La vida de la gente me parece muy miserable. No es que mi vida no me lo parezca, en realidad casi siempre me resulta bastante horrible, pero cuando voy en el metro y observo a toda esas personas (calvos de cientoveinte kilos, divorciadas acabadas con las tetas por debajo del ombligo, adolescentes con cara de garza, el pelo sucio y las uñas mordidas, viejas y viejos decrépitos...) me pregunto cómo coño sobrellevan su propia existencia. Digamos que yo, aún teniendo las mejores cartas, no consigo salir de mi miseria; soy joven, guapa, y más inteligente que la mayoría. El 95% de los tíos querrían follar conmigo si se les presentara la ocasión, tengo pasta sin trabajar y toda una vida por delante para hacer lo que me dé la gana...Pues aún así siento que mi vida es absurda, me aburro constantemente y nunca me apetece hacer nada con mi tiempo.
¿Cómo coño se levanta esa gente por la mañana para ir a trabajar? ¿No ven que no tiene sentido? Joder, ni siquiera pueden ligar en los supermercados, en los autobuses. Para mi las cosas solo cobran cierto sentido cuando hay un interés sexual detrás de la situación en cuestión. Esto quiere decir que si tengo que fotocopiar unos apuntes valoro mentalmente las posibilidades que tengo de coincidir con hombres que me gustaría follarme, (ya sea el que hace las fotocopias, el de la panadería de la esquina, o mi vecino de abajo.) ¿Qué hace esa pobre gente que ni siquiera puede tener esa pequeña satisfacción?, ¿Para qué coño quiero vivir a partir de los cuarenta?
Todo es tan horrible que me dan ganas de morirme ahora mismo, para así no asistir a mi propia decadencia.
Las personas nos dividimos en varias categorías. La primera, (la gente guapa e inteligente que todo el mundo quiere follarse), la segunda, (las personas del montón), y la tercera (los desechos; aquellos que no te follarías ni muerta). Dentro de ellas, claro está, existen una infinidad de subcategorías que ahora mismo no me apetece explicar detalladamente. Yo alguna vez he sufrido por no poder acceder a un hombre-categoría.uno por alguna circunstancia que tampoco tengo ganas de recordar. No puedo imaginarme cómo puede ser no poder aspirar ni siquiera a la categoría.dos, tener que conformarte con los de tu especie, y a veces, por ser extremadamente desagradable, (ser retrasado mental, no tener piernas, que te falte un ojo, -o los dos-, padecer psoriasis, etc, etc) tener que quedarte invariablemente al margen, no poder follarte ni a los que pertenecen al último escalafón de la última categoría. No sé cómo esa gente no se suicida. Supongo que terminan especializándose en una serie infinita de gilipolleces, acaban siendo lingüistas o informáticos, afiliándose a partidos políticos, trabajando para ONGs o largándose a las misiones. Tiene que ser muy duro. El mundo está lleno de gente insatisfecha, gente a la que le gustaría tener otro tipo de vida y que sin embargo no tuvo elección. Por eso nos tratamos tan mal unos a otros, porque las personas-categoría.tres querrían tener la vida de las personas-categoría. uno, o simplemente follárselos, y no pueden.
A ver, hippies-tolerancia- solidaridad-antiglobalización y demás escoria vomitiva: abstenéos de enviarme comentarios del tipo "me pareces una persona muy superficial, te va ir muy mal en la vida si sigues por ese camino" porque me dan exactamente igual vuestras hipocresías. A mí tampoco me gusta demasiado cómo funcionan las cosas, pero así son. Los que pertenezcáis a la categoría dos y tres: os jodéis; no quiero resentidos. A todos los demás me los quiero follar, así que pueden perfectamente solicitar datos personales y quizá lleguemos a coincidir.
viernes 27 de junio de 2008
lunes 16 de junio de 2008
Golpes de calor
Ahora que han acabado los exámenes siento un extraño e inesperado desasosiego frente a todo este tiempo de ocio que no sé muy bien cómo llenar. La dinámica de dos películas por día, dos libros por semana ha quedado obsoleta; de esto también he terminado aburriéndome. No disfruto igual ante la perspectiva de una tarde de cervezas y película si no significan el sacrificio de unas cuantas horas de estudio, si no estoy haciendo lo contrario de lo que debería hacer.
Ha llegado el verano, todo el mundo esperaba el verano, el verano es una estación del año estupenda, y a mí lo único que me trae es dolor de cabeza y una inactividad que deja mi cuerpo y mi mente abotargados e inutilizables. Me paso el día sudando y de bastante mal humor.
Por otra parte, ahora que se han acabado las tareas estúpidas a las que consagraba mi preciado tiempo (horas y horas frente a libros y apuntes de lo más elementales y aburridos) vienen a mí una serie de papeleos absolutamente prescindibles (si las universidades no fuesen instituciones apolilladas) de los que tengo que hacerme cargo de forma inevitable si el año que viene quiero ingresar en la universidad Ca Foscari de Venecia. Si, han oído ustedes bien: Venecia. Doy un salto en el espacio para que mi vida se circunscriba en suelo italiano....¿el motivo? La infundada idea de que quizá allí las cosas marchen de otra manera. De cualquier manera voy tan desencantada de la vida y de las personas en general que no creo que sea demasiado decepcionante. (Mi nueva filosofía de vida "no esperar nada")
Por otra parte tengo la firme sospecha de que padezco cáncer de garganta. No sé muy bien a qué se deben ciertas infecciones matutinas que terminan desapareciendo a media tarde para volver a presentarse a la mañana siguiente. La idea de ir al médico me produce auténticos temblores. Si tuviese alguien que me acompañase, algún hombro amigo en el que apoyar mi cabeza mientras escucho sus tranquilizadoras palabras en la fría sala de espera...
Existieron tiempos mejores, sí señor. Recuerdo cómo hace un par de años el verano traía consigo una serie de amables rutinas a las que yo me arrojaba con un ímpetu renovado; cervezas en La Latina, paseos nocturnos por las calles, borracheras en parques desconocidos...Podría pensar que quizá me esté haciendo mayor, ahora mismo este tipo de planes me parecen dignos de mis más sinceros bostezos. Si, quizá sean los años, puede que éste sea el primer síntoma de vejez de mi vida, mi alma arrugándose y secándose como una pasa.
Por eso pensaba que a lo mejor Venecia servía para hacer renacer ese espíritu alegre y jovial que quedó tristemente por el camino. Un año intentando adaptarme a lo desconocido. Por lo que tengo entendido uno nunca termina de adaptarse, pero la novedad siempre está ahí, y aunque, a todas luces, sea una auténtica mierda, siempre será una mierda nueva. De cualquier manera me esperan todavía tres meses de auténtico infierno en esta ciudad. Todo un verano; bastante doloroso.
No sé si han probado a follar en verano. Es realmente agotador. Uno no sabe muy bien qué coño hacer con todo ese sudor en el cuerpo. Maldita sea.
Ha llegado el verano, todo el mundo esperaba el verano, el verano es una estación del año estupenda, y a mí lo único que me trae es dolor de cabeza y una inactividad que deja mi cuerpo y mi mente abotargados e inutilizables. Me paso el día sudando y de bastante mal humor.
Por otra parte, ahora que se han acabado las tareas estúpidas a las que consagraba mi preciado tiempo (horas y horas frente a libros y apuntes de lo más elementales y aburridos) vienen a mí una serie de papeleos absolutamente prescindibles (si las universidades no fuesen instituciones apolilladas) de los que tengo que hacerme cargo de forma inevitable si el año que viene quiero ingresar en la universidad Ca Foscari de Venecia. Si, han oído ustedes bien: Venecia. Doy un salto en el espacio para que mi vida se circunscriba en suelo italiano....¿el motivo? La infundada idea de que quizá allí las cosas marchen de otra manera. De cualquier manera voy tan desencantada de la vida y de las personas en general que no creo que sea demasiado decepcionante. (Mi nueva filosofía de vida "no esperar nada")
Por otra parte tengo la firme sospecha de que padezco cáncer de garganta. No sé muy bien a qué se deben ciertas infecciones matutinas que terminan desapareciendo a media tarde para volver a presentarse a la mañana siguiente. La idea de ir al médico me produce auténticos temblores. Si tuviese alguien que me acompañase, algún hombro amigo en el que apoyar mi cabeza mientras escucho sus tranquilizadoras palabras en la fría sala de espera...
Existieron tiempos mejores, sí señor. Recuerdo cómo hace un par de años el verano traía consigo una serie de amables rutinas a las que yo me arrojaba con un ímpetu renovado; cervezas en La Latina, paseos nocturnos por las calles, borracheras en parques desconocidos...Podría pensar que quizá me esté haciendo mayor, ahora mismo este tipo de planes me parecen dignos de mis más sinceros bostezos. Si, quizá sean los años, puede que éste sea el primer síntoma de vejez de mi vida, mi alma arrugándose y secándose como una pasa.
Por eso pensaba que a lo mejor Venecia servía para hacer renacer ese espíritu alegre y jovial que quedó tristemente por el camino. Un año intentando adaptarme a lo desconocido. Por lo que tengo entendido uno nunca termina de adaptarse, pero la novedad siempre está ahí, y aunque, a todas luces, sea una auténtica mierda, siempre será una mierda nueva. De cualquier manera me esperan todavía tres meses de auténtico infierno en esta ciudad. Todo un verano; bastante doloroso.
No sé si han probado a follar en verano. Es realmente agotador. Uno no sabe muy bien qué coño hacer con todo ese sudor en el cuerpo. Maldita sea.
domingo 1 de junio de 2008
Cuando no se folla
La terraza de la facultad está plagada de aspirantes a filósofos. Esto quiere decir que si tienes intención de leer un libro mientras tomas tranquilamente un café, tus reflexiones se verán constantemente interrumpidas por retazos de conversaciones acerca del cine de Godard o la Crítica a la razón pura de Kant. Horrible.
Ayer mismo leía a Sabato, ese anciano entrañable que me hubiese gustado tener de abuelo, y mientras vagaba por los recuerdos de su juventud, sus impresiones acerca de la muerte y todo ese rollo un poco aburrido pero fácilmente soportable, escuchaba detrás de mi una serie de digresiones inútiles sobre el arte...Maldita sea, no hay escapatoria. Uno, antes de meterse de lleno en el mundo universitario, supone que por lo menos allí la gente medita para exponer sus teorías con cierta prudencia. Falso. La gente en la Facultad de Letras es exactamente igual de cerril que los trabajadores de un hipermercado. Esto es algo que aprendí rápido, sin embargo, no deja de producirme cierta sorpresa.
Es desconcertante escuchar las conversaciones ajenas: un grupo de gente de unos veintiséis, veintisiete años, reproducía obviedades imitando la gravedad del discurso de los profesores que les dan clase, su tono solemne, como si cada palabra fuese un diamante engastado en la joya de su discurso. Me da ganas de vomitar la gente que habla así. ¿Por qué uno no puede hablar normal? Los puristas del lenguaje creen que es conveniente utilizar siempre la palabra precisa, definir sin dar lugar a posibles ambigüedades. Yo no sé por qué demonios uno no puede relajarse en una conversación, por qué todo tiene que ser tan complicado. Mientras la gente me habla en ese tono pienso que está actuando, que no es posible que su cerebro piense así automáticamente, que es algo preparado. Parecen personajes de una película de Bergman. Yo creo, sinceramente, que es gente que no acepta su condición de miserables; se dan una capa de pintura para ver si el marco parece menos viejo, pero en el fondo todos estamos hechos de lo mismo. A mi no me engañan.
Decía que ayer esta gente me exasperó de tal manera que terminé largándome de allí. Antes de eso atendí a gran parte de lo que hablaron. En estos grupos siempre hay uno que lleva el peso de la conversación, no se sabe muy bien quién le otorga este papel, posiblemente nadie, seguramente la indiferencia, la incultura y la falta de inteligencia de la mayoría, como ocurre siempre con los líderes. Este líder en cuestión era el típico gordo gracioso que cae bien a todo el mundo y habla para los demás, mientas siente como las risas que hacen de eco a sus ingeniosos comentarios agrandan su enorme y grasiento ego. Yo le calé desde el primer momento, pero bueno, yo siempre veo de la gente lo que la gente esconde; era un buen rollista de los cojones. (Los buen rollistas siempre tienen opiniones que agradan a la gente, una palabra de ánimo para el amigo que acaba de suspender la oposición, un gesto de desaprobación para lo que la mayoría desaprueba....esas cosas)
En el otro lado del ring estaba el típico polémico. Era un tipo bastante feo; pelo largo y sucio, ojos hundidos, nariz de pimiento, y lo peor de todo, llevaba chándal. Al principio pensé que sería un pusilánime sin voluntad, pero luego descubrí que el tío quería guerra, lo cual me resultó bastante difícil de asimilar.
El gordo hablaba sobre la cultura. Las bases de su teoría eran algo como: 1) La gente no lee buenos autores porque no tiene conocimiento de ellos. 2) Si la gente conociese a Faulkner y le diesen las herramientas suficientes para entenderlo, terminarían deleitándose con su lectura. 3) Todo el mundo quiere leer cosas elevadas; "Aquí hay tomate" se ha impuesto para que la gente no lea a Faulkner, ni vea pelis de Godard, y eso es algo perverso que debería solucionarse. ¿Algo nuevo? : evidentemente, no. Lo mismo de siempre.
El polémico le escuchaba sosteniendo una fingida sonrisa sarcástica en la boca mientras esperaba su turno. Cuando le tocaba hablar decía cosas, la verdad, sin mucho sentido. Hablaba por ejemplo de una mayor disposición biológica del humano para disfrutar del fútbol que para ver películas de Godard, y cuando se refería a la mayoría de la gente les llamaba "masa". Comentaba que él solo iba al cine si salían tías buenas en la pantalla, y que la gente, en el fondo, tiene lo que se merece. Todos se le echaban encima cuando decía alguna de estas cosas. Evidentemente no estaba a la altura de las circunstancias: alguien que va de polémico tiene que defender a capa y espada su teoría sin importarle la reprobación de los cuatro gilipollas que le escuchan, pero este tío estaba hecho un lío, la verdad. Si hubiera sido guapo, supongo, la cosa hubiera sido distinta, pero su aspecto físico era muy poco feroz, inofensivo; no iba a ninguna parte.
El gordo movía la cabeza hacia ambos lados y cerraba los ojos para mostrar cuán equivocado estaba el otro tipo. Me hacía mucha gracia ver cómo se tomaba en serio todo aquello. También hacía comentarios para ridiculizar al polémico, (comentarios que eran, por supuesto, aplaudidos por los demás contertulios)
Ninguno de los dos me caía bien, pero tengo tendencia a ponerme del lado del que pierde en una discusión. Aunque no quiera, siempre termino estando de parte del que está solo contra todos, quizá por empatía, en este caso, quizá, simplemente porque el gordo era verdaderamente despreciable.
Cuando el tipo polémico se fue, como era de esperar, todos se dedicaron a meterse con él. El gordo dijo algo que me hizo mucha gracia, dijo que no soportaba a la gente así, que no podía aguantar a las personas que no tenían discurso.
Ayer mismo leía a Sabato, ese anciano entrañable que me hubiese gustado tener de abuelo, y mientras vagaba por los recuerdos de su juventud, sus impresiones acerca de la muerte y todo ese rollo un poco aburrido pero fácilmente soportable, escuchaba detrás de mi una serie de digresiones inútiles sobre el arte...Maldita sea, no hay escapatoria. Uno, antes de meterse de lleno en el mundo universitario, supone que por lo menos allí la gente medita para exponer sus teorías con cierta prudencia. Falso. La gente en la Facultad de Letras es exactamente igual de cerril que los trabajadores de un hipermercado. Esto es algo que aprendí rápido, sin embargo, no deja de producirme cierta sorpresa.
Es desconcertante escuchar las conversaciones ajenas: un grupo de gente de unos veintiséis, veintisiete años, reproducía obviedades imitando la gravedad del discurso de los profesores que les dan clase, su tono solemne, como si cada palabra fuese un diamante engastado en la joya de su discurso. Me da ganas de vomitar la gente que habla así. ¿Por qué uno no puede hablar normal? Los puristas del lenguaje creen que es conveniente utilizar siempre la palabra precisa, definir sin dar lugar a posibles ambigüedades. Yo no sé por qué demonios uno no puede relajarse en una conversación, por qué todo tiene que ser tan complicado. Mientras la gente me habla en ese tono pienso que está actuando, que no es posible que su cerebro piense así automáticamente, que es algo preparado. Parecen personajes de una película de Bergman. Yo creo, sinceramente, que es gente que no acepta su condición de miserables; se dan una capa de pintura para ver si el marco parece menos viejo, pero en el fondo todos estamos hechos de lo mismo. A mi no me engañan.
Decía que ayer esta gente me exasperó de tal manera que terminé largándome de allí. Antes de eso atendí a gran parte de lo que hablaron. En estos grupos siempre hay uno que lleva el peso de la conversación, no se sabe muy bien quién le otorga este papel, posiblemente nadie, seguramente la indiferencia, la incultura y la falta de inteligencia de la mayoría, como ocurre siempre con los líderes. Este líder en cuestión era el típico gordo gracioso que cae bien a todo el mundo y habla para los demás, mientas siente como las risas que hacen de eco a sus ingeniosos comentarios agrandan su enorme y grasiento ego. Yo le calé desde el primer momento, pero bueno, yo siempre veo de la gente lo que la gente esconde; era un buen rollista de los cojones. (Los buen rollistas siempre tienen opiniones que agradan a la gente, una palabra de ánimo para el amigo que acaba de suspender la oposición, un gesto de desaprobación para lo que la mayoría desaprueba....esas cosas)
En el otro lado del ring estaba el típico polémico. Era un tipo bastante feo; pelo largo y sucio, ojos hundidos, nariz de pimiento, y lo peor de todo, llevaba chándal. Al principio pensé que sería un pusilánime sin voluntad, pero luego descubrí que el tío quería guerra, lo cual me resultó bastante difícil de asimilar.
El gordo hablaba sobre la cultura. Las bases de su teoría eran algo como: 1) La gente no lee buenos autores porque no tiene conocimiento de ellos. 2) Si la gente conociese a Faulkner y le diesen las herramientas suficientes para entenderlo, terminarían deleitándose con su lectura. 3) Todo el mundo quiere leer cosas elevadas; "Aquí hay tomate" se ha impuesto para que la gente no lea a Faulkner, ni vea pelis de Godard, y eso es algo perverso que debería solucionarse. ¿Algo nuevo? : evidentemente, no. Lo mismo de siempre.
El polémico le escuchaba sosteniendo una fingida sonrisa sarcástica en la boca mientras esperaba su turno. Cuando le tocaba hablar decía cosas, la verdad, sin mucho sentido. Hablaba por ejemplo de una mayor disposición biológica del humano para disfrutar del fútbol que para ver películas de Godard, y cuando se refería a la mayoría de la gente les llamaba "masa". Comentaba que él solo iba al cine si salían tías buenas en la pantalla, y que la gente, en el fondo, tiene lo que se merece. Todos se le echaban encima cuando decía alguna de estas cosas. Evidentemente no estaba a la altura de las circunstancias: alguien que va de polémico tiene que defender a capa y espada su teoría sin importarle la reprobación de los cuatro gilipollas que le escuchan, pero este tío estaba hecho un lío, la verdad. Si hubiera sido guapo, supongo, la cosa hubiera sido distinta, pero su aspecto físico era muy poco feroz, inofensivo; no iba a ninguna parte.
El gordo movía la cabeza hacia ambos lados y cerraba los ojos para mostrar cuán equivocado estaba el otro tipo. Me hacía mucha gracia ver cómo se tomaba en serio todo aquello. También hacía comentarios para ridiculizar al polémico, (comentarios que eran, por supuesto, aplaudidos por los demás contertulios)
Ninguno de los dos me caía bien, pero tengo tendencia a ponerme del lado del que pierde en una discusión. Aunque no quiera, siempre termino estando de parte del que está solo contra todos, quizá por empatía, en este caso, quizá, simplemente porque el gordo era verdaderamente despreciable.
Cuando el tipo polémico se fue, como era de esperar, todos se dedicaron a meterse con él. El gordo dijo algo que me hizo mucha gracia, dijo que no soportaba a la gente así, que no podía aguantar a las personas que no tenían discurso.
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