tiempo sin suceder-.
Un tipo con los ojos medio cerrados y un hedor insoportable a destilería irlandesa manando de su boca, me preguntó si también estudiaba Historia. Como intuí que toda aquella gente era fácilmente impresionable, procuré hablar con gran aplomo, mostrándome muy segura de lo que decía. Quería causarles buena impresión. Comencé por explicarles lo absurda que me resultaba mi carrera. Me miraron todos extrañados. Seguí poniendo a parir a los profesores, cagándome en el academicismo, en los aspirantes a ocupar un puesto en la universidad. No recibían demasiado bien mis ideas así que me callé y me disculpé, diciendo que no quería tener yo todo el peso de la conversación. Parecieron aliviados.
Decidí ir a por una cerveza, y cuando volví sentarme observé detenidamente a la gente que me rodeaba. Joder, Diana, ¿cómo coño has llegado aquí?, ¿qué haces rodeada de estos maniacos? Tenían unos rostros muy extraños, y toda la pinta de pertenecer a una secta. Ignoro si mi amigo se percataba del grado de excentricidad de aquella gente, pero, en aquel momento, me hubiera sido de gran ayuda pensar que otra persona normal compartía mi visión del asunto. El tipo del aliento de mierda se sentó a mi lado y comenzó a hablarme muy cerca; tan cerca que, en ocasiones, pensé que me besaría. Estaba muy colgado y yo sabía que era absolutamente capaz de cualquier cosa. Comencé a sudar y a fumar compulsivamente; me ventilé medio paquete de tabaco en cuestión de media hora. No paraban de hablar de temas que me interesaban una mierda: Putin, armamento nuclear, decadencia de valores en occidente...El hombre pestilente tenía un gran conocimiento acerca de cualquier asunto relacionado con la política y estaba empeñado en ponernos al día.
Óscar seguía interesado sus divagaciones, y de vez en cuando me miraba para ver si yo también estaba percatándome de lo fascinante que era su amigo. Olía rarísimo allí y yo cada vez tenía más calor.
No pintaba nada en ese grupo de gente, me parecía una gilipollez estar hablando de esas cosas un sábado noche en un bar nauseabundo, sin embargo, todos parecían tener un discurso preparado y algo muy interesante que decir. Tampoco podía enterarme muy bien de todo porque la música estaba muy alta, así que seguí bebiendo y fumando en silencio. ¿No será que deberías estar más al día de las cosas que pasan en el mundo? Diana, no te mientas, esta gente no es rara, la rara eres tú, no tienes nada que decir. Absolutamente nada.
Salimos fuera porque querían fumarse un porro. Me ofrecieron. Dije que no, que no me gustaba nada fumar. El amigo de Óscar me miró con una expresión recriminatoria. Posiblemente no era su intención pero yo lo leí en sus ojos. Comentó algo acerca de los mil cigarrillos que me había fumado. Me cagué, mentalmente, en su puta madre. Después retomó la disertación, acerca de la tribu indígena de los quechuas, donde la había dejado. Mi cerebro estaba saturado de información.
En un momento dado me pasó el brazo por encima y me llamó "Dianita": Me dijo: "Dianita, tú cuántos años tienes? Me preguntó también qué signo era. Joder, lo que faltaba, va a leerme el futuro, pensé. Le dije que yo no creía en esas mierdas de los horóscopos. El tío sonrió con condescendecia. Me estaba temiendo lo peor, y desde luego, lo peor estaba por llegar, porque ahora, la atención de este tipo se centraba únicamente en mí. Quise huir corriendo de allí, volver a mi casa, junto a mi ordenador y mis libros, pero ya era tarde para eso.
"A las personas como tú, solamente les queda la fe" Me quedé mirándole fijamente, intentando descifrar el significado de aquella sentencia demoledora. ¿A qué coño venía que me dijese eso? Ha debido de verme mal, pensaba yo, ha debido de saber lo que pienso de todos ellos, lo mierda que es mi vida, lo vacía que estoy por dentro.
Entramos de nuevo al bar. Dentro la música estaba todavía más alta. El tipo volvió a dirigirse a mi. Después de hablar un rato, me dijo que yo debería meditar más, pensar. Piensa que soy la típica tia guapa y gilipollas, por eso me dice esto. Piensa que soy superficial. Yo tenía muchas ganas de llorar, de darle un par de hostias a aquel visionario arrogante. Me sentía muy pequeña, muy poca cosa. Quería irme de allí. Si tú supieras lo que hay dentro de esta cabeza hijo de puta.
Sonreía a sus comentarios para no parecer maleducada. Terminó aconsejándome que no tuviese miedo, que todos sabíamos cuál era nuestro papel en el mundo, "lo que teníamos que hacer". Me dijo que debía tener fe, que era la única manera de vencer mi miedo. "La gente que no hace lo que sabe que tiene que hacer es cobarde, son muertos en vida" Yo estaba bastante mareada y tenía muchas ganas de morirme, de desaparecer. Ójala me muera ahora mismo, y todos sepan lo mal que se han portado conmigo. Ójala me caiga aquí, delante de este cabrón que no sabe nada de mi vida, y me vea agonizar y morir, y se arrepienta de todas las palabras que ha dicho a la ligera. Ójala la gente pudiese darse cuenta de las cosas.
Me despedí de Óscar y decidí deambular por las calles. Pensé que lo mejor sería matarme, que, al fin y al cabo, ya había cumplido mi función en la tierra; había sufrido mucho, había pasado un jodido calvario y ese era mi papel en el mundo. Ya he vivido bastante, ya lo he hecho todo, no tiene ningún sentido seguir viva. La gente gritaba, se reía, y yo vagaba absorta en pensamientos de muerte y de destrucción. Hacía una noche estupenda. Ójala tuviese a alguien que entendiera las cosas, para pasear por las calles en silencio. Ójala no fuesen así las cosas. Tenía la cara llena de lágrimas y mocos. Sólo podía pensar en lo sola que estaba en el mundo, y cuanto más lo pensaba, más ganas de llorar tenía, y cuanto más lloraba, más pensaba en lo jodido que era todo en este mundo.
Algún día sabréis cuánto mal habéis hecho, algún día seré realmente importante, seré escritora y admiraréis mis libros y seréis vosotros los que pensaréis, Ójala las cosas no hubieran sido así, ójala nos hubíeramos dado cuenta de cúanto sufría. Pero para entonces, yo ya estaré muerta. Decidí no matarme y esperar, por lo menos, a publicar unos cuantos cuentos en los que se reconciese mi talento.
Cuando llegué a casa y me miré al espejo, descubrí que tenía toda la cara manchada de rimmel y los ojos hinchados. Me metí en la cama y leí unas cuantas horas hasta que no pude aguantar más y me dormí.
Solamente quería salir un rato y distraerme. Quería tomar unas cervezas y no pensar más. Quería hcer lo que hace la gente normal los sábados por la noche.
Me llamó Óscar, un tipo que conocí en el primer año de carrera, y me invitó a un bar de Tribunal al que iría con unos amigos. Pensé que me vendría bien salir y hablar con alguien, así que, me duché, me vestí, me maquillé, y después de una hora y media de restauración, llegué al bar. Hacía un calor espantoso. Mi amigo estaba situado al fondo, rodeado de un montón de personas que, a primera vista, me parecieron algo raras. Efectivamente, después descubrí que estaban todos chiflados. Me senté junto a Óscar.
Dado que no había demasiado espacio, estábamos todos muy juntos alrededor de una pequeña mesa, los cuerpos solapados, sudorosos. Me presentó como una amiga de la facultad. Me dijeron hola con cara de pocos amigos. La mayoría eran tías, así que, pensé, es normal que me saluden con esa cara de arpías, en primer lugar, porque habitualmente provoco ese tipo de reacción en las mujeres, en segundo, porque aquí, claro está, jugamos con el agravante de que Óscar es un chico muy guapo y todas estas zorras piensan que me lo estoy tirando, -cosa que, por otra parte, lleva mucho tiempo sin suceder-.
Un tipo con los ojos medio cerrados y un hedor insoportable a destilería irlandesa manando de su boca, me preguntó si también estudiaba Historia. Como intuí que toda aquella gente era fácilmente impresionable, procuré hablar con gran aplomo, mostrándome muy segura de lo que decía. Quería causarles buena impresión. Comencé por explicarles lo absurda que me resultaba mi carrera. Me miraron todos extrañados. Seguí poniendo a parir a los profesores, cagándome en el academicismo, en los aspirantes a ocupar un puesto en la universidad. No recibían demasiado bien mis ideas así que me callé y me disculpé, diciendo que no quería tener yo todo el peso de la conversación. Parecieron aliviados.
Decidí ir a por una cerveza, y cuando volví sentarme observé detenidamente a la gente que me rodeaba. Joder, Diana, ¿cómo coño has llegado aquí?, ¿qué haces rodeada de estos maniacos? Tenían unos rostros muy extraños, y toda la pinta de pertenecer a una secta. Ignoro si mi amigo se percataba del grado de excentricidad de aquella gente, pero, en aquel momento, me hubiera sido de gran ayuda pensar que otra persona normal compartía mi visión del asunto. El tipo del aliento de mierda se sentó a mi lado y comenzó a hablarme muy cerca; tan cerca que, en ocasiones, pensé que me besaría. Estaba muy colgado y yo sabía que era absolutamente capaz de cualquier cosa. Comencé a sudar y a fumar compulsivamente; me ventilé medio paquete de tabaco en cuestión de media hora. No paraban de hablar de temas que me interesaban una mierda: Putin, armamento nuclear, decadencia de valores en occidente...El hombre pestilente tenía un gran conocimiento acerca de cualquier asunto relacionado con la política y estaba empeñado en ponernos al día.
Óscar seguía interesado sus divagaciones, y de vez en cuando me miraba para ver si yo también estaba percatándome de lo fascinante que era su amigo. Olía rarísimo allí y yo cada vez tenía más calor.
No pintaba nada en ese grupo de gente, me parecía una gilipollez estar hablando de esas cosas un sábado noche en un bar nauseabundo, sin embargo, todos parecían tener un discurso preparado y algo muy interesante que decir. Tampoco podía enterarme muy bien de todo porque la música estaba muy alta, así que seguí bebiendo y fumando en silencio. ¿No será que deberías estar más al día de las cosas que pasan en el mundo? Diana, no te mientas, esta gente no es rara, la rara eres tú, no tienes nada que decir. Absolutamente nada.
Salimos fuera porque querían fumarse un porro. Me ofrecieron. Dije que no, que no me gustaba nada fumar. El amigo de Óscar me miró con una expresión recriminatoria. Posiblemente no era su intención pero yo lo leí en sus ojos. Comentó algo acerca de los mil cigarrillos que me había fumado. Me cagué, mentalmente, en su puta madre. Después retomó la disertación, acerca de la tribu indígena de los quechuas, donde la había dejado. Mi cerebro estaba saturado de información.
En un momento dado me pasó el brazo por encima y me llamó "Dianita": Me dijo: "Dianita, tú cuántos años tienes? Me preguntó también qué signo era. Joder, lo que faltaba, va a leerme el futuro, pensé. Le dije que yo no creía en esas mierdas de los horóscopos. El tío sonrió con condescendecia. Me estaba temiendo lo peor, y desde luego, lo peor estaba por llegar, porque ahora, la atención de este tipo se centraba únicamente en mí. Quise huir corriendo de allí, volver a mi casa, junto a mi ordenador y mis libros, pero ya era tarde para eso.
"A las personas como tú, solamente les queda la fe" Me quedé mirándole fijamente, intentando descifrar el significado de aquella sentencia demoledora. ¿A qué coño venía que me dijese eso? Ha debido de verme mal, pensaba yo, ha debido de saber lo que pienso de todos ellos, lo mierda que es mi vida, lo vacía que estoy por dentro.
Entramos de nuevo al bar. Dentro la música estaba todavía más alta. El tipo volvió a dirigirse a mi. Después de hablar un rato, me dijo que yo debería meditar más, pensar. Piensa que soy la típica tia guapa y gilipollas, por eso me dice esto. Piensa que soy superficial. Yo tenía muchas ganas de llorar, de darle un par de hostias a aquel visionario arrogante. Me sentía muy pequeña, muy poca cosa. Quería irme de allí. Si tú supieras lo que hay dentro de esta cabeza hijo de puta.
Sonreía a sus comentarios para no parecer maleducada. Terminó aconsejándome que no tuviese miedo, que todos sabíamos cuál era nuestro papel en el mundo, "lo que teníamos que hacer". Me dijo que debía tener fe, que era la única manera de vencer mi miedo. "La gente que no hace lo que sabe que tiene que hacer es cobarde, son muertos en vida" Yo estaba bastante mareada y tenía muchas ganas de morirme, de desaparecer. Ójala me muera ahora mismo, y todos sepan lo mal que se han portado conmigo. Ójala me caiga aquí, delante de este cabrón que no sabe nada de mi vida, y me vea agonizar y morir, y se arrepienta de todas las palabras que ha dicho a la ligera. Ójala la gente pudiese darse cuenta de las cosas.
Me despedí de Óscar y decidí deambular por las calles. Pensé que lo mejor sería matarme, que, al fin y al cabo, ya había cumplido mi función en la tierra; había sufrido mucho, había pasado un jodido calvario y ese era mi papel en el mundo. Ya he vivido bastante, ya lo he hecho todo, no tiene ningún sentido seguir viva. La gente gritaba, se reía, y yo vagaba absorta en pensamientos de muerte y de destrucción. Hacía una noche estupenda. Ójala tuviese a alguien que entendiera las cosas, para pasear por las calles en silencio. Ójala no fuesen así las cosas. Tenía la cara llena de lágrimas y mocos. Sólo podía pensar en lo sola que estaba en el mundo, y cuanto más lo pensaba, más ganas de llorar tenía, y cuanto más lloraba, más pensaba en lo jodido que era todo en este mundo.
Algún día sabréis cuánto mal habéis hecho, algún día seré realmente importante, seré escritora y admiraréis mis libros y seréis vosotros los que pensaréis, Ójala las cosas no hubieran sido así, ójala nos hubíeramos dado cuenta de cúanto sufría. Pero para entonces, yo ya estaré muerta. Decidí no matarme y esperar, por lo menos, a publicar unos cuantos cuentos en los que se reconciese mi talento.
Cuando llegué a casa y me miré al espejo, descubrí que tenía toda la cara manchada de rimmel y los ojos hinchados. Me metí en la cama y leí unas cuantas horas hasta que no pude aguantar más y me dormí.
Solamente quería salir un rato y distraerme. Quería tomar unas cervezas y no pensar más. Quería hcer lo que hace la gente normal los sábados por la noche.
sábado 5 de abril de 2008
Psicoanálisis
-No quiero seguir en la universidad.
- ¿No vas a clase?
- No, sólo me acerco por allí los jueves y los viernes por la tarde porque me quiero tirar al profesor.
Mi psicoanalista se ríe. Le explico que últimamente quiero follármelos a todos; al principio me preocupaba que los chicos con los que salía fuesen guapos y tuviesen bonitos cuerpos. Ahora, he logrado trascender lo material, ya no me importa que tengan tripa o que se estén quedando calvos; siempre tienen algo bueno que ofrecer.
Me mira algo escéptico. No entiende que, implícitamente, le estoy ofreciendo la posibilidad de acostarse conmigo. Quizá el problema es que sí lo ha entendido; ¿Por qué que me enamoro de cada hombre que conozco?
Mi profesor es un hombre fuerte, algo rudo; hombros anchos, brazos fuertes: complexión atlética. Me desconcierta un poco el hecho de que, a pesar de estar quedándose calvo, lleva el pelo bastante largo. Cuando se da la vuelta para escribir algo en la pizarra, su coleta parece un gato muerto colgándole de la cabeza; pero bueno, tampoco ansío la perfección. Es escocés, y, al ser blanco de piel, cuando habla durante mucho rato termina poniéndose muy rojo. La gente pregunta gilipolleces increíbles en clase. Mientras esto sucede, como es normal, yo siento unas ganas irrefrenables de levantarme y darles una hostia, por subnormales, porque no se puede interrumpir una clase para alzar tu voz en el silencio y soltar tamañas estupideces.
Si yo fuese profesora, -y espero que esto jamás ocurra-, me negaría a contestar a esos alumnos hijos de puta que se toman en serio lo de la participación en clase: mira, imbécil, lo que dices no le importa a nadie una mierda, nada de lo que pueda llegar a pensar tu cerebro anoréxico va a aportar algo al conocimiento universal, así que cállate y limítate a aprender, si es que puedes. Cuando, sin embargo, uno de estos engendros, le pregunta a mi profesor cualquier duda estúpida, él les responde amablemente, con mucha educación. Él sabe que el noventa y cinco por ciento de sus alumnos son gilipollas; eso debe de ser difícil de asumir; no obstante, él siempre da la clase con el mismo entusiasmo.
Para hacerle las clases más llevaderas, porque sé cuánto puede llegar a estar sufriendo ese alma sensible, no me pierdo ninguna de sus clases. Considero que, conmigo delante, el panorama es menos desalentador. Me pongo en segunda fila, -no sé a qué razonamiento obedece, pero la primera siempre se queda vacía-, y me dedico a fantasear con él; a veces escucho lo que dice, las clases son en sí bastante interesantes, pero normalmente estoy demasiado ocupada imaginándolo desnudo. He llegado a varias conclusiones: la primera es que debe tener un pene enorme; ¡cuántas veces ha rondado mi cabeza la imagen de ese miembro erecto! Ah, si él supiera. La segunda es que desundo, seguramente, pierda; tiene la piel demasiado blanca, pero ésto es algo que estoy dispuesta a pasar por alto. ¡Cuánta fuerza escondida tras esas camisas raídas! ¡Cómo debe entregarse en cada embestida!
Cuando paso por su lado se pone nervioso. Lo he notado. El otro día, no sé con qué fin, estaba yo hablando con un grupo de retrasados en la puerta del aula, antes de entrar en clase. El profesor pasó por detrás, y cuando estaba cerca de mi, comenzó a silbar. Ah, dejó su olor por todo el pasillo y la entrepierna empezó a darme latigazos. Cuando empezó la clase, después de tomar posiciones, estuve transmitiéndole mensajes mentalemnte: "no sé porqué te empeñas en hacerte el duro, no sé porqué prolongar esto más, si ahora mismo vinieses hasta aquí y me arrancaras la ropa como un salvaje delante de estos gilipollas castrados, yo no opondría ningún tipo de resistencia. Esto es amor verdadero, créeme, no es que solamente quiera follarte, también quiero atender a lo que dices, escuchar las historias de cuando estuviste viajando por el mundo, pero antes tengo que aliviar estas tensiones." No sé si le llegó algo.
Los hombres nunca se enteran de nada, y cuando lo hacen, no tienen cojones. En el fondo, siempre tenemos que encargarnos nosotras de todo. No es el último residuo del feminismo simplista y absurdo que escucho habitualmente en los autobuses, es la pura verdad.
Mi psicoanalista se pone algo nervioso. Cuando tratamos temas sexuales, estoy segura, me imagina postrada sobre una cama a cuatro patas. Eres gilipollas tú también, pienso. Tienes una vida de mierda, todo el día en este despacho oscuro, y ahora, que por primera vez, tienes una mujer de verdad ante tí, desaprovechas la oportunidad. ¿Qué ética ni que hositas? ¿Dime tú para que sirve toda esa mierda? Pero bueno, a él parecen interesarle más los libros que escribieron personas que, hoy en día, están muertas.
Cuánta incomprensión.
- ¿No vas a clase?
- No, sólo me acerco por allí los jueves y los viernes por la tarde porque me quiero tirar al profesor.
Mi psicoanalista se ríe. Le explico que últimamente quiero follármelos a todos; al principio me preocupaba que los chicos con los que salía fuesen guapos y tuviesen bonitos cuerpos. Ahora, he logrado trascender lo material, ya no me importa que tengan tripa o que se estén quedando calvos; siempre tienen algo bueno que ofrecer.
Me mira algo escéptico. No entiende que, implícitamente, le estoy ofreciendo la posibilidad de acostarse conmigo. Quizá el problema es que sí lo ha entendido; ¿Por qué que me enamoro de cada hombre que conozco?
Mi profesor es un hombre fuerte, algo rudo; hombros anchos, brazos fuertes: complexión atlética. Me desconcierta un poco el hecho de que, a pesar de estar quedándose calvo, lleva el pelo bastante largo. Cuando se da la vuelta para escribir algo en la pizarra, su coleta parece un gato muerto colgándole de la cabeza; pero bueno, tampoco ansío la perfección. Es escocés, y, al ser blanco de piel, cuando habla durante mucho rato termina poniéndose muy rojo. La gente pregunta gilipolleces increíbles en clase. Mientras esto sucede, como es normal, yo siento unas ganas irrefrenables de levantarme y darles una hostia, por subnormales, porque no se puede interrumpir una clase para alzar tu voz en el silencio y soltar tamañas estupideces.
Si yo fuese profesora, -y espero que esto jamás ocurra-, me negaría a contestar a esos alumnos hijos de puta que se toman en serio lo de la participación en clase: mira, imbécil, lo que dices no le importa a nadie una mierda, nada de lo que pueda llegar a pensar tu cerebro anoréxico va a aportar algo al conocimiento universal, así que cállate y limítate a aprender, si es que puedes. Cuando, sin embargo, uno de estos engendros, le pregunta a mi profesor cualquier duda estúpida, él les responde amablemente, con mucha educación. Él sabe que el noventa y cinco por ciento de sus alumnos son gilipollas; eso debe de ser difícil de asumir; no obstante, él siempre da la clase con el mismo entusiasmo.
Para hacerle las clases más llevaderas, porque sé cuánto puede llegar a estar sufriendo ese alma sensible, no me pierdo ninguna de sus clases. Considero que, conmigo delante, el panorama es menos desalentador. Me pongo en segunda fila, -no sé a qué razonamiento obedece, pero la primera siempre se queda vacía-, y me dedico a fantasear con él; a veces escucho lo que dice, las clases son en sí bastante interesantes, pero normalmente estoy demasiado ocupada imaginándolo desnudo. He llegado a varias conclusiones: la primera es que debe tener un pene enorme; ¡cuántas veces ha rondado mi cabeza la imagen de ese miembro erecto! Ah, si él supiera. La segunda es que desundo, seguramente, pierda; tiene la piel demasiado blanca, pero ésto es algo que estoy dispuesta a pasar por alto. ¡Cuánta fuerza escondida tras esas camisas raídas! ¡Cómo debe entregarse en cada embestida!
Cuando paso por su lado se pone nervioso. Lo he notado. El otro día, no sé con qué fin, estaba yo hablando con un grupo de retrasados en la puerta del aula, antes de entrar en clase. El profesor pasó por detrás, y cuando estaba cerca de mi, comenzó a silbar. Ah, dejó su olor por todo el pasillo y la entrepierna empezó a darme latigazos. Cuando empezó la clase, después de tomar posiciones, estuve transmitiéndole mensajes mentalemnte: "no sé porqué te empeñas en hacerte el duro, no sé porqué prolongar esto más, si ahora mismo vinieses hasta aquí y me arrancaras la ropa como un salvaje delante de estos gilipollas castrados, yo no opondría ningún tipo de resistencia. Esto es amor verdadero, créeme, no es que solamente quiera follarte, también quiero atender a lo que dices, escuchar las historias de cuando estuviste viajando por el mundo, pero antes tengo que aliviar estas tensiones." No sé si le llegó algo.
Los hombres nunca se enteran de nada, y cuando lo hacen, no tienen cojones. En el fondo, siempre tenemos que encargarnos nosotras de todo. No es el último residuo del feminismo simplista y absurdo que escucho habitualmente en los autobuses, es la pura verdad.
Mi psicoanalista se pone algo nervioso. Cuando tratamos temas sexuales, estoy segura, me imagina postrada sobre una cama a cuatro patas. Eres gilipollas tú también, pienso. Tienes una vida de mierda, todo el día en este despacho oscuro, y ahora, que por primera vez, tienes una mujer de verdad ante tí, desaprovechas la oportunidad. ¿Qué ética ni que hositas? ¿Dime tú para que sirve toda esa mierda? Pero bueno, a él parecen interesarle más los libros que escribieron personas que, hoy en día, están muertas.
Cuánta incomprensión.
jueves 3 de abril de 2008
Llega el verano
Últimamente me levanto tarde. Prefiero quedarme leyendo por la noche, aunque eso signifique sacrificar la mañana del día siguiente; tampoco hay mucho que hacer ahí fuera.
Al no tener demasiados compromisos sociales a los que acudir, (por no decir ninguno), me resulta fácil permanecer aislada todo el tiempo que quiera; casi nunca viene nadie a perturbar mi silencio. Ayer, sin embargo, recibí una llamada inesperada: María sentía una imperiosa necesidad de verme y pasar algo de tiempo conmigo. Le dije que, si quería, podía pasar por mi casa.
Efectivamente, ni el hecho de tener que desplazarse logró desanimarla en su deseo. Le abrí la puerta en pijama. Cuando me vio esbozó una sonrisa triste, compasiva: "Siéntate. ¿Quieres café?". Estuvimos charlando un rato; ella me contó cómo iban las cosas por la universidad, y los planes que tenía para verano. Yo la escuchaba en silencio, me limitaba a asentir y a sonreír de vez en cuando; hablaba sin parar: "El chico del que te hablé el otro día, el que tiene esa barbita de tres días tan guapo, va a mi clase de Siglo XVI. He pensado que podría hablar con él, porque claro....bla, bla, bla".
Mis pensamientos, simultáneos a la conversación, eran del tipo: "si te quieres follar a ese pseudointelecutal con pinta de no haberse lavado en meses, sólo tienes que ponérselo fácil; la absurda consecución de momentos previos al sexo, tiene que darse obligatoriamente en el mundo determinado, para demostramos que nuestra vida es mucho más emocionante, más complicada y, por tanto, menos triste, de lo que realmente es. Lo mejor es, sin duda, no prolongar demasiado la farsa; hablar de gilipolleces ridículas solamente el tiempo imprescindible.
Como María es una persona que todavía cree que puede llegar a tener un vida social aceptable, y que puede encontrar cierta felicidad actuando como actúa la gente que parece feliz, evité decirle lo que verdaderamente pensaba; cuando me pidió consejo rompí mi silencio para emitir un comentario cargado de sabiduría: "Pues sí, habla con él, parece un chico interesante." Qué falsa eres, Diana.-pensé- No hay quien se trague este rollo de mierda que llevas". Recibió mi comentario como una arenga militar; después de aquello parecía estar mucho más decidida a hacerlo. Al ver que la gilipollez que acababa de decir había tenido tal acogida, decidí seguir soltando frases de ese tipo hasta que se me agotó el repertorio.
Después, María intentó convencerme para que me duchase y fuésemos a dar un paseo. ¿Un paseo? ¡Qué horror! Pero si tengo muchísimas cosas que hacer aquí, tengo que crear, ¡tengo que hacer historia!. Luego pensé que quizá me vendría bien vivir alguna historia que después pudiera ser contada, así que salí.
"¿Qué te parece si vamos al Retiro?" Joder, pensé, otra vez. Pero accedí. Una vez allí María tuvo la maravillosa idea de alquilar una barca: "María, eso no es seguro, el estanque está lleno de podredumbre, puedes caerte y coger cualquier tipo de infección, esas barcas no me inspiran ningún tipo de confianza..." No hubo manera de quitarle la idea de la cabeza, así que, tras los trámites necesarios, me vi flotando en mitad del agua, sudando, con un sol abrasador quemándome la nuca.
Ante la perspectiva de pasar una hora completa en aquel lugar dando vueltas como jodidos patos, me entró cierto agobio, así que decidí sacar un libro; así, por lo menos, estaría entretenida. "¿Es que te vas a poner a leer ahora?". La miré confusa. "Si no te importa...". Me lanzó una mirada de desconcierto que, después, pasó a ser tristeza. Me dio mucha pena, así que cerré el libro."No, leemé en voz alta, si quieres, así me entero yo también". Ella remaba y remaba hacia una pequeña catarata; yo presentía que, en cualquier momento, chocaríamos contra algún obstáculo. Comencé a leer: "he condenado con tanta frecuencia toda forma de acto, que manifestarme, de la manera que sea, me parece una impostura, por no decir...", "¡Madre mia, Diana, mira que tio tan bueno en aquella barca!" La miré con el libro abierto entre las manos. Definitivamente, iba a tener que aguantar aquello sin ayuda de ningún tipo.
Intenté animarme cogiendo los remos; aquello se me daba bastante bien: ahora deslumbraría a todos con mi estilo, iríamos deslizándonos por el agua como si fuera una pista de hielo. A los dos minutos estaba cansada y le dije que remase ella. Miré a la gente que tomaba el sol en las escaleras que daban al estanque. Parecían verdaderamente felices: comían, tocaban la guitarra. La mayoría de los chicos se habían quitado las camisetas, y las chicas llevaban los pantalones subidos hasta las rodillas. Comencé a meditar sobre mi vida en la tierra: ¿Qué hacía yo allí? ¿Qué pensaba esta gente de la vida? Nos ven como si fuéramos gilipollas,-pensé- remando y remando hacia ningún lugar, dando vueltas y hablando de cosas que, en realidad, no importan en absoluto, contándonos historias que tampoco van a ningún lado. No. De ninguna manera: esta gente no se plantea nada en absoluto, son lerdos; simplemente toman el sol.
Conseguí convencer a María para que dejásemos la barca antes de tiempo. Necesitaba leer urgentemente, escribir, pensar, estar sola. ¿Qué hacen las personas que tienen solamente este tipo de ocio? ¿Ver la tele? Qué vidas tan miserables. Me avergoncé de pertenecer a la especie humana. Ójala hubiese nacido pájaro, o tigre de bengala, sin tener conciencia de mí misma ni de la vida de los demás, sin saber nada más que lo estrictamente necesario.
Paseamos por el parque un rato. Olía a semen; María dijo que era el olor de una flor con un nombre rarísimo, pero a mi, me olía, claramente, a esperma. Si no hubiese sido por ese detalle, -y por los miles de mosquitos que pululaban por el aire-, el ambiente hubiera sido el propicio para pasar una agradable tarde con una amiga, charlando y paseando, sin preocupaciones; pero hacía demasiado calor, y yo, desde luego, no tenía ninguna necesidad de estar allí, siendo picoteada por miles de insectos. Después de caminar un rato, dije que me iba a casa, que tenía que hacer cosas importantes. Una vez allí, recordé los abedules, los cerezos, y me entraron ganas de llorar. Pensé en componer un poema acerca de la naturaleza ordenada por el hombre, algo bucólico, cercano a la novela pastoril, pero estaba demasiado cansada, además, ¿a quién podía interesarle esa mierda? Desde luego a mi no. Me tumbé en la cama. Aún podía oler el semen de aquellas flores, escuchar a los pájaros aletear contra las hojas en las ramas de las acacias. Me quedé dormida pensando todo esto.
Tengo que volver al Retiro. Cuando no haga tanto calor.
Al no tener demasiados compromisos sociales a los que acudir, (por no decir ninguno), me resulta fácil permanecer aislada todo el tiempo que quiera; casi nunca viene nadie a perturbar mi silencio. Ayer, sin embargo, recibí una llamada inesperada: María sentía una imperiosa necesidad de verme y pasar algo de tiempo conmigo. Le dije que, si quería, podía pasar por mi casa.
Efectivamente, ni el hecho de tener que desplazarse logró desanimarla en su deseo. Le abrí la puerta en pijama. Cuando me vio esbozó una sonrisa triste, compasiva: "Siéntate. ¿Quieres café?". Estuvimos charlando un rato; ella me contó cómo iban las cosas por la universidad, y los planes que tenía para verano. Yo la escuchaba en silencio, me limitaba a asentir y a sonreír de vez en cuando; hablaba sin parar: "El chico del que te hablé el otro día, el que tiene esa barbita de tres días tan guapo, va a mi clase de Siglo XVI. He pensado que podría hablar con él, porque claro....bla, bla, bla".
Mis pensamientos, simultáneos a la conversación, eran del tipo: "si te quieres follar a ese pseudointelecutal con pinta de no haberse lavado en meses, sólo tienes que ponérselo fácil; la absurda consecución de momentos previos al sexo, tiene que darse obligatoriamente en el mundo determinado, para demostramos que nuestra vida es mucho más emocionante, más complicada y, por tanto, menos triste, de lo que realmente es. Lo mejor es, sin duda, no prolongar demasiado la farsa; hablar de gilipolleces ridículas solamente el tiempo imprescindible.
Como María es una persona que todavía cree que puede llegar a tener un vida social aceptable, y que puede encontrar cierta felicidad actuando como actúa la gente que parece feliz, evité decirle lo que verdaderamente pensaba; cuando me pidió consejo rompí mi silencio para emitir un comentario cargado de sabiduría: "Pues sí, habla con él, parece un chico interesante." Qué falsa eres, Diana.-pensé- No hay quien se trague este rollo de mierda que llevas". Recibió mi comentario como una arenga militar; después de aquello parecía estar mucho más decidida a hacerlo. Al ver que la gilipollez que acababa de decir había tenido tal acogida, decidí seguir soltando frases de ese tipo hasta que se me agotó el repertorio.
Después, María intentó convencerme para que me duchase y fuésemos a dar un paseo. ¿Un paseo? ¡Qué horror! Pero si tengo muchísimas cosas que hacer aquí, tengo que crear, ¡tengo que hacer historia!. Luego pensé que quizá me vendría bien vivir alguna historia que después pudiera ser contada, así que salí.
"¿Qué te parece si vamos al Retiro?" Joder, pensé, otra vez. Pero accedí. Una vez allí María tuvo la maravillosa idea de alquilar una barca: "María, eso no es seguro, el estanque está lleno de podredumbre, puedes caerte y coger cualquier tipo de infección, esas barcas no me inspiran ningún tipo de confianza..." No hubo manera de quitarle la idea de la cabeza, así que, tras los trámites necesarios, me vi flotando en mitad del agua, sudando, con un sol abrasador quemándome la nuca.
Ante la perspectiva de pasar una hora completa en aquel lugar dando vueltas como jodidos patos, me entró cierto agobio, así que decidí sacar un libro; así, por lo menos, estaría entretenida. "¿Es que te vas a poner a leer ahora?". La miré confusa. "Si no te importa...". Me lanzó una mirada de desconcierto que, después, pasó a ser tristeza. Me dio mucha pena, así que cerré el libro."No, leemé en voz alta, si quieres, así me entero yo también". Ella remaba y remaba hacia una pequeña catarata; yo presentía que, en cualquier momento, chocaríamos contra algún obstáculo. Comencé a leer: "he condenado con tanta frecuencia toda forma de acto, que manifestarme, de la manera que sea, me parece una impostura, por no decir...", "¡Madre mia, Diana, mira que tio tan bueno en aquella barca!" La miré con el libro abierto entre las manos. Definitivamente, iba a tener que aguantar aquello sin ayuda de ningún tipo.
Intenté animarme cogiendo los remos; aquello se me daba bastante bien: ahora deslumbraría a todos con mi estilo, iríamos deslizándonos por el agua como si fuera una pista de hielo. A los dos minutos estaba cansada y le dije que remase ella. Miré a la gente que tomaba el sol en las escaleras que daban al estanque. Parecían verdaderamente felices: comían, tocaban la guitarra. La mayoría de los chicos se habían quitado las camisetas, y las chicas llevaban los pantalones subidos hasta las rodillas. Comencé a meditar sobre mi vida en la tierra: ¿Qué hacía yo allí? ¿Qué pensaba esta gente de la vida? Nos ven como si fuéramos gilipollas,-pensé- remando y remando hacia ningún lugar, dando vueltas y hablando de cosas que, en realidad, no importan en absoluto, contándonos historias que tampoco van a ningún lado. No. De ninguna manera: esta gente no se plantea nada en absoluto, son lerdos; simplemente toman el sol.
Conseguí convencer a María para que dejásemos la barca antes de tiempo. Necesitaba leer urgentemente, escribir, pensar, estar sola. ¿Qué hacen las personas que tienen solamente este tipo de ocio? ¿Ver la tele? Qué vidas tan miserables. Me avergoncé de pertenecer a la especie humana. Ójala hubiese nacido pájaro, o tigre de bengala, sin tener conciencia de mí misma ni de la vida de los demás, sin saber nada más que lo estrictamente necesario.
Paseamos por el parque un rato. Olía a semen; María dijo que era el olor de una flor con un nombre rarísimo, pero a mi, me olía, claramente, a esperma. Si no hubiese sido por ese detalle, -y por los miles de mosquitos que pululaban por el aire-, el ambiente hubiera sido el propicio para pasar una agradable tarde con una amiga, charlando y paseando, sin preocupaciones; pero hacía demasiado calor, y yo, desde luego, no tenía ninguna necesidad de estar allí, siendo picoteada por miles de insectos. Después de caminar un rato, dije que me iba a casa, que tenía que hacer cosas importantes. Una vez allí, recordé los abedules, los cerezos, y me entraron ganas de llorar. Pensé en componer un poema acerca de la naturaleza ordenada por el hombre, algo bucólico, cercano a la novela pastoril, pero estaba demasiado cansada, además, ¿a quién podía interesarle esa mierda? Desde luego a mi no. Me tumbé en la cama. Aún podía oler el semen de aquellas flores, escuchar a los pájaros aletear contra las hojas en las ramas de las acacias. Me quedé dormida pensando todo esto.
Tengo que volver al Retiro. Cuando no haga tanto calor.
martes 1 de abril de 2008
Falso
He tenido la mala suerte, -si es que la suerte existe y mi fracaso no se trata únicamente de incapacidad para manejar las circunstancias a mi antojo-, de roderarme siempre de gente descafeinada. Gente sin pasión, sin ningún tipo de fiebre por vivir, sin ganas de hacer cosas diferentes. ¿Qué coño esperáis de la vida? ¿Quién os dijo que había que vivir así, como si fuerais copias unos de otros?
Vivo con la sensación de que la gente me exprime durante unos días, pone algo de emoción a su vida, y luego me deja a un lado como una colilla, hasta que vuelven a sentirse vacíos, inútiles y aburridos hasta la desesperación, y vuelven a tratar de encontrarse conmigo. Entiendo que mi sistema es demasiado intenso para responder a él con suficiente valentía, para estar siempre a la altura, pero, sinceramente, la gente que me rodea está muerta, y creo que quieren que yo también lo esté. Es tan agobiante como despertarte en un ataúd a tres metros bajo tierra y ver que ése es el destino que te espera.
Como me aburro paso mucho tiempo leyendo miles de cosas más apasionantes que el mundo que me rodea, porque mi espíritu necesita renovarse día a día porque si no se enquista, y es entonces cuando me empiezo a revolver en la cama por las noches y muero axfisiada como los gilipollas que veo cada día por la calle.
Antes de llegar a la universidad tenía una vida muy ajetreada. Salía prácticamente todos los días, me drogaba, fumana porros como una puta mística, escribía poemas extraños durante horas, y estudiaba las mentes enfermas que me rodeaban. Era una vida cojonuda en comparación con la mierda de vida que llevo ahora. Llegar a la universidad me mató.
Me había trasladado a Madríd huyendo de la ciudad en la que vivía. Por aquél entonces pensaba que lo que debía hacer era estudiar y entregarme al saber, ser alguien en la vida. ¿Acaso no dice todo el mundo que en la universidad se viven experiencias únicas?, ¿No has oído siempre hablar de los viajes que se hacen, la gente tan interesante con ganas de cambiar el mundo que se conoce?
Mi primer contacto con la universidad fue deprimente, y así ha venido siendo hasta a día de hoy. La decadencia se podía observar en cada cosa; un edificio pútrido alojaba a miles de asquerosos alumnos que se creían la ostia por estar en la universidad, y que eran incluso peor que la gente que había conocido en mis años de vicio y perversión. Las clases eran una chorrada: no aprendías una mierda, los profesores estaban cansados de los alumnos, los alumnos de los profesores, y no hacía falta ir para aprobar porque era jodidamente fácil.
Por aquel entonces vivía con un tipo estupendo que había conocido tiempo atrás. Teníamos una relación maravillosa, un sexo cojonudo y muchas ganas de aprender y de vivir, así que, el hecho de que las clases fueran una puta mierda parecía tener menor peso específico en mi vida que la alegría de los días que pasábamos juntos, y yo podía seguir adelante, aprobar las asignaturas sin ningún esfuerzo y disfrutar de la juventud y de una nueva ciudad. Qué lejos está ahora todo aquéllo. Me cansé de Javier, que así se llamaba, y decidí irme a vivir sola. Ese verano estuvo bien, aproveché a conciencia mi condición de soltera, y estuve perreando un tiempo, hasta que también de eso terminé cansándome. Lo único bueno que tiene la universidad es que puedes follar hasta hartarte, hay miles de hombres que se aburren, al igual que tú, y para los que, en vista del fracaso de las clases, el único interés que tiene todo aquello son las tetas y los culos que se contonean por los pasillos. Fue mi único contacto con la vida universitaria.
Como los universitarios son gente absurda, como digo, dejé de encontrar interesante conocer gente que tampoco me aportaba nada a nivel emocional e intelectual, y que solo se dedicaba a hablar de cosas que habían leído en libros o había copiado de la letra de alguna canción de un grupo para gilipollas.
Tampoco los profesores me sugerían gran cosa; incluso llegué a conocer a uno en profundidad. Yo asístía a una clase sobre cine que estaba la mar de bien, -en comparación con el resto de asignaturas que había tenido hasta el momento era realmente fascinante-, y desde el primer momento que entré en el aula el tipo me gustó. Tenía unos ojos azules muy graciosos y toda la pinta de ser inglés. Luego descubrí que era Vasco. El caso es que yo esa clase no me la perdía por nada del mundo. ¡Oh Dios mio!, me decía, qué excitante debe de ser acostarse con un profesor. Me imaginaba todos los días llamando a la puerta de su despacho para, a continuación, vivir momentos de pasión desenfrenada, mientras pensaba que minutos antes había estado sentada enfrente de él escuchando un discurso perfectamente elaborado sobre los guiones de Hollywood y la falta de criterio a la hora de otorgar los Oscar a las películas. Me parecía la hostia.
Después de dejarle claro que yo era la única persona inteligente de la clase mediante pequeños sarcasmos y comentarios puntillosos, de documentarme ampliamente sobre cine y de comprarme un conjunto de ropa para los miércoles, otro para los jueves, y otro diferente para los viernes, el tío terminó invitándome al cine. Esa misma noche nos besamos. Yo comencé verle peros a la relación cuando me llevó a un bar lleno de gente joven y de macarras, para el que, evidentemente, él estaba algo mayor, pero no dije nada porque era mi profesor, y todas las decisiones que tomaba eran incuestionables. Faltaría más. Me acompañó a casa y por el camino me contó que estaba separado, que su mujer se había quedado el coche y casi toda la pasta. Tal era la pena y la nostalgia cuando lo narraba que pensé que se pondría a llorar. Afortunadamente no lo hizo, pero siguió hablándome de lo mal que lo había pasado en su vida hasta que llegamos a mi casa. Una vez allí me dijo que si podía subir. Como es lógico, y más después de aguantar la historia anterior a la proposición, le dije que estaba cansada. Me dijo que me llamaría al día siguiente sin falta. Malo, pensé.
Así estuvimos viéndonos durante una temporada. Tenía algún problema con su pasado, porque era demasiado habitual su tendencia a hablar de él sin importarle nada ni nadie. El tío se lanzaba a contarte penurias, -que cuando era pequeño su familia era muy pobre, que todo lo había ganado con el sudor de su frente, que jamás se había rendido ante la adversidad- y en ocasiones ponía tanto énfasis en que su interlocutor (en este caso yo) percibiera el drama que comenzaba a hacer extrañas muecas y terminaba llorando desconsoladamente. Al principio yo no le daba mucha importancia, pero sus lloros comenzaron a hacerse cada vez más frecuentes y llegó un punto en el que se echaba a llorar por cualquier cosa. No había quien soportara aquello. Le mandé a la mierda a las cuatro semanas.
Siempre había pensado que tener una relación amorosa con un profesor, un hombre con experiencia, sería algo con lo que se podía aprender muchísimo. Falso. Cuanto más mayores, más gilipolleces acumulan. Recuerdo que cuando le dejé pensé que se suicidaría o algo por el estilo. Se puso a llorar y a decir que me había querido mucho, que él sentía las cosas con mucha intensidad y que yo le hacía sentir vivo.
Después fue difícil no encontrarme con él en la universidad cada tres minutos. Ahora, cuando me ve, me saluda como si fuese el tio más feliz de la tierra. No hablamos, no tengo ningún interés en volver a coincidir con ese desequilibrado.
Y es que, supongo, lo ideal es vivir con ciertos límites la intensidad. No dejar que rebase tu capacidad. La gente auténtica es la única que puede hacer eso, y cuando digo auténtica me refiero a las personas que no esconden los que son, que viven sus defectos igual que sus virtudes sin tratar de vender simulacros absurdos que solo se creen unos cuantos gilipollas. Si algo es mierda, es mierda, bienvenida sea.
También, supongo, esto es pedirle demasiado a un humano.
Vivo con la sensación de que la gente me exprime durante unos días, pone algo de emoción a su vida, y luego me deja a un lado como una colilla, hasta que vuelven a sentirse vacíos, inútiles y aburridos hasta la desesperación, y vuelven a tratar de encontrarse conmigo. Entiendo que mi sistema es demasiado intenso para responder a él con suficiente valentía, para estar siempre a la altura, pero, sinceramente, la gente que me rodea está muerta, y creo que quieren que yo también lo esté. Es tan agobiante como despertarte en un ataúd a tres metros bajo tierra y ver que ése es el destino que te espera.
Como me aburro paso mucho tiempo leyendo miles de cosas más apasionantes que el mundo que me rodea, porque mi espíritu necesita renovarse día a día porque si no se enquista, y es entonces cuando me empiezo a revolver en la cama por las noches y muero axfisiada como los gilipollas que veo cada día por la calle.
Antes de llegar a la universidad tenía una vida muy ajetreada. Salía prácticamente todos los días, me drogaba, fumana porros como una puta mística, escribía poemas extraños durante horas, y estudiaba las mentes enfermas que me rodeaban. Era una vida cojonuda en comparación con la mierda de vida que llevo ahora. Llegar a la universidad me mató.
Me había trasladado a Madríd huyendo de la ciudad en la que vivía. Por aquél entonces pensaba que lo que debía hacer era estudiar y entregarme al saber, ser alguien en la vida. ¿Acaso no dice todo el mundo que en la universidad se viven experiencias únicas?, ¿No has oído siempre hablar de los viajes que se hacen, la gente tan interesante con ganas de cambiar el mundo que se conoce?
Mi primer contacto con la universidad fue deprimente, y así ha venido siendo hasta a día de hoy. La decadencia se podía observar en cada cosa; un edificio pútrido alojaba a miles de asquerosos alumnos que se creían la ostia por estar en la universidad, y que eran incluso peor que la gente que había conocido en mis años de vicio y perversión. Las clases eran una chorrada: no aprendías una mierda, los profesores estaban cansados de los alumnos, los alumnos de los profesores, y no hacía falta ir para aprobar porque era jodidamente fácil.
Por aquel entonces vivía con un tipo estupendo que había conocido tiempo atrás. Teníamos una relación maravillosa, un sexo cojonudo y muchas ganas de aprender y de vivir, así que, el hecho de que las clases fueran una puta mierda parecía tener menor peso específico en mi vida que la alegría de los días que pasábamos juntos, y yo podía seguir adelante, aprobar las asignaturas sin ningún esfuerzo y disfrutar de la juventud y de una nueva ciudad. Qué lejos está ahora todo aquéllo. Me cansé de Javier, que así se llamaba, y decidí irme a vivir sola. Ese verano estuvo bien, aproveché a conciencia mi condición de soltera, y estuve perreando un tiempo, hasta que también de eso terminé cansándome. Lo único bueno que tiene la universidad es que puedes follar hasta hartarte, hay miles de hombres que se aburren, al igual que tú, y para los que, en vista del fracaso de las clases, el único interés que tiene todo aquello son las tetas y los culos que se contonean por los pasillos. Fue mi único contacto con la vida universitaria.
Como los universitarios son gente absurda, como digo, dejé de encontrar interesante conocer gente que tampoco me aportaba nada a nivel emocional e intelectual, y que solo se dedicaba a hablar de cosas que habían leído en libros o había copiado de la letra de alguna canción de un grupo para gilipollas.
Tampoco los profesores me sugerían gran cosa; incluso llegué a conocer a uno en profundidad. Yo asístía a una clase sobre cine que estaba la mar de bien, -en comparación con el resto de asignaturas que había tenido hasta el momento era realmente fascinante-, y desde el primer momento que entré en el aula el tipo me gustó. Tenía unos ojos azules muy graciosos y toda la pinta de ser inglés. Luego descubrí que era Vasco. El caso es que yo esa clase no me la perdía por nada del mundo. ¡Oh Dios mio!, me decía, qué excitante debe de ser acostarse con un profesor. Me imaginaba todos los días llamando a la puerta de su despacho para, a continuación, vivir momentos de pasión desenfrenada, mientras pensaba que minutos antes había estado sentada enfrente de él escuchando un discurso perfectamente elaborado sobre los guiones de Hollywood y la falta de criterio a la hora de otorgar los Oscar a las películas. Me parecía la hostia.
Después de dejarle claro que yo era la única persona inteligente de la clase mediante pequeños sarcasmos y comentarios puntillosos, de documentarme ampliamente sobre cine y de comprarme un conjunto de ropa para los miércoles, otro para los jueves, y otro diferente para los viernes, el tío terminó invitándome al cine. Esa misma noche nos besamos. Yo comencé verle peros a la relación cuando me llevó a un bar lleno de gente joven y de macarras, para el que, evidentemente, él estaba algo mayor, pero no dije nada porque era mi profesor, y todas las decisiones que tomaba eran incuestionables. Faltaría más. Me acompañó a casa y por el camino me contó que estaba separado, que su mujer se había quedado el coche y casi toda la pasta. Tal era la pena y la nostalgia cuando lo narraba que pensé que se pondría a llorar. Afortunadamente no lo hizo, pero siguió hablándome de lo mal que lo había pasado en su vida hasta que llegamos a mi casa. Una vez allí me dijo que si podía subir. Como es lógico, y más después de aguantar la historia anterior a la proposición, le dije que estaba cansada. Me dijo que me llamaría al día siguiente sin falta. Malo, pensé.
Así estuvimos viéndonos durante una temporada. Tenía algún problema con su pasado, porque era demasiado habitual su tendencia a hablar de él sin importarle nada ni nadie. El tío se lanzaba a contarte penurias, -que cuando era pequeño su familia era muy pobre, que todo lo había ganado con el sudor de su frente, que jamás se había rendido ante la adversidad- y en ocasiones ponía tanto énfasis en que su interlocutor (en este caso yo) percibiera el drama que comenzaba a hacer extrañas muecas y terminaba llorando desconsoladamente. Al principio yo no le daba mucha importancia, pero sus lloros comenzaron a hacerse cada vez más frecuentes y llegó un punto en el que se echaba a llorar por cualquier cosa. No había quien soportara aquello. Le mandé a la mierda a las cuatro semanas.
Siempre había pensado que tener una relación amorosa con un profesor, un hombre con experiencia, sería algo con lo que se podía aprender muchísimo. Falso. Cuanto más mayores, más gilipolleces acumulan. Recuerdo que cuando le dejé pensé que se suicidaría o algo por el estilo. Se puso a llorar y a decir que me había querido mucho, que él sentía las cosas con mucha intensidad y que yo le hacía sentir vivo.
Después fue difícil no encontrarme con él en la universidad cada tres minutos. Ahora, cuando me ve, me saluda como si fuese el tio más feliz de la tierra. No hablamos, no tengo ningún interés en volver a coincidir con ese desequilibrado.
Y es que, supongo, lo ideal es vivir con ciertos límites la intensidad. No dejar que rebase tu capacidad. La gente auténtica es la única que puede hacer eso, y cuando digo auténtica me refiero a las personas que no esconden los que son, que viven sus defectos igual que sus virtudes sin tratar de vender simulacros absurdos que solo se creen unos cuantos gilipollas. Si algo es mierda, es mierda, bienvenida sea.
También, supongo, esto es pedirle demasiado a un humano.
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