Doce minutos.
Es el tiempo máximo que puedo soportar a una persona.
Es la fracción de tiempo que consigo aguantar a mi madre, a mis amigos.
La duración exacta de una conversación interesante. Franqueado este punto, cualquier diálogo se convierte, de inmediato, en un insoportable monólogo. En una voz cualquiera en una sola dirección que choca contra un muro.
A partir de los doce (minutos) suena en mi cerebro la palmada del cambio de pareja.
Tengo que huir. A veces, incluso, físicamente.
Muy estresante. No se imaginan.
Normalmente desvío mi interés. Tengo esta táctica muy estudiada. De repente ya no quiero hablar sino copular.
Otras veces, sin querer, imagino con todo lujo de detalles una muerte, en apariencia, accidental.
Si, efectivamente, si son feos, les castigo con mi odio. Si no son guapos, con mi indiferencia.
No quiere decir esto, sin embargo, que a algunas personas logre no tener que sufrirlas durante horas. O al menos a su jodido eco. A algunas personas y a veces también a algunos profesores, funcionarios del estado, y a dependientes y peluqueros con tendencia a repartir consejos de lo más válidos.
Pero a los doce minutos suena en mi cabeza la alarma contra incendios, y empiezo a imaginármelo desnudo.
No sé, también he pasado a recrear sus cuerpos sufriendo torturas imposibles.
Ya se sabe, como en la vida, la condena depende de lo atractivo que seas.
De esta manera, hay todo un mundo de relaciones sostenidas bajo cuerda.
El ciudadano medio siempre ignora este tipo de encuentros, pero existe gente consciente de sus limitaciones.
En una fiesta, por ejemplo, lanzo una inconfundible mirada de: “Tú eres de seis”, o “Tú eres de ocho”. Y puede que no me dirijan la palabra en toda la santa noche.
Gente práctica que no pierde su tiempo conmigo.
A no ser que, por ejemplo, el número doce, les parezca una cifra risible en comparación con sus veinte en relajación.
Ahí es cuando realmente puedo decir que disfruto del silencio.
No sé si tengo remedio.
Pero el día que encuentre a alguien que sobrepase la barrera de los doce (minutos), me caso.
De blanco, y por la iglesia. Hasta que la muerte nos separe.
sábado 30 de agosto de 2008
viernes 29 de agosto de 2008
Ciudades
El vendedor de coches fuerza una sonrisa pretendidamente agradable. La sonrisa emite un sonido. Chirría en mis oídos. Muestra los dientes como si arañase una pizarra con ellos.
Mejor no te rías, cabrón.
Dice, el coche es precioso. La línea es elegante.
El coche es un coche.
Voy a comprar un coche.
Necesito un coche, como necesito un televisor o una navaja.
El vendedor de coches está gordo. Se mueve por el concesionario. Se roza con las puertas y los faros de atrás como si untase tocino encima de la última capa de pintura.
Tiene una risa oscura, una mirada negra como las paredes negras y llenas de musgo de un pozo de agua estancada.
Dinero. Hablamos de dinero y la sonrisa se abre y se cierra y se abre y se cierra.
Todo siempre es dinero.
El dinero siempre es negro, como la sonrisa de los vendedores de lo que quiera que vendan. Como los bolsillos de los compradores, como sus cerebros repletos de humo negro, de petróleo, como el depósito de gasolina de un coche. Dinero.
Tengo ganas de mear.
Ríe de nuevo, voy a mear en ese pozo cerrado por sus dientes separados como una cremallera.
Los vendedores de coches no beben pis. Los coches no funcionan con pis. Todo consume únicamente dinero.
El vendedor suda.
Me meo.
No sabría decir cuánto tiempo transcurre hasta que el coche me lleva por la ciudad.
Hace calor pero mi coche tiene aire acondicionado. Tiene música. No escucho nada fuera. Las bocas se mueven en silencio. Chicos, chicas. Qué difícil es hablar con la gente. Las bocas parecen bocas de peces debajo del agua. Oigo la música con las ventanillas subidas porque tengo aire acondicionado. Veo los peces de colores desde mi pecera con música. Los peces no lloran, ni se quejan. Tampoco piensan.
Los conductores nos miramos a través de los espejos retrovisores.
Hace mucho calor.
Las ruedas van a derretirse y a pegarse en el suelo como si fueran velas de cera.
Los conductores en realidad no nos movemos, todos estamos pegados al asfalto negro.
La gente en realidad no habla, todos están intentando abrir la boca bajo el agua.
El espejo retrovisor me regala unos ojos. Hola.
Los ojos callan.
Creo que a través de los espejos tampoco se ve nada.
Quisiera hablar, quisiera que pudiésemos movernos, que pudiésemos mirarnos. Pero hace calor y la ciudad está muda, ciega y sorda.
Mejor no te rías, cabrón.
Dice, el coche es precioso. La línea es elegante.
El coche es un coche.
Voy a comprar un coche.
Necesito un coche, como necesito un televisor o una navaja.
El vendedor de coches está gordo. Se mueve por el concesionario. Se roza con las puertas y los faros de atrás como si untase tocino encima de la última capa de pintura.
Tiene una risa oscura, una mirada negra como las paredes negras y llenas de musgo de un pozo de agua estancada.
Dinero. Hablamos de dinero y la sonrisa se abre y se cierra y se abre y se cierra.
Todo siempre es dinero.
El dinero siempre es negro, como la sonrisa de los vendedores de lo que quiera que vendan. Como los bolsillos de los compradores, como sus cerebros repletos de humo negro, de petróleo, como el depósito de gasolina de un coche. Dinero.
Tengo ganas de mear.
Ríe de nuevo, voy a mear en ese pozo cerrado por sus dientes separados como una cremallera.
Los vendedores de coches no beben pis. Los coches no funcionan con pis. Todo consume únicamente dinero.
El vendedor suda.
Me meo.
No sabría decir cuánto tiempo transcurre hasta que el coche me lleva por la ciudad.
Hace calor pero mi coche tiene aire acondicionado. Tiene música. No escucho nada fuera. Las bocas se mueven en silencio. Chicos, chicas. Qué difícil es hablar con la gente. Las bocas parecen bocas de peces debajo del agua. Oigo la música con las ventanillas subidas porque tengo aire acondicionado. Veo los peces de colores desde mi pecera con música. Los peces no lloran, ni se quejan. Tampoco piensan.
Los conductores nos miramos a través de los espejos retrovisores.
Hace mucho calor.
Las ruedas van a derretirse y a pegarse en el suelo como si fueran velas de cera.
Los conductores en realidad no nos movemos, todos estamos pegados al asfalto negro.
La gente en realidad no habla, todos están intentando abrir la boca bajo el agua.
El espejo retrovisor me regala unos ojos. Hola.
Los ojos callan.
Creo que a través de los espejos tampoco se ve nada.
Quisiera hablar, quisiera que pudiésemos movernos, que pudiésemos mirarnos. Pero hace calor y la ciudad está muda, ciega y sorda.
jueves 28 de agosto de 2008
Reencuentro
El verano acaba.
Cuando alguien no tiene nada sobre lo que escribir, o al menos no tiene una idea precisa de lo que quiere escribir, termina siempre poniendo cosas como ésta.
Vuelvo a empezar.
Se acaban las vacaciones. (Puff…)
Llega Septiembre con su horda de obligaciones, sus horarios fijos, etcétera, etcétera. ¿Quién se siente mejor después de las vacaciones? Evidentemente nadie, pero esta gente instruida, despierta, e infinitamente sabia que ha inventado el funcionamiento actual del mundo sabe tenernos contentos unos días/semanas/meses, para luego utilizarnos de nuevo como si fuésemos putas a sueldo. Bueno, yo todavía no trabajo (espero no tener que hacerlo nunca) pero vosotros, los que sudáis sangre para manteneros a flote, debéis estar especialmente jodidos. Para muchos significa el fin del follar gratis, (en verano se consume más alcohol), de las tardes de cervezas en las terrazas, los viajes a Peñíscola sin los niños, los albergues llenos de hippies, los albergues llenos de piojos (que en definitiva viene a ser lo mismo), los fines de semana en la piscina, las tetas, los culos, las pajas pensando en esas tetas, las pajas pensando en esos culos, las discotecas playeras, el “ya te doy yo la crema”, la siesta de tres horas, se acabó leer por placer.
Vuelve el infierno.
Vuelve la rutina. Vuelves tú.
Quiero decir que Madrid se había vaciado de gilipollas durante un tiempo, pero ya volvéis a estar aquí, jodiéndome la vida.
Yo empiezo el curso académico.
Para mi lo de follar sigue estando vigente. También permanece invariable la dinámica de bares, culos, siestas y libros. Da igual, no consigo que mi vida resulte envidiable, ya me conocéis. Ya sabéis que todo esto tampoco me sirve. ¿Por qué? Porque nunca he vivido otra cosa. Desconozco la sensación de llegar a casa con el lomo partido de trabajar durante ocho horas. No tengo ni idea de lo que significa no poder hacer algo que me apetezca hacer.
Inciso:
(Microsoft Word subraya en rojo la palabra “tetas”. ¿Acaso debería decir “pechos”? Pechos no lo subraya. ¿Quién demonios creo este programa?
Polla. Polla tampoco.
Culo. Ni culo.
Tetas. Increíble. Sigue marcándome tetas. ¿Por qué? Si alguien sabe algo de este asunto que se ponga inmediatamente en contacto conmigo. Quizá solamente pase con mi Word.)
Fin del inciso.
Quizá alguien extraiga conclusiones precipitadas, y se atreva a aconsejarme que me plantee la posibilidad de trabajar, que opte por introducirme en este absurdo engranaje de “te-mantengo-ocupado-te-mantengo-desocupado”. Ni hablar. Prefiero quejarme de no tener de qué quejarme que sufrir teniendo motivos. (Cuanta “Q”)
Ahora, al tema:
Miguel, donde quiera que estés, has de saber que nadie ocupó tu lugar. Efectivamente, alterné durante un tiempo con otras pollas, no voy a negar que más de una me arrancó placenteros orgasmos, no diré que siempre mis gemidos formaron parte del guión, pero ya sabes, en el fondo siempre permanecerá un hondo vacío en mí que, excepto tú, nadie fue ni será capaz de llenar. (Me refiero sin duda a un hueco espiritual, no de otra índole). Vuelve. Vuelve como vuelven a Madrid los cientos de personas que están cogiendo aviones desde todos los rincones de la tierra.
Cuando alguien no tiene nada sobre lo que escribir, o al menos no tiene una idea precisa de lo que quiere escribir, termina siempre poniendo cosas como ésta.
Vuelvo a empezar.
Se acaban las vacaciones. (Puff…)
Llega Septiembre con su horda de obligaciones, sus horarios fijos, etcétera, etcétera. ¿Quién se siente mejor después de las vacaciones? Evidentemente nadie, pero esta gente instruida, despierta, e infinitamente sabia que ha inventado el funcionamiento actual del mundo sabe tenernos contentos unos días/semanas/meses, para luego utilizarnos de nuevo como si fuésemos putas a sueldo. Bueno, yo todavía no trabajo (espero no tener que hacerlo nunca) pero vosotros, los que sudáis sangre para manteneros a flote, debéis estar especialmente jodidos. Para muchos significa el fin del follar gratis, (en verano se consume más alcohol), de las tardes de cervezas en las terrazas, los viajes a Peñíscola sin los niños, los albergues llenos de hippies, los albergues llenos de piojos (que en definitiva viene a ser lo mismo), los fines de semana en la piscina, las tetas, los culos, las pajas pensando en esas tetas, las pajas pensando en esos culos, las discotecas playeras, el “ya te doy yo la crema”, la siesta de tres horas, se acabó leer por placer.
Vuelve el infierno.
Vuelve la rutina. Vuelves tú.
Quiero decir que Madrid se había vaciado de gilipollas durante un tiempo, pero ya volvéis a estar aquí, jodiéndome la vida.
Yo empiezo el curso académico.
Para mi lo de follar sigue estando vigente. También permanece invariable la dinámica de bares, culos, siestas y libros. Da igual, no consigo que mi vida resulte envidiable, ya me conocéis. Ya sabéis que todo esto tampoco me sirve. ¿Por qué? Porque nunca he vivido otra cosa. Desconozco la sensación de llegar a casa con el lomo partido de trabajar durante ocho horas. No tengo ni idea de lo que significa no poder hacer algo que me apetezca hacer.
Inciso:
(Microsoft Word subraya en rojo la palabra “tetas”. ¿Acaso debería decir “pechos”? Pechos no lo subraya. ¿Quién demonios creo este programa?
Polla. Polla tampoco.
Culo. Ni culo.
Tetas. Increíble. Sigue marcándome tetas. ¿Por qué? Si alguien sabe algo de este asunto que se ponga inmediatamente en contacto conmigo. Quizá solamente pase con mi Word.)
Fin del inciso.
Quizá alguien extraiga conclusiones precipitadas, y se atreva a aconsejarme que me plantee la posibilidad de trabajar, que opte por introducirme en este absurdo engranaje de “te-mantengo-ocupado-te-mantengo-desocupado”. Ni hablar. Prefiero quejarme de no tener de qué quejarme que sufrir teniendo motivos. (Cuanta “Q”)
Ahora, al tema:
Miguel, donde quiera que estés, has de saber que nadie ocupó tu lugar. Efectivamente, alterné durante un tiempo con otras pollas, no voy a negar que más de una me arrancó placenteros orgasmos, no diré que siempre mis gemidos formaron parte del guión, pero ya sabes, en el fondo siempre permanecerá un hondo vacío en mí que, excepto tú, nadie fue ni será capaz de llenar. (Me refiero sin duda a un hueco espiritual, no de otra índole). Vuelve. Vuelve como vuelven a Madrid los cientos de personas que están cogiendo aviones desde todos los rincones de la tierra.
martes 26 de agosto de 2008
No future
Hay un niño estudiando enfrente de mí. Me doy cuenta cuando llevo unos veinte minutos con la cara pegada a una montaña de apuntes manoseados que parece no acabar nunca. Me distrae el clac, clac, clac de su lápiz contra la mesa. Miro el lápiz. Miro al niño. El niño me mira desde unos ojos muy grandes creyendo que le censuro. Vuelvo a mis apuntes; fonemas fricativos. Me siento culpable por haberle mirado de esa forma. En realidad me da igual su clac, clac, clac, porque me dan igual los fonemas fricativos. El niño ahora está muy quieto. Debería volver a mirarle para hacerle ver que no me ha molestado en absoluto. Le miro otra vez. Intento de forma desastrosa componer un gesto de ternura. El niño baja turbado la mirada hacia su cuaderno de sumas y restas. ¿Creerá que me lo quiero follar?. Me fijo en que coge el lápiz cerrando mucho el puño, como si estuviese sacando una zanahoria de la tierra. Vuelvo de nuevo a mi infierno personal; la formación de los fonemas palatales. Suena mejor. El niño pasa página y no puedo evitar echar un vistazo ante el nuevo y aburrido muestrario de divisiones que se le viene encima. Me pregunto qué demonios hace este niño tan pequeño en una biblioteca en pleno Agosto. Hay un tio a su lado con la oreja llena de pendientes que, intuyo, se está preguntando qué coño estoy mirando. ¿A ti que te importa, gilipollas? Métete en tus asuntos, paleto de los cojones. Parece descifrar perfectamente el contenido de mi fulminante mirada porque vuelve de inmediato al libro de la autoescuela que tiene entre las manos. El niño sigue intentándolo con la primera división. Le está costando horrores. Escribe, borra, habla para sí mismo y de vez en cuando cuenta con los dedos. En un principio se me ocurre que quizá podría ayudarle, hasta que lo pienso bien. Nunca aprobé matemáticas, no creo que fuese capaz de hacer una división de tantas cifras. En realidad no creo que fuese capaz de hacer ningún tipo de divisón. Decido olvidarme del asunto e intentar concentrarme. Voy a suspender. Un pánico atroz se apodera de mi. Si no apruebo no podré irme a Italia, tengo que memorizar esta puta mierda inmediatamente. Me imagino un gran plato de coliflor. Odio la coliflor. Imagino a un hombre muy gordo obligándome a tragar enormes cucharadas de coliflor. Fonética y fonología histórica. Italia me va a costar una indigestión, quizá la muerte. Presiento que el niño me mira. En cuanto levanto la cabeza él vuelve a su cuaderno y finge repetirse en voz alta unos cuantos números. Sonrío un poco. Me hace gracia su peinado, le hace parecer mucho mayor de lo que es. Seguramente su madre es gilipollas y le peina con la raya en medio porque piensa que así es como deben peinarse los niños responsables, para que su peinado vaya en consonancia con su aburrido cuaderno de sumas, restas y divisiones. Cuando bosteza se tapa la boca con mucha educación aunque no le esté mirando nadie. ¿Dónde coño está su madre? Cazo al paleto mirándome las tetas. Joder. Me levanto para ir al baño. Siento que se me clavan miradas como puñales por todo el cuerpo. Malditos seais todos, malditos seres primitivos que sólo podéis pensar en follaros a los cuerpos, gente incivilizada, neandertales. Me reconoce un rostro al que desgraciadamente debo corresponder con un saludo exactamente igual de falso e inútil que su arqueo de cejas. En el baño tengo ganas de llorar pero me limito a sentarme en la tapa de la taza del water con la cabeza entre las manos hasta que me entran ganas de cagar, creo que de rabia. Hago el camino de vuelta hacia mi sitio pensando que todas esas bocas me limpian el culo. El niño sigue ahí. Le veo de espaldas a mí, casi tumbado sobre la mesa. Joder, lleva la camiseta del revés. Me refiero a que lleva la etiqueta por fuera. Su madre no ha tenido tiempo esta mañana para percatarse de que su hijo iba con la camiseta al revés. Menuda puta. Quizá ni siquiera le haya vestido ella. A lo mejor el niño tiene que levantarse, vestirse, y prepararse el desayuno él solo. Madre de Dios, por qué habré tenido que verle la camiseta. Joder. Empiezo a valorar infinitas posibilidades. Quizá su madre no sea tan puta, quizá esta mañana no llegaba al trabajo, quizá simplemente trabaja mucho para poder comprarle esos cuadernos de matemáticas. Me da mucha pena esa familia. Seguro que tienen todas las esperanzas depositadas en el crío, seguro que la madre le dice que estudie para poder ser alguien en la vida. Toda esta situación me recuerda a mi madre. Ella también quiere que yo sea algo, que estudie y encuentre un trabajo. No tiene ningún sentido. Determino, tras mucho elucubrar, que este niño va a terminar tan jodido como yo. Quizá debiera raptarle, llevármelo lejos, a un país pobre de Sudamérica donde no haya bibliotecas, ni cuadernos de matemáticas, donde pueda jugar descalzo con un balón viejo. Aquí le espera una vida de mierda. A mí también. Y a todos estos hijos de puta que me rodean y que devoran gustosamente sus apetitosos apuntes. En mitad de toda esta concatenación de pensamientos el niño cierra su cuaderno, lo mete en su mochila de Goofy, se levanta y se va, sin dirigirme ni siquiera una mirada de adiós.
domingo 24 de agosto de 2008
No os aguanto a ninguno.
Llego a casa cansada de estudiar y sin ganas de ponerme a hacer un trabajo que se postergó poco inteligentemente para después de verano. Enciendo el portátil. Tinoní. Abro el correo con la esperanza de que alguien se haya apiadado de este alma solitaria, esperando que alguna persona de este mundo me colme de satisfacción con un simple email. Evidentemente mi correo sigue con los mismos mensajes no leídos (todos son del tipo: "´Muy bueno, mándalo", o del ya conocido, "si no mandas esto tendrás mala suerte de por vida" ) (¿Peor aún?). Espero impaciente a que se abra el Itunes y sea la música la que me guarezca en esta jungla de malos despiadados y gilipollas tocapelotas. Tengo que escribir acerca de un montón de escritores sobre los que he leído únicamente biografías y comentarios de otros escritores: en mi carrera la mayor parte de las cosas que se estudian no se estudian en sí mismas; esto es, si estudias la obra de un autor puedes perfectamente aprobar un exámen sin haber leído un solo libro suyo. Todo va la mar de bien. Me gustaría saber con qué palabras pretendidamente ostentosas empezaré mi trabajo. Tendré que utlizar la jodida jerga de los manuales de literatura, de los prólogos de los soplapollas que escriben prólogos.
He subido a casa porque en la biblioteca no puedo concentrarme. Últimamente he estado hurgado en viejas heridas, autocastigándome con el tema de Miguel (¿Por qué lo dejamos?, ¿Qué fue lo que falló?, ¿Estará muerto en alguna cuneta?, ¿Cómo es posible que un tío pueda cansarse de mí?), buscando hombres que, aunque fuese mínimamente, se parecieran a él, follándome a esos hombres, llorando porque esos hombres en realidad no tenían nada que ver con Miguel, y en definitiva, consiguiendo matar el tiempo y lo poco que quedaba de cordura en mi cabeza. En la biblioteca no me concentro, pero en casa tampoco. En casa me dedico a odiar a la gente que he visto en la biblioteca, a la gente con la que he hablado por teléfono para contarles cuánto odiaba a la gente que estaba en la biblioteca, y a mí misma por no ser capaz de estudiar ni en la biblioteca ni en mi casa.
Voy a fumarme un cigarro.
Mi madre no me deja fumar en casa. Por supuesto yo no hago ni puto caso y desde que he llegado aquí toda la casa huele a taberna. Este inciso era completamente prescindible, lo sé. Como decia, las bibliotecas son lugares despreciables. No volveré. Desde ahora voy a estudiar en los parques. Miguel es un cabrón. La vida es una mierda. Todos sois un atajo de gilipollas.
He subido a casa porque en la biblioteca no puedo concentrarme. Últimamente he estado hurgado en viejas heridas, autocastigándome con el tema de Miguel (¿Por qué lo dejamos?, ¿Qué fue lo que falló?, ¿Estará muerto en alguna cuneta?, ¿Cómo es posible que un tío pueda cansarse de mí?), buscando hombres que, aunque fuese mínimamente, se parecieran a él, follándome a esos hombres, llorando porque esos hombres en realidad no tenían nada que ver con Miguel, y en definitiva, consiguiendo matar el tiempo y lo poco que quedaba de cordura en mi cabeza. En la biblioteca no me concentro, pero en casa tampoco. En casa me dedico a odiar a la gente que he visto en la biblioteca, a la gente con la que he hablado por teléfono para contarles cuánto odiaba a la gente que estaba en la biblioteca, y a mí misma por no ser capaz de estudiar ni en la biblioteca ni en mi casa.
Voy a fumarme un cigarro.
Mi madre no me deja fumar en casa. Por supuesto yo no hago ni puto caso y desde que he llegado aquí toda la casa huele a taberna. Este inciso era completamente prescindible, lo sé. Como decia, las bibliotecas son lugares despreciables. No volveré. Desde ahora voy a estudiar en los parques. Miguel es un cabrón. La vida es una mierda. Todos sois un atajo de gilipollas.
martes 12 de agosto de 2008
Cómo asegurarse el peor verano de su vida. Instrucciones para vivir un mes infernal.
Es indispensable que antes de llevar a cabo tan enrevesado plan sepa uno dónde va a meterse realmente. Dados los daños (tanto físicos como psicológicos) que puede acarrear tal propósito, se recomienda pasar un par de días de previa reflexión hasta que se intuya (nunca puede uno estar seguro del todo) que se está verdaderamente preparado para enfrentarse a una situación de tal calibre.
En primer lugar conviene que se elija cuidadosamente el lugar de destino. Teniendo en cuenta la dificultad que entraña encontrar hoy en día un lugar en el que uno pueda pasar felizmente sus escasos días de ocio (es claramente imposible no verse rodeado de zafiedad e ignorancia en este mundo con el que nos ha tocado lidiar penosamente) no supondrá un problema dar con un trocito de tierra que nos exaspere de inmediato. Para algunos pudiera ser, por ejemplo, el típico complejo hotelero en las Islas Canarias, para otros, sólo los más intrépidos (como es mi caso), bastará con volver al lugar de origen; una ciudad pequeña dispuesta a ofrecernos toda clase de incomodidades en la que podremos reencontrarnos con nuestro atormentado pasado.
Una vez se haya dado este primer paso estaremos preparados para el verdadero sufrimiento; casi sin querer nos veremos envueltos en una suerte de acontecimientos que irán progresivamente agotando nuestra paciencia.
Para fomentar el malestar, y así poder dar rienda suelta a una cantidad infinita de neurosis y ataques de ansiedad, se aconseja proveerse de alguna actividad impuesta que realmente nos desespere. Los estudiantes lo tenemos fácil: cuatro o cinco asignaturas que has odiado durante todo el año (y que por supuesto no has tenido ni la mínima intención de aprobar en Junio) pueden perfectamente destinarse a tal función. De esta manera, uno no solamente deberá combatir con su entorno físico, sino que además, tendrá que librar una absurda batalla consigo mismo. En los casos extremos (como puede ser el mío) en los que todo este calvario no parezca suficiente, pueden añadirse una serie de dudas respecto a la carrera que se estudia; de este modo mientras se esté empleando tiempo en memorizar, pongamos por ejemplo, la evolución vocálica del latín al castellano, uno podrá verse asaltado de preguntas existenciales respecto a su absurdo presente, al no menos absurdo futuro que le espera, y, en general, sobre el sin sentido de su vida, panorama que, sin lugar a dudas, hará sucumbir al más osado.
Para los que inteligentemente no dieron ese pequeño paso hacia la universidad, se ofrece la posibilidad de rastrear la zona en busca de un trabajo lo más humillante posible. Dada la situación actual será difícil que alguno de ellos no cumpla tal condición.
En verdad, solo los más afortunados contamos con una serie de extras que se consideran fundamentales para llegar a exagerados niveles de depresión, como por ejemplo, convivir con una familia que te ofrece grandes dosis de incomprensión, infinitas cantidades de reproches, y toda una colección de imágenes matutinas que te ayudarán a no apreciar la vida desde el minuto cero del día.
Queda también relegado a unos cuantos privilegiados el amable hecho de contar con ex novios del pasado con los que reencontrarse. Esta inclasificable especie de valientes humanos (por algo son privilegiados) deberán, además, tener el valor (y dada su naturaleza masoquista amante del verdadero dolor es seguro que lo tendrán) de propiciarse una tórrida historia de amor basada en la recriminación y el odio mutuo. Parece algo complicado pero se asegura un nivel de eficacia casi total; cuando uno da el primer paso todo lo demás viene rodado, y si se tienen las suficientes agallas para retomar una historia muerta, el cadáver empezará a heder de inmediato en vuestras manos. Añadiremos satisfactoriamente a nuestra desesperada situación toda una suerte de discusiones, conversaciones repletas de malentendidos, planes anodinos y orgasmos fingidos, que, sin duda, pondrán a prueba la entereza y la salud mental del más cuerdo.
Si toda este inconcebible amasijo de despropósitos no consigue acabar con nosotros, conviene rodearse de seres humanos a los que no les interese en absoluto nada de lo que tengas que contarles. Consistirá en encontrar personas que hayan sido bendecidas en la división cósmica de los destinos individuales con uno diametralmente opuesto al tuyo. Esto es, si, por ejemplo, al individuo en cuestión le apasiona la literatura, el cine o la música, deberá rodearse de gente que se cierre en banda a este tipo de temas de conversación. Esta clase de personas conseguirá ignorarlos y rápidamente sustituirlos por, se me ocurre, motociclismo, fútbol y discotecas playeras. Uno se sentirá como si estuviese jugando a las cartas con un retrasado mental, y este tipo de sensaciones, les aseguro, no tienen precio. Debe tenerse en cuenta que un solo interés en común podría arruinar todo el plan, ya que podría dar lugar a conversaciones que nos alejasen momentáneamente de nuestros pensamientos destructivos, así que debemos tener cuidado a la hora de elegir nuestras amistades.
Si después de todo esto se conservan ánimos para levantarse cada día por la mañana, considérese usted un ser humano indestructible, no le tenga miedo a nada, ni siquiera a la muerte, porque es usted inmortal.
No sean necios, anímense, sigan estos consejos y vivan el verano de su vida. Les aseguro que no cuesta nada, es absolutamente gratis, y pueden empezar desde este mismo momento.
En primer lugar conviene que se elija cuidadosamente el lugar de destino. Teniendo en cuenta la dificultad que entraña encontrar hoy en día un lugar en el que uno pueda pasar felizmente sus escasos días de ocio (es claramente imposible no verse rodeado de zafiedad e ignorancia en este mundo con el que nos ha tocado lidiar penosamente) no supondrá un problema dar con un trocito de tierra que nos exaspere de inmediato. Para algunos pudiera ser, por ejemplo, el típico complejo hotelero en las Islas Canarias, para otros, sólo los más intrépidos (como es mi caso), bastará con volver al lugar de origen; una ciudad pequeña dispuesta a ofrecernos toda clase de incomodidades en la que podremos reencontrarnos con nuestro atormentado pasado.
Una vez se haya dado este primer paso estaremos preparados para el verdadero sufrimiento; casi sin querer nos veremos envueltos en una suerte de acontecimientos que irán progresivamente agotando nuestra paciencia.
Para fomentar el malestar, y así poder dar rienda suelta a una cantidad infinita de neurosis y ataques de ansiedad, se aconseja proveerse de alguna actividad impuesta que realmente nos desespere. Los estudiantes lo tenemos fácil: cuatro o cinco asignaturas que has odiado durante todo el año (y que por supuesto no has tenido ni la mínima intención de aprobar en Junio) pueden perfectamente destinarse a tal función. De esta manera, uno no solamente deberá combatir con su entorno físico, sino que además, tendrá que librar una absurda batalla consigo mismo. En los casos extremos (como puede ser el mío) en los que todo este calvario no parezca suficiente, pueden añadirse una serie de dudas respecto a la carrera que se estudia; de este modo mientras se esté empleando tiempo en memorizar, pongamos por ejemplo, la evolución vocálica del latín al castellano, uno podrá verse asaltado de preguntas existenciales respecto a su absurdo presente, al no menos absurdo futuro que le espera, y, en general, sobre el sin sentido de su vida, panorama que, sin lugar a dudas, hará sucumbir al más osado.
Para los que inteligentemente no dieron ese pequeño paso hacia la universidad, se ofrece la posibilidad de rastrear la zona en busca de un trabajo lo más humillante posible. Dada la situación actual será difícil que alguno de ellos no cumpla tal condición.
En verdad, solo los más afortunados contamos con una serie de extras que se consideran fundamentales para llegar a exagerados niveles de depresión, como por ejemplo, convivir con una familia que te ofrece grandes dosis de incomprensión, infinitas cantidades de reproches, y toda una colección de imágenes matutinas que te ayudarán a no apreciar la vida desde el minuto cero del día.
Queda también relegado a unos cuantos privilegiados el amable hecho de contar con ex novios del pasado con los que reencontrarse. Esta inclasificable especie de valientes humanos (por algo son privilegiados) deberán, además, tener el valor (y dada su naturaleza masoquista amante del verdadero dolor es seguro que lo tendrán) de propiciarse una tórrida historia de amor basada en la recriminación y el odio mutuo. Parece algo complicado pero se asegura un nivel de eficacia casi total; cuando uno da el primer paso todo lo demás viene rodado, y si se tienen las suficientes agallas para retomar una historia muerta, el cadáver empezará a heder de inmediato en vuestras manos. Añadiremos satisfactoriamente a nuestra desesperada situación toda una suerte de discusiones, conversaciones repletas de malentendidos, planes anodinos y orgasmos fingidos, que, sin duda, pondrán a prueba la entereza y la salud mental del más cuerdo.
Si toda este inconcebible amasijo de despropósitos no consigue acabar con nosotros, conviene rodearse de seres humanos a los que no les interese en absoluto nada de lo que tengas que contarles. Consistirá en encontrar personas que hayan sido bendecidas en la división cósmica de los destinos individuales con uno diametralmente opuesto al tuyo. Esto es, si, por ejemplo, al individuo en cuestión le apasiona la literatura, el cine o la música, deberá rodearse de gente que se cierre en banda a este tipo de temas de conversación. Esta clase de personas conseguirá ignorarlos y rápidamente sustituirlos por, se me ocurre, motociclismo, fútbol y discotecas playeras. Uno se sentirá como si estuviese jugando a las cartas con un retrasado mental, y este tipo de sensaciones, les aseguro, no tienen precio. Debe tenerse en cuenta que un solo interés en común podría arruinar todo el plan, ya que podría dar lugar a conversaciones que nos alejasen momentáneamente de nuestros pensamientos destructivos, así que debemos tener cuidado a la hora de elegir nuestras amistades.
Si después de todo esto se conservan ánimos para levantarse cada día por la mañana, considérese usted un ser humano indestructible, no le tenga miedo a nada, ni siquiera a la muerte, porque es usted inmortal.
No sean necios, anímense, sigan estos consejos y vivan el verano de su vida. Les aseguro que no cuesta nada, es absolutamente gratis, y pueden empezar desde este mismo momento.
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