domingo 25 de mayo de 2008

Estoy enamorada (no solamente por el increíble tamaño de su polla)

Salgo de su casa a las diez de la mañana. En total, habremos dormido alrededor de dos horas. El resto del tiempo, hemos estado follando como si fuese a acabarse el mundo. Las calles están mojadas, ha llovido esta noche y voy atravesando parques, plazas, sin rumbo fijo, evocando cada momento que pasamos juntos.

Bebimos vino, nos besamos en el sofá, y, como era de esperar (yo me había depilado a conciencia), terminamos en la cama. Una sabe que está enamorada cuando es capaz de chupar una polla con una entrega absoluta, olvidando el tiempo, el lugar, y pensando que tragaría todo el semen que pudiese llegar a producir ese par de testículos. El día de ayer superó mis expectativas en todos los sentidos. Había imaginado pollas que fuesen en consonancia con su cara, con su cuerpo, pero, de ninguna manera, me esperaba ese enorme miembro pugnando por salir de sus calzoncillos para inyectarme todo ese semen como si fuese heroína. Eso de que el tamaño no importa es una falacia absurda, un discurso de perdedores, de seres con el pene del tamaño de un cacahuete, como la teoría de que todos somos iguales la sostienen gilipollas y mediocres. Pero esto no es nada nuevo.. Por suerte, C, cumple todas las premisas para convertirse en un candidato a ocupar mi corazón durante un tiempo ilimitado; no vislumbro el final de esta relación, de momento me gustaría estar lamiendo ese rabo el resto de mi vida. Me daría igual que fuese esquizofrénico, que tuviese sida, o que votase al PP. Definitivamente le amo.

No puedo escribir si estoy contenta. Quiero decir, mi felicidad y mi escritura son incompatibles, así que solo puedo hacer esta especie de homenaje a sus genitales. Es triste, pero más triste sería si ni siquiera pudiera recrearme en las enormes dimensiones de su pene, si después de tanto amor, me hubiese ofrecido un tímido e intrascendente tamaño estándar, o una polla tamaño-nisiquerapuedopajearte. La vida me sorprende. No merezco tanta felicidad, tantos centímetros de dicha. Mientras fumaba descontroladamente en la plaza de Olavide, contemplando la fuerza variable con la que el chorro de la fuente salía despedido, he pensado que el inmenso perímetro con el que los dioses han bendecido a este humano, y que, por ende, me han bendecido a mí, es una señal, un motivo para cambiar mi dinámica de pensamientos destructivos. Voy a seguir los consejos de mi madre: “aprovecha lo que tienes y deja de quejarte”. No tengo motivos para estar enfadada con este mundo que tanto me ha ofrecido. Qué importa todo lo demás.

Por otra parte, creo que no podré follar en un par de días. Me duele bastante la zona de... Me duele bastante el coño. Han sido muchas horas, muchos desvelos que culminaban en otra infinita serie de sacudidas, espasmos, besos y succiones. Ayer, de camino hacia su casa, con mi cuerpo desodorado, y una botella de vino en el bolso, valoré mentalmente todas las posibilidades. Hubiese podido ser una noche bonita, mi amor por él hubiese podido atribuirle méritos falsos, podríamos, simplemente, haberlo pasado bien; podría no haberse corrido, o haberse corrido sin que yo me corriese (de un tiempo a esta parte, algo bastante habitual en mi vida), pero todo ha sido perfecto. Y cuando digo perfecto, me refiero a que no cambiaría ni un solo detalle de la noche de ayer. No exagero.

Vuelvo a no pensar sistemáticamente en suicidarme los domingos.

miércoles 21 de mayo de 2008

La carta

Entre nosotros los encuentros siempre son casuales. Él, aunque lo desee, nunca se acerca si no es el momento, si no tiene que acercarse a ti, como si no quisiera alterar el orden de las cosas. Cuando nos esperamos, o nos buscamos, al final siempre es el azar quién decide. Algo que no somos nosotros sabe si será hoy cuando demos un paseo, si podremos abrazarnos, si nos besaremos. Le espero mientras tomo un café que en realidad no quiero tomar, mientras bebo con cierta náusea la excusa, el tiempo perdido, un café oscuro y frío porque quizá hoy no tengamos la suerte de coincidir. Creo que tengo un libro abandonado entre las manos, que hay mucho ruido fuera de mí. Y entonces se sienta a mi lado y me mira desde sus ojos verdes. Mira mi libro, mi café y mi cara cansada. Me dice que estoy muy guapa. He pasado mucho tiempo en el otro estado, en las escaleras vacías o llenas de gente que no me interesa, sin que él se sentara a mi lado, y sinceramente, no sé muy bien hacia dónde mirar. Sus ojos verdes. A veces sus ojos se llenan de mí y otras miran lejos y se llenan de todo lo demás. Entonces siento cierto abandono, como si al vaciarse de mí volviese a quedar su sitio vacío a mi lado, y volviese el fío y el ruido. Pero siempre termina por contarme qué ha pensado. “Vamos a dar una vuelta.”. Me levanto y las escaleras se quedan sólo llenas de gente.

Por el camino no puedo darle la mano sin olvidar todo lo que creo, lo que inútilmente he aprendido o pensaba que sabía, sin restarle importancia a lo que creo que soy. Es raro, pero me transformo en algo impreciso, vacío, y sin voluntad. Recuerdo la carta. Todas las mañanas he abierto el buzón. El día que llegó subí las escaleras del portal con las manos llenas de palabras y arena, con una sonrisa algo estúpida y la esperanza de entender cualquier cosa. Me coge del brazo mientras me cuenta algo con una energía que no sé muy bien de dónde viene; como si estuviese hecho de algo distinto, como si conocerle fuese también asomarse a una realidad nueva. Ordena y dispone, y yo bromeo diciéndole que va muy rápido y no puedo seguirle, que le van a atropellar los coches. No tengo más planes que dejarme arrastrar, y no me engaño con el mundo que está fuera, ni me entretengo en mirar nada que no sea él. Le escucho, leo cada línea con los ojos cerrados, tocando las palabras que parecen ser mías porque, al parecer, las dibuja para mí; no puedo evitar sentir que no las merezco, que al fin y al cabo no soy más que un charco que se ha secado. No sé si no se da cuenta, o es que verdaderamente no le importa, así que yo sigo escuchando su lenguaje, sigo esforzándome por entender la posibilidad de esa nueva mirada sin que tampoco me importe nada.

El problema es que, a veces, el mundo parece decirme otra cosa. Y entonces es solamente un niño, un loco, no por haber sufrido, si no precisamente por no haberlo hecho nunca, y juego a su juego sin creérmelo mucho, como el que sujeta cansado un sonajero.

A mí me gustaría darle algo, querría solamente hacer o decir algo bonito. Pienso que ojalá fuese capaz de escribir mejor.

lunes 19 de mayo de 2008

Motivos suficientes

Jueves 15 de Febrero:

Estoy en mi cuarto aburrida. Tengo aproximadamente diez horas de inactividad por delante; contemplaré el techo desde la cama mientras sostengo un libro entre las manos, agonizaré pensando en lo despacio que avanzan las manecillas del reloj. No tengo plan. A estas alturas de curso la gente está en sus casas estudiando. Yo contemplo el techo. Hay una pelusa junto a la lámpara que miro durante un rato. Al cabo de unos minutos deja de ser una pelusa, parece un insecto que no se mueve porque sabe que lo miro, por temor a que acabe con él. Mi compañero de piso entra en mi habitación buscando el teléfono. Me informa de que esta tarde irá a unos conciertos que tienen lugar en la facultad. Le miro desde la cama con la mayor apatía posible. Me dice que si me animo a ir con él, al parecer va con unos amigos muy simpáticos. “Bueno, puede que luego me acerque”. Me sonríe complacido. No pienso ir contigo a ningún sitio.

Me he dormido con las gafas puestas y siento un dolor punzante detrás de las orejas. He aplastado el libro; me molesta increíblemente que las páginas de un libro estén dobladas, así que dudo que vuelva a intentar leerlo. Entra un sol desesperante por la ventana. Me levanto para cerrar la persiana y seguir durmiendo. Por la calle hay bastante gente joven con bolsas repletas de botellas en las manos. Irán a los conciertos. No paran de entonar cánticos absurdos, de insultarse de broma entre ellos y de piropear a las chicas que pasan por su lado. También puedo oírlos desde la cama. Malditos cabrones.

Me levanto otra vez para ir al baño. Mi compañero de piso está en el salón. Cuando paso se levanta y me revuelve el pelo. Me hace un poco de daño pero sonrío porque, supongo, solo quiere ser amable, fingir que tenemos una simpática y fraternal relación. “Me voy a duchar, ¿a qué hora dices que es ese concierto?”

Una hora más tarde, mi compañero de piso, sus amigos y yo, estamos frente a una verja. Tenemos que ver el concierto desde el otro lado porque no tenemos invitaciones. Hace muchísimo calor. Excepto una chica bajita y regordeta que me pregunta por mi vida, ninguno de los amigos de mi compañero de piso me habla. En un primer momento me he dirigido a uno de ellos, le he mostrado una sonrisa de total acogida mientras le preguntaba algo estúpido, y sólo me ha contestado: “No hablo nada de español”. Mi compañero de piso tampoco se toma muchas molestias para que me integre. En alguna ocasión incluso me da la espalda. Comienzo a analizarles meticulosamente, a pensar en cómo serán sus vidas, a odiarles en silencio. La chica bajita me explica algo sobre París. Es de París. O de algún sitio cerca de París. Tiene una sonrisa agradable, aunque intuyo que es la típica persona que tiene todo bajo control; exámenes, dinero, relaciones personales. Nada que ver conmigo. La gente decide sentarse en el suelo, “Por lo menos tomamos el sol” dice una. ¿El sol? Unos cojones, el sol. Hace un calor insoportable. ¿Qué hacemos aquí como subnormales? Moveos, buscaos la vida para entrar, conoced a alguien que os regale un pase. No les digo nada, no tengo fuerzas. Tampoco tengo fuerzas para conseguir una entrada, en otra situación me hubiera buscado la vida pero ahora siento el pecho lleno de un lodo espeso que casi no me deja respirar. Podría llamarme C, podría sacarme de aquí, podríamos dar otro paseo por Madrid. Madrid, qué lejos queda la ciudad que vimos juntos. Meto la mano en el bolsillo, toco el móvil y me concentro para que me llame. Llámame cabrón, llámame. Quizá esté entre estos descerebrados, a lo mejor se ha cansado de estudiar y ha venido al concierto. Miro a mí alrededor: chavales fumando porros, un grupo de chicas en minifaldas casi inexistentes, tres o cuatro tipos con aspecto de vagabundos. No, aquí no puede estar. Poco a poco las viscosidades que tenía instaladas tranquilamente en mi pecho van subiendo hacia la garganta. Tengo un nudo horrible, creo que vomitaré barro y petróleo. Posiblemente solo sean ganas de llorar.

Los amigos de mi compañero de piso siguen sentados. Todos, menos una venezolana con cara de puta, hablan en francés. La chica bajita y simpática ha desaparecido. Le pregunto a mi compañero dónde está. “¿Quien, la fea?” Me dice. Me gustaría arrancarle el pelo a tirones, darle puñetazos hasta ver su cara reducida a una masa informe. “Si, supongo”, le contesto. No era tan fea, solo un poco regordeta. Tenía una sonrisa muy agradable.

No me quito a C de la cabeza. Aunque sé que es absurdo, siento la necesidad de ser infiel. Me diré a mi misma: Esto te pasa por no llamarme. De pronto me acuerdo de Ángel. El otro día me propuso quedar y creo que hoy es el día perfecto. Recuerdo un par de instantáneas mentales en las que sale bastante favorecido. Un tono, (Soy imbécil) dos tonos, (Cuántos sufrimientos me evitaría, llamándome...) tres tonos. (No me apetece oír su voz de retrasado) Parece sorprendido, creo que aún no termina de creérselo.

Ángel pasa a recogerme en su deportivo. Hay que ser imbécil para tener un deportivo. Desde la ventana le veo salir del coche, cerrar la puerta, cruzarse de brazos mientras se deja caer sobre el capó. Menuda pinta de gilipollas. Me abraza. En la primera mirada intuyo su absurda y desenfrenada obsesión por poseerme.

En el bar aguanto como puedo su conversación, compongo un gesto de interés ambiguo, a veces misteriosamente distraído, mientras pienso en mis cosas o dejo la mente en blanco, hasta que traen el vino. Me bebo dos compas prácticamente de un trago. Me gusta el vino blanco y parece que nunca es suficiente, así que sigo bebiendo. Los labios de Ángel se mueven, sus manos acompañan al movimiento de sus labios, sus ojos. Hasta cierto punto me conmueve su interés por mí, su agotador intento de resultar un tipo interesante. Fumo sin parar. Almaceno cantidades industriales de petróleo. Tengo el lodo en la boca, el cerebro lleno de humo negro. Me habla del día en que nos conocimos. No recuerdo bien ese día, para mi no fue en absoluto trascendental. Pienso que la vida es miserablemente justa; los gilipollas pasan desapercibidos para los no-gilipollas, por mucho amor que tengan dentro. Las aspiraciones de Ángel me importan lo mismo que las del camarero que nos trae el vino. Siento que contribuyo a que el mundo sea tan miserable, que debería abrazar y besar a Ángel. Doy el último trago de vino y me acerco a su boca. Me reciben unos labios blandos; no sé si sabe por qué lo hago.

jueves 15 de mayo de 2008

Creo que me he enamorado

El asunto se estaba alargando demasiado.

Hace tiempo escribi sobre él.

De pronto, declara abiertamente que le parezco una chica interesante (¿Significa eso que quiere echarme un polvo?) y a partir de ahí todo empieza a marchar: paso horas interminables en la cafetería para verle, finjo que leo libros muy interesantes en la terraza de la facultad, me socializo más de la cuenta (o, simplemente, me socializo), y mi tiempo, casi sin querer, cobra cierto sentido.

En Mayo la gente es más feliz; muestra más centímetros de piel, come helados, va a conciertos y se sienta en las terrazas a hablar de todo y nada.

No tiene los ojos azules, los tiene verdes, pero son bonitos igualmente. Desde que me dicen su nombre, la curiosidad por conocerle se convierte en una imperiosa necesidad de tomar un café con él. Está sentado escribiendo algo en su libreta. Me muero por saber qué clase de cosas escribe ahí. Paso por su lado mientras me tiemblas las manos, mientras siento unos extraños calambres a la altura de las rodillas. Me paro delante de él. La prolongación de esta historia significaría su muerte, así que me decido a hablarle. Creo que, después de muchos rídiculos titubeos, consigo invitarle a un café. Él me dice que me siente, e inicia la conversación. Mis manos no dejan de temblar, parezco imbécil.

Fue una conversación de los más normal: cómo te llamas, a qué te dedicas, he tomado muchos cafés para verte, menos mal que te has atrevido a hablarme, alguien tenía que hacerlo, me gusta mi carrera, odio mi carrera, demos un paseo.

Dos horas recorriendo Madrid. Yo no estoy acostumbrada a andar tanto, es decir, a los veinte minutos de caminar, (bastante rápido por cierto), empiezo a sudar como una condenada. Después pierdo parte de la sensibilidad en el tren inferior. A la hora y media no siento nada, ando por inercia, me dejo arrastrar. Es tan guapo que su jodida obsesión por enseñarme sitios recónditos de la ciudad se le perdona. Haz lo que quieras, llévame donde te dé la gana. Nos contamos bastantes cosas. Mi vida no parece mi vida cuando hablo con él, no sé cómo explicarlo, parece que está hablando una chica normal, con una vida normal, todo muy normal. Mis intenciones tampoco parecen ser mías, no solamente quiero follármelo, me interesa lo que me cuenta. Últimamente cuando alguien me está contando algo, me es practicamente imposible atender a lo que me están diciendo. Digamos que me pierdo en el minuto dos de la historia. En el minuto diez es inútil preguntar por cualquier detalle de lo que te están contando, así que termino por no enterarme de nada. Con él es diferente, atiendo sin darme cuenta a cada palabra que sale de su boca, no estoy pensando en mis cosas, excepto en algún momento puntual que desconecto un poco.

Ha leído todo lo que tenía que leer, ha visitado las ciudades que debía visitar, ha comprado los discos, las películas, la ropa y el perfume que tenía que comprar; joder, es perfecto. Y lo mejor es que no es un tipo pretencioso; cuando habla sobre literatura, está claro que en realidad le da igual, y así es como uno puede tomarse la licencia de hablar sobre literatura, y le importa estar allí en ese momento, y mirarme a los ojos, y cuando me cuenta algo sobre la cúpula de San Francisco, lo hace riéndose de sí mismo, y todo tiene una importancia igual a cero excepto el momento preseente. Yo tampoco estoy pensando en que estaría mejor haciendo otra cosa, algo que también me sucede a menudo. Estoy allí sintiendo como la cúpula de San Francisco toma gran relevancia en mi vida.

Nuestras manos se rozan tres o cuatro veces mientras caminamos. Tiemblo descontroladamente. Lo bueno de estar andando, es que no tengo que enfrentarme a la situación cara a cara; en un bar me hubiera dominado el temblor, los nervios habrían acabado con todo. En un momento dado nos sentamos. Suena un acordeón de fondo. Él mira al cielo, a la gente que pasa. Nos quedamos un rato en silencio. Yo empiezo a pensar que quizá se aburra conmigo, que a lo mejor, a partir de ese momento, todo empieza a ir mal, que yo dejo de tener ganas de hablar, que él empieza a pensar en irse a casa... pero entonces me pide mi dirección. Dice que quiere mandarme una carta. Si cualquier persona, en otro momento, hubiera dicho esa frase, la hubiera desterrado inmediatamente de mis planes a corto plazo, pero tratándose de él, me parece una preciosa iniciativa. Hace mucho tiempo que no recibo una carta.

Estamos regresando a casa. Es el momento más duro, es aquí cuando comienza la tortura en mi cerebro, cuando a comienzo a valorar enfermizamente todas las posiblidades: puede que nos besemos, o puede que no, puede que él tenga ganas de besarme y que yo no lo intuya, puede que yo intente besarle y él aparte la cara (algo que jamás llegaría a superar), o puede que los dos tengamos ganas de besarnos y al final no lo hagamos. Nos despedimos. Él me pregunta si iré al día siguiente a la facultad. Yo, pensando que me hace esa pregunta con la intención de vernos, le contesto inmediatamente que si. Me responde que duda que él se pase por allí. Dos losas de cemento armado caen sobre mis hombros. Noto como me hundo en el asfalto. Hemos intercambiado números de teléfono, no se cierra en banda a las nuevas tecnologías, no hay problema, supongo que me llamará. ¿Me llamará?. Nos damos dos besos. En el corto trayecto de una mejilla a la otra, hay una brevísima e inapreciable parada a la altura de mi boca. Durante ese mínimo intervalo de tiempo las ciudades se paran, los coches dejan de pitar, los bebés no respiran, las abuelas dejan de hacer ganchillo. Ese momento dura una mierda, no tengo tiempo para reaccionar, así que el viaje sigue su curso hasta morir en mi mejilla izquierda. Maldita sea. Le digo "me ha encantado estar contigo", Me dice, "A mí tambíen", y entonces me abraza. No sé si se trata de un abrazo pasional o fraternal, así que acomodo mi barbilla en su hombro y me dejo manejar como un espatapájaros. Deshacer el abrazo se convierte en una serie de movimientos confusos, indescriptibles. Nos reímos. Sigo riendo mientras vocalizo un Hasta luego y me desplazo hacia mi izquierda para irme. Hasta luego. Digo adiós con la mano. Él también se ríe.

Cinco minutos más tarde mi psicoanalista me recibe con una sonrisa. Llego tarde. Me disculpo. Tengo una buena excusa: he conocido al hombre de mi vida. Si, creo que me he enamorado.

jueves 8 de mayo de 2008

Mañana

Me he fumado alrededor de un paquete de tabaco en el día de hoy. Me gusta el tabaco. El tabaco es una de las pocas cosas por las que merece la pena salir a la calle, beber café, tomar cerveza o follar. La gente me dice que debería dejarlo. La gente dice muchas cosas. También alguien me ha dicho que digo muchas palabrotas. Tienen razón, siempre tienen razón.

He asaltado al profesor, creo, para hablarle de algún dato del trabajo. El trabajo, obviamente, me da igual. Vamos por la escalera hablando de algo que no recuerdo bien. Es curioso cómo se olvida lo intrascendente. Siempre nos perdemos los detalles, contamos mal las cosas, por eso la gente al final siempre habla de lo mismo. El trayecto me parece interminable. Cuando llegamos tiene que abrir muchas puertas antes de llegar a la puerta definitiva. Su despacho es muy pequeño. No sé si sentarme. No sé si esperar a que me diga que me siente, si preguntar directamente si puedo sentarme, si esperar a que él se siente. Opto por preguntar. La respuesta es: sí, claro, siéntate. Me siento. Ahora parece que estoy en una entrevista de trabajo. Estamos cerca. No sé muy bien qué he venido a preguntarle. Improviso. No queda muy claro cuáles son mis dudas, así que su respuesta es igual de ambigua e innecesaria que mi pregunta. Me mira directamente a los ojos mientras habla, y yo me pongo nerviosa. Creo que sabe perfectamente lo que hay dentro de mi cabeza, ¿puede ser?, lo está leyendo en mis ojos, no puedo mirarle directamente; bajo la mirada para que no lea en mis pupilas los pensamientos perversos que hierven en mi cerebro.

Mientras habla no estoy pensando en lo que me está diciendo. Se me hace imposible atender a lo que dice, de verdad. Miro su boca. Hay bastantes babas. ¿Quiero yo, realmente, besar esta boca?. Ayer sí quería, pero claro, ayer no estábamos tan cerca. Creo que habla sobre Horacio Quiroga. Reviso en mis archivos los datos que tengo acerca de este señor: generación del 900, cuentos aburridísimos sobre naturaleza, jodimiento extremo, muerte de su mujer, suicidio. No sé muy bien cuándo tengo que intervenir; es el típico apasionado, no creo que deje meter baza. Asiento inútilmente. ¿Por qué se dejará el pelo largo?, debe existir alguna motivación personal, ese pelo debe tener algún significado. Quiroga, al parecer escribió muchísimos cuentos. Es espectacular lo prolífico que era este tipo. Me aburro.

Intenta darme unas directrices con el fin de orientar mi investigación. Al oír la palabra "investigación" siento un pinchazo en el esternón. Puede que el trabajo sea más complicado de lo que aparentaba ser en un principio; suelo tomarme los trabajos de la facultad como relatos aburridos que escupo en unos cuantos folios, más o menos inspirados, pero para los que, a lo sumo, utlizo dos tardes. La palabra "investigación" implica consultar libros, revistas, y artículos en bibliotecas, y eso me llevará algún tiempo. Sus ojos parecen distraídos, aunque me miran estan en otra parte, probablemente en los cuentos de Quiroga, en el Amazonas. Me recomienda un par de libros de un tal Rafael Courtoisie, ¿alguien lo conoce?. Los apunta en mi libreta de notas con boli rojo. Después me pregunta qué me parecieron las conferencias sobre literatura que dieron en la universidad hace un par de semanas. ¿Conferencias? Supongo que se refiere a ese absurdo simposio en el que unos cuantos tipos que decían ser escritores, hacían sesudas reflexiones sobre temas muy profundos. ¿Qué puedo responderle? No quiero que piense que soy superficial. Miéntele, Diana, dile lo que quiere oir. Maldita sea, ¿qué importan las conferencias?, ¿Por qué demonios tenemos que hablar sobre algo?. Le digo la verdad, que me pareció aburrido y absurdo, que no encuentro sentido alguno a las conferencias. Inmediatamente después de pronunciar la frase me arrepiento. Leo en su cara cierto desconcierto. Quiero arreglarlo, quiero decir algo bonito, pero no me sale. No hay nada más que decir.

Derrotada, me levanto de mi asiento. Me sonríe. Es fantástica su sonrisa, ¿Quién quiere hablar sobre nada? ¿A quién le importan esos señores aburridos?. No sé por qué motivo me imagino su casa. Supongo que está repleta de objetos extraños, de instrumentos musicales de pueblos indígenas con nombres raros como botulú o manguaré, alfombras de muchos colores tejidas a mano, fotografías suyas en diversos lugares del mundo. Detrás de cada objeto, imagino, habrá una historia que merezca la pena ser contada. Me da mucha pereza todo ese trámite. Le doy las gracias por su tiempo. Le sonrío. Cuando me doy la vuelta para irme, oigo su voz: Hasta mañana, Diana. El corazón me late a mil por hora. ¿Diana? ¿Cómo demonios sabe mi nombre? Mi mente enferma me indica que detrás de ese "Diana" hay una historia. ¿Alguna inocente pajilla con la foto de la ficha de clase? Qué bonito nombre cuando él lo dice. Repítelo, repítelo incesantemente, llámame Diana una y otra vez mientras me follas encima de una de tus alfombras. Hasta mañana, le digo.

Cuando salgo me da vergüenza que la gente me mire a la cara. Me cruzo con uno, dos, tres gilipollas que me saludan. Mañana...siempre es lo mismo. Mañana.

domingo 4 de mayo de 2008

Lo inexplicable

Durante los puentes las ciudades duermen. Yo, desgraciadamente, me he mantenido despierta todos estos días de vacaciones. Todo a mí alrededor ha estado quieto, un silencio siniestro a mí alrededor, dentro de mí.

Mi madre me ha regalado una foto suya. Sale guapa y joven, con toda la energía que me falta a mí. Mi madre no tiene ojeras y sus ojos han escondido todo el dolor, casi no puede percibirse nada de su hijo muerto, de su marido enfermo. Nada, aparentemente nada. He dejado su foto sobre una montaña de libros en mi mesilla. Mi madre está presente, tengo la impresión de que siempre me está viendo.

No sé por qué motivo hablo de esto, quizá porque hoy es el día para hablar de las madres, pero no creo que sea esa la razón. Digamos que todos mis sentimientos, y por ende, todos mis actos, provienen de pensamientos de naturaleza ambigua, no entiendo muy bien por qué se producen. Decía que mi madre tiene una fuerza poco común, algo que puede confundirse con la voluntad, con la entereza. Me mira desde sus ojos vacíos de dolor, renovados por una especie de nueva y extraña alegría, y me sonríe. No sé si sabe quién soy, la verdad, y no la culpo; nadie sabe muy bien quién soy, ni siquiera yo misma. Los ojos de las personas dicen todo lo que nadie se atreve a expresar con palabras, pero hay que conocer el procedimiento; se puede leer la vida en los ojos de la gente, igual que se puede adivinar la edad de un árbol contando sus anillos. A través de los ojos brillantes de mi madre se percibe una sabiduría infinita, una inteligencia que consiente, que otorga concesiones a las personas que saben menos, o se portan peor; a las personas como yo. No sé muy bien cuál es su origen, no sé muy bien cómo le ha sido dado todo esto. A veces me parece que todo en la vida es un misterio.

Por suerte, todos los periodos vacacionales tienen su fin; he ahí su verdadera función. Ahora todos llegamos verdaderamente preparados para enfrentarnos a más jornadas de trabajo, con más capacidad de tolerancia para las frustraciones. Energías renovadas, sí señor. Yo no he descansado nada en absoluto, por si acaso eso me sucedía; espero enfrentarme a la vida con la misma exasperación. A mi todo este periodo de reflexión me ha dejado realmente agotada, de verdad.

Desde luego ha habido gente obcecada en arrastrarme al descanso, a la relajación mental, pero eso es algo que no puedo permitirme. Mis compañeros de piso se han empeñado en organizar algunas fiestas de lo más absurdas. La culpa la tiene el francés. Ha llegado aquí como una bocanada de aire fresco. Esta casa estaba realmente bien antes de que llegase, sumida en un apacible letargo, en una muerte tranquila de la que todos, creo yo, nos beneficiábamos. El silencio es una de las mejores cosas que existen. Decía que esta casa estaba bien como estaba, pero estos franceses no respetan nada. En cuanto a (llamémosle) P, estos días he estudiado un poco su método:

Se instaló aquí hace poco más de dos meses. Desde entonces este piso, que nunca fue lo que la gente entiende por un verdadero piso de estudiantes, ha sufrido asombrosas transformaciones. Yo, personalmente, oigo su voz a todas horas, no sé si será cosa mía, pero juro que la presencia acústica de P en la atmósfera es una constante. Como es normal en estos casos, la voz de P ha inducido a manifestarse a otras voces, y el hogar pacífico donde antes era posible disfrutar de una tarde de lectura, ahora está bendecido por un persistente jaleo de frenopático. ¿Cómo es posible en tan poco tiempo? Pues bastante sencillo: creyéndote tu propia mentira.

P llegó ilusionado, como llegan todos los estudiantes erasmus con expectativas que más tarde la gente, el sistema educativo, o las calles inhóspitas se encargan de destruir. Llegó soñando con un año de puta madre, con fiestas, mujeres, amigos, y todos los elementos que la gente considera indispensables para una etapa vital feliz. Yo, por mi parte, le recibí como el que oye llover. Me consta que los demás se tomaron el asunto con la misma desidia que me lo tomé yo; los erasmus no gozan de gran consideración por lo que tengo entendido.

Pero descubrí que P era distinto a todos, no era fácil de amedrentar, su energía era implacable. Enseguida propuso hacer alguna actividad conjunta todos los jueves. La iniciativa no me sorprendió lo más mínimo; no funcionará me dije.

Pues la cosa funcionó. Y funcionó porque P se fue ganando a la gente. No porque sea, en absoluto, un tipo interesante, no es alguien con quien, de buenas a primeras, te apetezca estar, no tiene ningún atributo especial, ni es especialmente guapo o inteligente. Solo se aprovechó de la poca resistencia que los humanos oponen a una fuerza superior, sea de la clase que sea, de lo fácil que resulta arrastrar a un conjunto de individuos. El sistema es este:

La gente llega a casa y se encuentra con P en el sofá del salón, fumando porros y bebiendo absenta con algún que otro pobre desgraciado con el que comparte este tipo de aficiones, y termina por sentarse con él. Está claro que lo hacen por compromiso, porque normalmente es P quien te invita a tomar asiento y a iniciar aburridas conversaciones sobre nada, pero el objetivo está cumplido: han sido ocupadas las plazas del sofá, ya no hay tanto hueco vacío y parece que la vida transcurre como en una película americana. Ya no hay silencio. Incluso a mí, a veces, me resulta difícil zafarme de ese tipo de situaciones, y me veo ocupando mi posición en el salón, como un protagonista más de la serie. Hay cierta tenacidad en él que atrapa, de verdad.

Creo que la gente funciona mucho así, y es más, me atrevería a decir que todos, en mayor o menor medida. Terminas por no querer enterarte de nada, por salir de ti mismo para contemplar la escena, y creerla perfectamente posible, como un director de cine que se cree su propia película.

Hoy era el día de la madre. Mi madre vino ayer, me sonrió, me dio una foto. Es bonita su sonrisa. No sé, a veces todo en la vida me parece un misterio.

jueves 1 de mayo de 2008

Sucedáneos

Delante de la biblioteca hay un jardín donde la gente descansa, fuma, y deja reposar el cerebro. El jardín tiene un estanque pequeño donde la mierda se ha ido acumulando desde tiempos inmemoriales; el agua pasa de un color a otro en cuestión de días, de modo que he visto ese estanque alcanzar toda la escala cromática. Hoy está marrón y lleno de hojas secas. Pienso que es un buen sitio para estudiar, una de las mejores bibliotecas, me quedaría allí mirando al infinito y pensando en nada durante horas, pero tengo que entrar a hacer un trabajo. Apuro el cigarrillo y entro.

El señor de la entrada me pide el carné y me indica el lugar por el que tengo que pasar mi mochila. Espero al otro lado mientras la cinta se traga mis cosas. Reconozco algunas por la pantalla: un libro, la libreta, la grapadora. No llevo navajas, no llevo ningún arma.

En la sala me recibe un silencio sepulcral; todos están estudiando de verdad. Escojo un sitio solitario y me voy a buscar un par de libros: “Uruguay, vanguardia y posmodernidad” y “Literatura uruguaya de mitad de siglo”. No sé si necesito verdaderamente estos libros, no sé si me sirven. Al volver a mi sitio veo dos ojos que me miran por encima de un portátil: un chico con un polo de rayas y el pelo largo. Seguramente me ha estado mirando mientras me agachaba, y ahora también quiere verme de frente. Le miro. Cuando llego a mi sitio comienzo a ojear mis libros; son un coñazo. Empiezo a hacerme un esquema de uno de ellos en mi libreta. Pienso que mi vida es aburridísima. ¿Qué podría hacer si nos estuviera aquí? ¿Dónde iría? Pienso en el chico italiano que conocí en la fiesta el otro día. ¿Qué estará haciendo? Probablemente también esté en una biblioteca, haciendo un trabajo parecido; todas las vidas de la gente que conozco, se asemejan tanto que podrían ser la misma. Me gustaría llamar al chico italiano y decirle que si nos vamos por ahí a dar una vuelta, hace muy buen día. Se me ocurre que quizá el chico italiano no quiera venirse a dar una vuelta conmigo. El chico del polo de rayas pasa por delante de mí, supongo, para ir al baño. O quizá solo pasa por delante de mí, para pasar por delante de mí. Le sigo con la mirada; no me gusta su culo pero es bastante guapo, no todo va a ser perfecto. Me gusta su pelo, me gusta cómo me ha mirado. Para cuando vuelva, pienso, ya estaré completamente enamorada de él.

No entiendo muy bien qué hago en esa biblioteca. Miro mi móvil. Nadie llama. Nunca nadie llama cuando tiene que llamar. La gente solo llama para interrumpir o para despertar a los demás. Nunca las llamadas se producen en el momento en que tienen que producirse. La verdad, podría llamarle, quizá esté igual de aburrido que yo, pensando qué cojones hace donde quiera que esté. Miro a mi alrededor; La gente sigue estudiando sin despegar la vista de las pantallas de los ordenadores, de las páginas de los libros. Pienso que ninguno quiere estar allí realmente, que nadie estaría en esa biblioteca si pudiera estar follando. Me levantaría y le diría al chico del polo de rayas que si nos lo montamos en el baño. Mejor aún: me levantaría y me lo montaría con el chico del polo de rayas delante de todas estas personas, a ver si así dejan de mirar sus apuntes. Y el tiempo pasa, y al fin y al cabo yo solamente tengo veintidós años. “Veintidós años, toda la vida por delante”, eso es lo que la gente me dice... Si esto es lo que entiende la gente por vida, es una desgracia que me quede tanto tiempo.

Me gustaría contarle a alguien todo lo que pienso, pero no hay nadie a quien pueda contárselo. Nadie llama. Todo el mundo pasa páginas, teclea rápidamente palabras para componer sus trabajos, sus tesis. Hijos de puta. Castrados.

“Es muy triste estar solo, oír al viento quejarse obstinadamente...” Según mi libro, lo escribió un uruguayo, que, al parecer, debía de estar muy jodido. “Venid a detener los días, y entre los días, sólo aquella tarde...” Me da pena este señor. Me da pena que los poetas escriban en sus casas. Toda la vida por delante. Toda la vida por delante. ¿Qué hago yo con este tiempo? También yo siento la necesidad de irme a casa a escribir. O a masturbarme. Creo que primero me masturbaría y luego escribía. También podría escribir aquí, me aburren estos libros. También podría ir al baño de esta biblioteca y masturbarme mientras toda esta gente, aburrida y sin pasión por la vida, estudia libros amarillentos.

Me levanto rápidamente. El chico del polo de rayas observa cómo me alejo. Ahí te quedas con tus apuntes, gilipollas. Entro en el baño y me miro en el espejo. Hola. Es verdad que eres joven, es verdad que eres guapa, ¿y qué?. Los baños están limpios, mis vaqueros bajados hasta las rodillas. Nunca nadie entiende nada, nunca nadie entenderá nada. Estimulación clitoriana. Y cada vez menos joven, cada vez más sola. Toda la vida por delante. El chico italiano en mi cama, el chico del polo de rayas. Chicos jóvenes, chicos guapos. Yo, yo, yo... joven y guapa. Joven y sola.

En el estanque hay dos patos. Nadan entre la mierda. Podrían estar en otro sitio, en un estanque limpio, en un lugar donde, por lo menos, el agua fuese agua.